Yugoslavia: Una guerra criminal de burócratas e imperialistas

La guerra que atormenta desde hace un año y medio a la población yu­goslava se ha concentrado en los últi­mos meses en la región de Bosnia, donde las atrocidades cometidas evo­can el genocidio nazi. Varios miles de muertos, más de 130.000 detenidos en campos de concentración, deportacio­nes masivas y familias expulsadas de sus hogares en trenes de carga, han creado la mayor ola de refugiados en Europa desde 1945. Los gobiernos de Serbia y de Croacia están impulsando una "limpieza étnica” para acaparar la mayor cantidad de territorio para sus respectivas “Repúblicas”.

La mayoría de los comentaristas opina que esta guerra representa una “Inevitable herencia del pasado", el cual estaría signado por “enfrenta­mientos seculares”. Sin embargo, durante las últimas décadas prevaleció la coexistencia e incluso mezcolanza entre los diversos grupos, y en primer lugar en la propia Bosnia, que es un mosaico de musulmanes, croatas y serbios. La generalización de matrimo­nios mixtos en una de cada cuatro o cinco familias desmiente categórica­mente la supuesta existencia de un “odio racial irresoluble”.

Durante años la Federación Yugos­lava siguió una política de integración étnica basada en la distribución pacta­da de los cargos del Estado, la cohabi­tación multiétnica en el ejército y la promoción económica de las regiones más postergadas. Los conflictos inter­estatales solo pasaron al primer plano cuando comenzó el derrumbe econó­mico del país como consecuencia de la política fondomonetarista y del pago de la deuda externa. Durante 20 años la burocracia titoísta aplicó un “ajuste” tras otro (inflación y desocupación) para cumplir con los usureros de la banca internacional. De los conflictos entre los Estados se pasó a la desinte­gración abierta como consecuencia del desplome político de la burocracia y de la presión imperialista a favor de la secesión de las regiones con mayor desenvolvimiento comercial.

El interés que guía a las distintas camarillas burocráticas, “converti­das” a un seudo nacionalismo, es repartirse los recursos económicos (la propiedad) en el proceso de restaura­ción capitalista. La pequeña burguesía intelectual de cada región ha brindado los argumentos medievales y fascistas para esta cruzada, rehabilitando las ideas más cavernícolas sobre la supe­rioridad milenaria del "esclavismo" o el "croatismo".

La política de conquista territorial

Al inicio de la guerra la burocracia serbia de Milosevic se resignó a la pérdida de la rica Eslovenia, que se colocó bajo la protección directa del imperialismo alemán. La lucha se traspasó a Croacia, donde la burocracia local de Tudjman respondió con el mis­mo envenenamiento nacionalista y la misma política de genocidio.

Milosevic impulsa la formación de una "Gran Serbia" anexando todos los territorios que cuentan con alguna minoría serbia, mediante la asimila­ción, la expulsión y la masacre. Se apoya en el ejército federal y en las bandas armadas de reyezuelos auto- proclamados jefes de “repúblicas serbias", que se encargan de aterro­rizar a la población civil cavando una fosa de sangre con los otros grupos.

Por su parte la burocracia croata utiliza la misma metodología y junto al sector rival de Tujman —los ustachis— propugnan la reconstrucción de la “Gran Croacia" que existió como títere de la ocupación nazi en 1942.

En Bosnia los combates son aún más violentos porque los croatas y serbios luego de fundar cada uno su propia “república autónoma” masa­cran en común a la mayoría musulma­na para dejarla fuera del reparto. Tuj­man y Milosevic ya han negociado in­cluso esta distribución que incluye la propia capital, Sarajevo. Los musul­manes —que fueron las primeras víc­timas del terrorismo serbio— han sido empujados a buscar su propia inde­pendencia, bajo el amparo de Tur­quía, el opresor histórico de los pue­blos balcánicos.

El imperialismo, mientras tanto, se orienta a la "solución" del conflicto mediante un nuevo diseño de las fron­teras, que reconocería gran parte de las “conquistas” de serbios y de croatas (The Economist, 25/7/92). Esto atiza, naturalmente, la agresión y las masacres en la expectativa de obtener mayor terreno para el mo­mento de las negociaciones.

El movimiento antibelicista

Frente a la tragedia de esta guerra reaccionaria profundamente antinacio­nal, se viene desarrollando un movi­miento antibelicista en Serbia, que aún no ha logrado poner en crisis a la dicta­dura de Milosevic. En junio y julio pasa­dos, durante varias jomadas, decenas de miles de personas ocuparon el cen­tro de la capital, Belgrado, reclamando la caída del tirano y el adelantamiento de las elecciones. La vanguardia de este movimiento son los estudiantes, que protagonizaron la mayor moviliza­ción desde 1968, y que han contado con el respaldo activo de trabajadores y de agricultores. La protesta popular es una reacción frente al escandaloso pillaje del tesoro por parte de la cama­rilla militar, que financia la guerra emi­tiendo moneda, lo cual ya provocó una hiperinflación de 120.000% anual. Mi­losevic se encuentra cada vez más ais­lado dentro de su propio partido, espe­cialmente luego del pasaje a la oposi­ción de la iglesia ortodoxa y del grupo nacionalista “Despertar Serbio” (ver nota).

