15/11/2007 | 1017

Venezuela: Nuestra posición frente a la reforma constitucional y la crisis política

A comienzos de agosto, este periódico publicó un artículo (“Crisis en las fuerzas armadas bolivarianas”, Prensa Obrera, 4/8), que analizaba el discurso del general Raúl Isaías Baduel, comandante en jefe del ejército (bolivariano) al retirarse del servicio activo. Baduel, precisamente, acaba de anunciar públicamente su oposición a la reforma constitucional impulsada por Chávez y aprobada por la Asamblea Nacional. La reforma será sometida a referéndum en los primeros días de diciembre.


De nuevo la cuestión del régimen político


Baduel fue uno de los más firmes aliados de Chávez aún antes de su llegada al poder; fue el que movilizó a los paracaidistas contra el golpe de abril de 2002 y quien movilizó al ejército para enfrentar el lockout de los gerentes de PDVSA de diciembre de 2002/febrero de 2003. Ahora Baduel critica el proyecto de reforma porque concentra el poder político en Chávez. “Las constituciones deben limitar y controlar el poder, no deben hacer lo contrario. Cualquier constitución que desregule y le quite límites al poder, debe ser vista con sospecha, como este proyecto”, dice Baduel. El ex jefe militar chavista asume ahora la defensa de la llamada división de poderes, que sin embargo presidió la desintegración de Venezuela al cabo de varias décadas de gobiernos pequeño burgueses, primero nacionalistas y luego directamente entreguistas. El actual proceso bolivariano se inaugura, precisamente, a partir de dos grandes levantamientos populares, en 1989 y 1992. Baduel había sido dentro del ejército, durante la mayor parte del proceso bolivariano, quien mejor reflejaba la comprensión de que el viejo régimen de Venezuela era definitivamente incapaz de ahorrarle al país una guerra civil y de que, por eso, era necesario que la fuerza armada asumiera un papel de arbitraje para poder contener o controlar a las masas populares.


En oposición a los planteos de la reforma constitucional, que ponen a las fuerzas armadas bajo la tutela personal de Chávez, Baduel sale ahora a defender el “profesionalismo militar”, y rechaza que “(el ejército) esté al servicio (…) de persona o parcialidad política…” (La Nación, 7/11). El planteo de Baduel “de independizar a las fuerzas armadas del caudillismo presidencial” (Prensa Obrera, 4/8) pone de manifiesto una disputa en torno del régimen político que debe regir en Venezuela. De un lado hay un planteo cesarista o bonapartista, que concentra el poder político en una única persona; del otro, una tentativa de mantener dentro del semi-bonapartismo presente una dosis de instituciones parlamentarias tradicionales. Es una crisis entre dos formas históricas del Estado capitalista – ni siquiera aflora la disputa sobre el socialismo o el gobierno de los trabajadores, que de todos modos nunca podría ser introducido por vía constitucional o por medio de una consulta. La propuesta oficial esquiva la convocatoria de una Constituyente y recurre al referendo, algo que se ha repetido hasta el cansancio en la historia, porque la función del régimen bonapartista o del cesarismo político es suprimir los peligros de agitación, que en momentos de crisis y polarización social, pueden provocar los debates públicos, incluso en la reforma restringida del parlamentarismo. El planteo semi-parlamentarista y semi-bonapartista, por su lado, pretende evitar que la burguesía pierda por completo el control de la hacienda pública, en particular en una potencia petrolera como Venezuela y con un gobierno de tendencias nacionalistas y populares. Esta cuestión se observa especialmente en la oposición a que Chávez se haga cargo del Banco Central. De todos modos, la reforma constitucional que propone Chávez está sólidamente anclada en la defensa de la propiedad privada y en el monopolio político de las instituciones históricas del Estado (como las fuerzas armadas), mientras Baudel ha dicho claramente que defiende el régimen capitalista y que condena al marxismo.


