El XV Congreso de la LCR acaba de adoptar nuevos estatutos que, entre otras modificaciones no hacen referencia al concepto de “dictadura del proletariado”. En realidad, hace muchos años que los documentos adoptados por la LCR no utilizan esta fórmula. Sin embardo, el eco mediático dado a esta decisión del Congreso de la Liga constituye una buena ocasión de hacer un balance sobre la cuestión.


Algunos medios se han creído autorizados a establecer un paralelo entre nuestra decisión y la más antigua, el Partido Comunista francés, de  abandonar esta referencia. Paralelo abusivo, sea en el fondo o en la forma. Porque George Marchais hizo el anuncio en 1976, en la televisión, en directo, sin ningún debate entre los militantes comunistas. Nuestros nuevos estatutos fueron adoptados por el 85% de los delegados a nuestro Congreso, como consecuencia de un debate de muchos meses que recorrió toda la Liga. Además, por sobre todo, la decisión del secretario general del Partido Comunista expresaba la renuncia de esa organización a todo objetivo de cambio radical y a todo proyecto de derribar al sistema capitalista y sus instituciones, así como su voluntad de insertarse en el juego político tradicional. A la inversa, nuestro objetivo es tomar en cuenta las lecciones de la experiencia revolucionaria del siglo pasado con el fin de actualizar la manera en que nosotros formulamos hoy nuestro proyecto socialista y nuestra estrategia revolucionaria para terminar con el capitalismo.


Concentración de poder


En la historia del pensamiento marxista el concepto de “dictadura de proletariado” ha sido empleado en una doble acepción. La primera refleja la que constatación de que en una sociedad en la que subsisten las clases sociales, todo Estado puede ser caracterizado como una dictadura de clase, es decir como la dominación de una clase social sobre la otra. Evoca la ineluctable concentración del poder en las manos de una de las dos clases fundamentales de la sociedad y plantea la alternativa: dictadura de la burguesía o dictadura del proletariado. La segunda acepción de la dictadura del proletariado, más circunstancial, califica a un régimen político obligado a una situación de excepción. En el momento de la crisis revolucionaria que tiene como objetivo el derrocamiento de las clases dominantes y el establecimiento de  un nuevo poder, se pone en pie una dictadura revolucionaria, un régimen que concentra todos los poderes y que, frente al enemigo, utiliza medidas de excepción (incluso medidas que restringen las libertades democráticas), el tiempo (necesario) para estabilizar las nuevas instituciones revolucionarias. Este es el sentido que le ha dado a la “dictadura jacobina”, tanto Robespierre como Lenin e sus analogías entre la “dictadura de obreros y campesinos” durante la Revolución Rusa y las formas políticas de los gobiernos más radicales de la Revolución Francesa.


En la Critica a los programas de Gotha y de Erfrut, Marx y Engels amplían estas definiciones dándoles un contenido más general, el de una transición entre el capitalismo y el comunismo: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista, se ubica el periodo de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A la que corresponde un periodo de transición política en el cual el Estado no sería otra cosa que la dictadura revolucionaria del proletariado”. Marx y Engels se refieren entonces directamente a las medidas revolucionarias y a las características institucionales decididas en 1871, por la Comuna de Paris para definir el contenido de la dictadura del proletariado.


La Comuna es presentada como la primera experiencia de “gobierno de la clase obrera” o de  “dictadura del proletariado”. Marx, después Lenin, en El Estado y la Revolución, subrayaron las principales características: el pueblo en armas, la Comuna (forma política de la democracia directa), la destrucción de la vieja maquinaria del Estado, la propiedad pública y social y la cooperación de los productores. Ellos olvidaron, en cambio, señalar que la Comuna constituía también una tentativa de combinar democracia directa y sufragio universal.


Democracia Revolucionaria


Estas, grandes líneas constituyen, todavía hoy, el .núcleo doto de un programa democráti­co revolucionario. Pero ellas ya no pueden ser asociadas al concepto de dictadura del proleta­riado, Para’ nuestros “padres fundadores”, el régimen de la dictadura del proletariado debía representar, por su esencia misma, “la expan­sión suprema de la democracia proletaria” (Trotsky, Obras, Tomo Y, p, 208/207). El balance que nosotros sacamos hoy» de la contrarrevo­lución stalinista pero también de los errores de los bolcheviques, nos lio llevado a descartar es­te concepto de nuestras referencias programá­ticas. Por supuesto, importa distinguir la Revo­lución Rusa y los errores cometidos por los bol­cheviques en el curso del proceso revoluciona­rio) de la contrarrevolución stalinista, verdade­ra negación de esta revolución en beneficio de otros intereses sociales, los de la burocracia. Luego, los stalinistas utilizaron la noción de dictadura del proletariado para justificar la destrucción de todo rastro de vida democrática en la clase obrera y en la sociedad rusa. Así, contra el espíritu y la letra de los fundadores del marxismo, este concepto ha sido cargado de otro contenido, al punto de ser lun asimilado a una de las principales armo* de la contrarrevo­lución. Pero hay que volver también sobre los errores de los revoluciónanos rusos. En nom­bre de la dictadura revolucionaria del proleta­riado concebida como un régimen do excepción en circunstancias excepcionales, Lenin, Trotsky y muchos otros dirigentes bolchevi­ques han tomado medidas que han asfixiado progresivamente la democracia en el seno de las nuevas organizaciones revolucionarias.


Se asiste a la sustitución de la democracia de los soviets por el poder del partido, a la pér­dida de sustancia de los consejos y comités, al rechazo a convocar una nueva asamblea cons­tituyente, después a la prohibición de tenden­cias en el propio seno del partido bolchevique. El ejercicio de la dictadura del proletariado en Rusia, incluso entre 1918 y 1924, se tradujo, en la fusión del Estado y del partido, así como en la supresión progresiva de todas las libertades democráticas. Esta dramática experiencia his­tórica ha vuelto caduca la utilización de tal concepto. La dictadura del proletariado está cargada hoy de tal significación histórica, mar­cada por el rechazo de las formas de la demo­cracia política, que es imposible presentar nuestras concepciones de poder de los trabaja­dores o de la democracia socialista como el ré­gimen de la dictadura del proletariado. Sin mencionar que después de todas las experien­cias históricas del siglo XX, la palabra “dicta­dura”, con o sin calificativo, es aborrecible des­de entonces. En primer lugar, por nosotros mis­mos.


¿Nuestro proyecto? El socialismo autogestionario, la democracia sin límites, el poder de los trabajadores y las trabajadoras, es decir, la inmensa mayoría de la población, contra la dic­tadura de los accionistas.


Publicado en Rouge, órgano de la LCR, número 2040, 20/11/2003