22/02/2001 | 697

¿Una alternativa histórica?

Reproducimos integralmente esta nota que salió publicada en forma parcial en Página/12 del 17 de febrero (en negrita el texto omitido).


Cuando a determinadas propuestas sociales y políticas se las pondera por «concretas, viables, posibles, realistas», ¿se puede hablar de que señalan «un viraje histórico»? Atilio Borón, sin embargo, afirma que ese posibilismo caracterizó a la «diversidad y calidad de las propuestas» que se hicieron en el reciente Foro Social de Porto Alegre. ¿Pero qué es el posibilismo si no la aceptación anticipada de las limitaciones que impone un determinado orden social? ¿Dónde está la alternativa?


Uno de los principales fogoneros del Foro, la Asociación Attac, postula, en nombre de la lucha contra la globalización, un impuesto a las transacciones financieras internacionales. El planteo suena «posible», ¿pero es acaso «viable» la pretensión de imponer un impuesto mundial a un sistema social que se caracteriza por la rivalidad entre los Estados nacionales? No es casual que el impuesto encuentre mayor aceptación e interés en los gobiernos capitalistas de Europa, por donde pasa solamente el 7% de esas transacciones, que en Estados Unidos o Gran Bretaña, por donde circula el 55-60% del capital que estaría sujeto al impuesto. Un impuesto internacional único, asimismo, lejos de combatir la globalización, supone nada menos que su culminación, pues en ausencia de un Estado mundial, se encargarían de su aplicación los organismos internacionales formados por los Estados existentes, o sea los vilipendiados FMI, BM u OMC. A los autores de este planteo les pasa lo que a los críticos del capitalismo anteriores a Marx: reproducen las categorías del régimen que pretenden criticar –en este caso el «pensamiento único» de Davos. Lo que ha sido pensado desde el «realismo» acaba en el reino de la fantasía. Aunque los animadores de Attac no se cansan de defender su estado-nación, el ultramundialismo de su propuesta impositiva expresa una tendencia corriente del imperialismo a barrer con las legislaciones nacionales, como han sido los casos del fracasado Acuerdo Mundial de Inversiones, la Unión Europea o el Tribunal Penal Internacional.


Por otra parte, un impuesto al capital que no vaya acompañado por la abolición del secreto comercial, es simplemente una expresión retórica, ya que cuando no es evadido es descargado a los consumidores. Abolir este secreto sería obviamente tachado por los posibilistas de «abstracto, irreal, inviable». Pero fue un lord inglés, llamado John M. Keynes, quien propuso la «eutanasia» del capital a interés y no un gravamen del 0,01% sobre su circulación.


A fuer de «realistas», los posibilistas arremeten contra la «dictadura de los mercados» , para evitar hacerlo contra la dictadura del capital. Pero desde hace mucho se sabe que el mercado es un fetiche que esconde determinadas relaciones capitalistas; que pretender suprimir al primero y dejar en pie al capitalismo, es una fantasía reaccionaria. Una abolición de los mercados bajo el capitalismo, supone un capital mundial único, y su correlato político, un Estado fascista. Los miles de millones que ganan dos pesos por día no sufren precisamente de un exceso de mercado, al cual no tienen acceso, sino una extraordinaria explotación social. El «socialismo de mercado», que hace más de una década atrás salió en socorro de los privilegios de Europa del este, encubriendo la restauración del capitalismo, se ha transmutado ahora en un capitalismo «sin mercado», que propugna una superregulación de la acentuada anarquía mundial que es propia del capitalismo. La invectiva contra el «mercado» no impidió, sin embargo, que en Porto Alegre se hiciera la defensa cerrada del Merco-sur, un mercado exclusivo para los monopolios bancarios, financieros y automotrices, o de la Unión Europea, que incluso más «democrática» y «ciudadana», no dejará de ser la expresión de las ambiciones imperialistas del capitalismo europeo.


Para las movilizaciones de Seattle, Praga o Niza, los planteos que se hicieron en Porto Alegre representan un callejón sin salida y una inútil tentativa de cooptación al sistema capitalista en demolición. Es significativo que no hubiera salido de Porto Alegre un plan de lucha para echar a los yanquis de Colombia y a la Otan de los Balcanes. Después de todo, «otro mundo es posible» es un slogan vacío que remeda la consigna del chachismo en los ‘90, y así le fue.

 

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