Crisis política


Según algunos diarios, “Baduel no actúa sólo (…) sus puntos de vista serían compartidos por otros integrantes del alto mando” (La Nación, 9/11). Pero cuando un ex militar habla en lugar de actuar es porque no ha logrado reunir apoyo en el conspirativo mundo castrense. Una gran parte de la oficialidad (entre un cuarto y un tercio) ocupa posiciones de gobierno y participa de la corrupción generalizada que denuncian incluso las organizaciones bolivarianas. La irrupción de Baduel constituye un síntoma de una crisis que no tiene retorno, porque cualquier recule de Chávez en sus propósitos de establecer un régimen de poder personal podría poner fin a su gobierno. La excepcionalidad de la situación política que vive Venezuela se pone de manifiesto en el hecho de que se enfrentan dos posiciones golpistas: la del gobierno, que quiere quedarse con la totalidad del poder, y hacerlo además sin pasar por una Constituyente; y la de los opositores de derecha y Baduel, y de otras fracciones del chavismo (organización Podemos), que cuestionan la legitimidad de la acción política de un gobierno popularmente electo (en ocho ocasiones).


El ex vicepresidente José Rangel, que habían albergado la expectativa de que la decisión de la oposición derechista de presentarse a las últimas elecciones presidenciales ofreciera un espacio para reintegrarla al ámbito parlamentario mediante el adelantamiento de las elecciones al Congreso, rechazó la calificación de que Baduel es un “traidor” formulada por Chávez y todos los voceros oficiales.


A partir del llamado de Baduel, algunos analistas acarician la ilusión de derrotar a Chávez por medio de las urnas. Baduel ha sido convertido en un héroe de la noche a la mañana por el gobierno norteamericano. Lamentablemente para ellos, antes de imaginar esta posibilidad deberían cicatrizar sus propias divisiones, pues una fracción fuerte de la derecha está dispuesta a boicotear el referéndum e incluso a apelar a acciones directas en la jornada electoral. Aunque el gobierno goza de apoyo popular en término generales, Chávez ha vislumbrado que podría producirse una elevada abstención, por eso llamó a una fuerte campana para ir a votar. Además de la enorme presión mediática de la derecha contra el referendo (que se queja, sin embargo, de falta de libertad de expresión), conspira contra la reforma chavista el desarrollo de una inflación creciente y el desabastecimiento de productos básicos. Una abstención elevada, no hace falta decirlo, acentuaría la crisis política.


Qué hacer


Para los luchadores obreros de Venezuela que se oponen a la tentativa de cesarismo o bonapartismo de origen militar; que se oponen a un planteamiento de hacer crecer el número, la influencia y la arbitrariedad de la burocracia del Estado; que se oponen a sancionar con su voto una reforma constitucional capitalista; que se oponen a los recursos que la reforma ofrece a Chávez para profundizar su política de regimentación de los sindicatos por parte del Estado; que tienen claro que la reforma no plantea ninguna suerte de “poder popular” (esto porque subordina a las organizaciones comunales o de base al Estado y al poder personal del Presidente); para estos luchadores podría parecer que esta oposición socialista a la reforma podría confundirse con la campaña de la derecha o quedar desdibujada por ella, esto debido a que es la derecha la que dirige la oposición a la reforma y a que es ella también la que comanda la oposición en las calles. Pero frente a esto hay que subrayar, ahora más que nunca, que se ha llegado a esta situación como consecuencia de un largo período de seguidismo al chavismo o incluso de franca capitulación, la cual ha impedido preparar sistemáticamente la emergencia de una oposición obrera y socialista. A pesar de esta situación, sin embargo, o, mejor, debido a ella, no puede haber ni un gramo de apoyo a la reforma constitucional de Chávez, ella debe ser criticada firmemente y el rechazo debe ser claro (sea bajo la forma del No o de la abstención). Esta reforma no constituye un muro defensivo contra la conspiración que prohija el imperialismo, que nunca será realmente derrotado por los aparatos burocráticos del Estado y las fuerzas armadas y sus mandos, sino por la iniciativa popular y por su movilización independiente.


