Un brutal crimen desenmascara el racismo en Italia

Un migrante fue asesinado en Civitanova

El asesinato de Aika Ogorchukwu, un migrante nigeriano de 39 años que pedía limosna en las calles de la ciudad turística de Civitanova, vuelve a poner en primer plano el racismo en Italia. El agresor lo golpeó hasta matarlo, ayudado de la muleta que portaba el fallecido, aduciendo que estaba molestando a la mujer que lo acompañaba. Además, le sustrajo el celular, por lo que se lo acusa tanto de homicidio como de robo. Si bien los hechos fueron filmados, nadie intercedió para detener el ataque.

La comunidad nigeriana y los familiares de Aika se están movilizando en reclamo de justicia. Ante las cámaras de televisión, un obrero sostuvo que “aquí hay un racismo feroz contra nosotros”. Y añadió que “hacemos los trabajos que los italianos ya no quieren hacer” (El País, 30/7).

Las agresiones contra migrantes han crecido en la península en los últimos años. En 2018, un militante de ultraderecha disparó a seis migrantes en Macerata, lo que fue respondido con manifestaciones de repudio y antifascistas. También se detectaron otros ataques con rifles de aire comprimido. En el fútbol son mundialmente conocidos los actos de discriminación contra los jugadores de ascendencia africana: se escuchan gritos de mono en los estadios. En 2019, el delantero Mario Balotelli amenazó con dejar la cancha ante los insultos desde la tribuna. Hace pocas semanas, la policía retuvo y cacheó a Tiémoué Bakayoko, estrella del Milan, como sospechoso de un delito que no había cometido.

Por supuesto, el caldo de cultivo de estas agresiones proviene del poder político, desde donde se asocia la migración con el delito y se despierta la xenofobia de la población, aludiendo a una “invasión” de extranjeros. Durante su paso por el Ministerio del Interior, el líder de la Liga Norte, Matteo Salvini, se opuso al desembarco de varios navíos con migrantes rescatados por ONG’s en el mar, dejándolos a la deriva.

Pero así como el decadente capitalismo italiano se muestra hostil con los que tratan de llegar a sus costas desde territorios desolados por el hambre y la guerra, también es brutal con los que logran poner el pie en tierra firme. Retomando la declaración del obrero fabril, cientos de miles de migrantes del norte de Africa, Europa del Este y la India, entre otras regiones, trabajan en condiciones infrahumanas en la agricultura, en el sur, bajo el sistema del caporalato, por el cual un intermediario recluta y transporta ilegalmente la mano de obra para las patronales.

En junio de 2020, 200 migrantes fueron hallados trabajando en pésimas condiciones en Calabria y Basilicata. Las escuchas de la causa judicial revelan que los patrones se referían a ellos como “monos” y que alentaban darles de beber agua de los canales de riego. Los obreros trabajaban a destajo en la recolección de frutos y tenían viviendas precarias en las que dormían en el suelo (El Mundo, 11/6/20). Poco antes, el gobierno italiano había dispuesto el otorgamiento de un permiso precario de residencia temporal para los migrantes en el campo, empujado por la necesidad de mano de obra ante la retracción de la fuerza de trabajo provocada por la pandemia. Pero esta medida, instigada por las patronales, alcanzó apenas a una porción de los indocumentados.

Un informe del sindicato agroindustrial de la CGIL señaló en 2018 que al menos 430 mil migrantes desarrollaban tareas en forma irregular en el agro, con sueldos por debajo de convenio, y en muchos casos sin contrato. Un reciente documento del Ministerio de Trabajo reconoce la existencia de numerosos asentamientos de migrantes precarizados, que en algunos casos llevan hasta ¡20 años! de existencia (El Observador, 29/7). La complicidad del Estado no podría ser más evidente.

Cuando el Estado degrada y estigmatiza de esta forma a un sector de la población, no es de extrañar que ocurran escenas como la de Civitanova.

A esta xenofobia, racismo y superexplotación, hay que oponerle la unidad de los trabajadores migrantes y nativos, en una lucha común contra el capital.