La destrucción de la federación por medio de esta guerra “étnica” retro­trae a la región a la desintegración nacional existente antes de la primera guerra mundial, que dio lugar el térmi­no "balcanización”. Cualquier acuer­do de distribución territorial sobre el cadáver de la federación no sólo es re­accionario, sino que será completa­mente frágil, pues deja abierta las con­diciones para futuros reclamos de te­rrenos perdidos. La destrucción de la federación enciende la mecha de una explosión en todos los Balcanes. Den­tro de Serbia existe una enorme mino­ría húngara que ha buscado una alian­za con Croacia, mientras que Rumania apoya a Serbia debido a la existencia de esta misma minoría en su territorio, Macedonia, a su vez, otra región de la ex Yugoslavia, es reclamada por Bul­garia y por Grecia, que frente a esta desavenencia se inclinan por Croacia y por Serbia, respectivamente. Estos casos son apenas ejemplos de una extensa lista de reclamaciones territo­riales.

En vez de denunciar la guerra, de­fender la federación Yugoslava y pro­pugnar una Unión libre y socialista de los pueblos balcánicos, el Mas ha avalado esta criminal desintegración de la Federación Yugoslava exigiendo incluso el reconocimiento internacio­nal de Croacia y Eslovenia. En el caso de Bosnia debería llegar al absurdo de proponer la fractura de la región en tres sub-repúblicas. En la ex Yugoslavia no se está poniendo en práctica el dere­cho de autodeterminación nacional, pues ni Serbia ni Croacia se asientan en los derechos de sus ciudadanos (sean del origen étnico o de la creencia religiosa que fueren), y porque están empeñados, consecuentemente, en una guerra que no es nacional sino “ra­cial".

Los líderes de los diversos bandos son “comunistas” y burócratas, algo que sirve como radiografía post-mor- ten de lo que es el stalinismo contrarre­volucionario. No es cierto que esta guerra criminal haya abierto una fosa de sangre que deba cristalizarse en fronteras. Ello significaría la perpetua­ción de los stalino-titoístas en el poder, el desguace de la propiedad en su beneficio y la colonización del imperia­lismo. Será necesario abrir un auténti­co foso de sangre entre las masas y esta burocracia y sellar el derroca­miento de éstas mediante una unión libre y socialista de los pueblos de Yugoslavia y de los Balcanes.


La OTAN en los Balcanes

Los países imperialistas se en­cuentran divididos frente a la crisis yu­goslava, lo cual no les impide armar y financiar a las camarillas en guerra. Hasta el momento rige un aparente embargo comercial contra Serbia y se han enviado algunos contingentes de la ONU.

Alemania, con fuertes intereses en Croacia y Eslovenia, impulsó la sepa­ración y el reconocimiento de estas repúblicas, y por eso viene exigiendo una intervención internacional contra Serbia con la intención de hacer una primera demostración del ejército ale­mán fuera de sus fronteras. Está claro que no le interesa una pacificación prematura entre los contendientes. Francia en cambio, tradicionalmente más vinculada a la burocracia serbia, pretende aprovechar la crisis para hacer debutar un ejército europeo en formación (UES) al margen de la OTAN. Estados Unidos junto a Ingla­terra han vetado, lógicamente, estas iniciativas. Estados Unidos necesita el concurso de Rusia, que está aliada a Serbia, y de China, que es el principal proveedor de armas de Milosevic, para poder imponer un arbitraje inter­nacional. Turquía y Arabia Saudita, por su parte, ya han comenzado el financiamiento de las milicias musulmanas.

Los yanquis toleran el avance militar de los serbios para intervenir una vez concluida la “guerra sucia ", y zanjada la delimitación territorial. Recién en ese momento apuntalarían la reconstitución de los Estados y el control de las bandas armadas. Con esa perspectiva ya han ubicado como primer ministro de Serbia a Milán Panic, un multimillonario californiano, que declara abiertamente su pre­tensión de transformar el país en una semicolonia yanqui. Por otra parte el imperialismo norteamericano y el inglés tienen su agente en el movimiento oposi­tora Milosevic. “Despertar Serbio”, y en su aliado el príncipe Aleksandar, aspi­rante a reconstituir la antigua monarquía.

En las últimas semanas la generali­zación de la guerra podría acelerar una intervención que, como ya es habitual, se disfrazaría con ropajes "humanitarios". Menem ya envió un contingente de mercenarios y ofrecerá más tropas para la cruzada imperialista. Como en Irak so anota como furgón de cola de todas las causas reaccionarias.

C. R.