La defensa del gobierno y de las conquistas sociales y avances de organización frente a la agitación golpista de la derecha de ningún modo pasa por el apoyo a la política de poder personal y de regimentación de las organizaciones populares, que es un instrumento que estrangula las iniciativas de lucha. Esa defensa pasa, en primer lugar, por advertir al pueblo de los riesgos y de los perjuicios que representa para los trabajadores la reforma bonapartista. En segundo lugar pasa por denunciar el golpismo derechista y denunciar, en especial, sus poses y planteos democráticos, que no tienen nada de tales porque responden a la inspiración y a la dirección del imperialismo yanqui y la oligarquía financiera venezolana. La historia latinoamericana les ha puesto el mote de gorilas, precisamente, a los movimientos golpistas reaccionarios que se cubren con una fraseología democrática, a diferencia de aquellos que, con anterioridad a ellos, recurrían al arsenal ideológico del integralismo y del fascismo. Pero a diferencia del chavismo, que utiliza al golpismo derechista como pretexto para justificar la necesidad de medidas de excepción por arriba, los socialistas denunciamos a la derecha para que los trabajadores se organicen (desde abajo) para destruirla por medio de la organización y de la lucha.


El fracaso miserable de los métodos burocráticos del chavismo para combatir a la derecha se manifiesta en la completa incapacidad que ha demostrado para confrontar al movimiento estudiantil por medio de la propaganda, la lucha de ideas, el impulso a las reivindicaciones educativas y la organización de la juventud. Ha desarrollado centros de educación paralelos para nuevos sectores de la juventud, donde no se desarrolla su independencia política sino la tutela estatal, y al mismo tiempo ha dejado los centros históricos del estudiantado en manos hostiles a la causa nacional y a las luchas sociales. En oposición a estos métodos fracasados, es necesario proponer: 1) un plan de lucha contra la derecha, incluyendo el armamento de los trabajadores; 2) el derecho para los socialistas y para cada trabajador a discutir y discrepar con el planteo de reforma constitucional y con la política oficial dentro de todas y cada una de las organizaciones populares. Hay que ir a las organizaciones populares que siguen al chavismo (¡que son chavistas!) a pelear por el derecho de los obreros socialistas a discutir los planteos en disputa.


En este marco sería necesario que las organizaciones de izquierda que critican inequívocamente la reforma cesarista desarrollen una acción en base a la siguiente plataforma:


1. No o abstención en el referendo constitucional; denuncia de su carácter bonapartista, que pretende liquidar la independencia obrera y poner a las organizaciones obreras bajo la tutela del Estado;


2. Por la libre discusión de la reforma constitucional dentro de todas las organizaciones populares y por medio de los medios oficiales y no oficiales de comunicación;


3. Denuncia del carácter gorila de la oposición de derecha a la reforma, porque esconde detrás de slogans democráticos una política golpista apañada por el imperialismo yanqui y europeo;


4. Organizar la defensa de las conquistas populares y del propio gobierno contra el golpe por medio de un plan de lucha de las organizaciones de masas y el armamento de los trabajadores;


5. Por la inmediata satisfacción de las reivindicaciones de los trabajadores en lucha, por salario, por la gestión obrera de las empresas recuperadas, por el control obrero de PDVSA y de las empresas nacionalizadas. Por la nacionalización de la banca sin indemnización.


América Latina


La crisis política en Venezuela no es un fenómeno aislado de la crisis mundial y de la convulsión política y social de América Latina. Los gobiernos capitalistas están al acecho de cualquier oportunidad que pueda ofrecerles la crisis para golpear el ascenso de luchas nacionales. La actitud del rey de España en la reunión iberoamericana refleja bastante bien la tensión psicológica que impone ese acecho. Es incuestionable, entonces, que la izquierda latinoamericana que ocupa una posición de defensa de las luchas de carácter nacional y de independencia de clase frente a los movimientos y cúpulas nacionales; es incuestionable que esta izquierda debe asumir una iniciativa política continental, de un lado, para agudizar la convicción de la necesidad de luchar contra el imperialismo y defender a Venezuela contra Bush; del otro para señalar claramente que los regímenes burgueses se valen de las posiciones nacionalistas para regimentar a las masas y que está en el primer lugar de la agenda la lucha por la independencia de los sindicatos frente al Estado y la necesidad de construir partidos de acción de la clase obrera.

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