11/03/1993 | 384

“La lucha contra el capitalismo es el punto de partida”

P. ¿Qué significado tiene la jornada del 8 de marzo de este año?


R. Como todos los años, el “Día Internacional de la Mujer” —al igual que el 1º de Mayo— es una jornada de denuncia de la opresión y de lucha por la conquista de nuestras reivindicaciones y en defensa de las que hemos conquistado con nuestra lucha. No es, como pretende el menemismo, un día de “fiesta”.


En verdad, hay poco que “festejar”. La publicitada creación del “gabinete de la mujer” y la sanción de la ley del 30% de los cargos electivos para las mujeres (¿por qué no el 50%?) es pura demagogia electoral; con este gobierno y con este sistema, las mujeres en realidad, estamos mucho más oprimidas que antes.


La situación social de la mujer es siempre un indicador del grado de desarrollo económico y de las libertades políticas de una sociedad. Siempre recuerdo que para Trotsky uno de los indicios que más fielmente mostraban la burocratización del Estado soviético era el sistemático retroceso social, económico y político de la mujer bajo el stalinismo.


La situación de la mujer ha empeorado enormemente como consecuencia de la crisis capitalista y de la política menemista: la doble jornada —el trabajo dentro y fuera de la casa— se intensificó; más horas de trabajo afuera y trabajo más “concentrado” adentro. La destrucción de la educación y de la salud impone una terrible carga suplementaria a la mujer que tiene que llevar a sus hijos a hospitales desmantelados y escuelas en ruinas. Con el aumento de la desocupación se produce otro fenómeno: muchos trabajadores que han perdido su empleo y sin condiciones de mantener a su familia abandonan el hogar. En el gremio en que yo trabajo, el de las enfermeras, es notable el aumento del número de las mujeres obligadas a mantener por sus propios medios a sus hijos.


El empobrecimiento de los trabajadores agudiza como nunca, por otro lado, el drama de los abortos clandestinos: hoy, más de mil mujeres mueren por año por abortos clandestinos (la cifra está “subregistrada”), en particular de los sectores más explotados. Por eso decimos que en Argentina el aborto es legal para la mujer rica —que puede pagar una clínica y un médico— e ilegal para la pobre, que no puede hacerlo. Lo mismo sucede con los anticonceptivos. Por eso, la consigna central de nuestra Comisión es “anticonceptivos para no abortar; aborto legal para no morir”.


El principal enemigo que tenemos en esta lucha es la Iglesia, que sin excepción defiende siempre el punto de vista más reaccionario: oposición al aborto, a la anticoncepción y aun a una lucha eficaz contra el Sida.


P. ¿Cuál es la situación del movimiento de la mujer?


R. En el movimiento de la mujer militan —en forma orgánica o no— todas las corrientes políticas, además de grupos puramente feministas, opuestos a los partidos.


El próximo 8 de marzo habrá varios actos, lo que demuestra la división del movimiento. Uno de ellos será del menemismo, que ha largado una campaña para “festejar” la creación del Consejo de la Mujer y el 30% de las listas de candidatos. Interviene a través del aparato del Estado, sus funcionarias y los departamentos de la mujer de los sindicatos burocratizados, entre los cuales se destacan docentes, gráficos y UPCN. Aquí intervienen también el riquista PTP y la Multisectorial de la Mujer. Como “alternativa” al menemismo, se ha formado la “Coordinadora Nacional de la Mujer” en la que militan la UCR, el Fredejuso y organizaciones feministas como “Lugar de Mujer”.


La lucha política entablada dentro del movimiento se manifiesta principalmente en los Encuentros Nacionales.  En el séptimo, realizado a mediados de octubre en Neuquén, participaron más de 4.000 mujeres de todo el país. El gobierno trató de controlarlo; sus sostenedoras —aunque aparecieron muy disfrazadas, ya que es muy difícil aparecer abiertamente como sus defensoras— intentaron frenar la discusión, evitar que se criticara al gobierno y con los chiflidos y abucheos intentaron tapar las mejores intervenciones. Sin embargo, no pudieron evitar que en algunos informes, como el de la comisión de salud, se plantearan propuestas avanzadas como la legalización del aborto y que fueran ovacionadas por la concurrencia. Tampoco pudieron evitar, pese a que lo intentaron, que en la manifestación convocada al cierre del Encuentro cada grupo saliera con sus propios carteles y sus propias consignas, dándole un carácter muy combativo a la marcha.


En mi opinión, el problema de la división es político; en la medida en que no se entronque de una manera clara la lucha de la mujer con la oposición al sistema social capitalista, nuestras reivindicaciones quedarán reducidas a un mero recetario que será usado para las manipulaciones políticas de los partidos patronales, que buscan en el movimiento de la mujer crearse la imagen de “preocupados por los problemas sociales” y, sobre todo, una clientela electoral. Pero hay que reconocer también que ningún partido de izquierda ha tomado el problema de la mujer y su organización como un tema prioritario para dar la batalla contra la burguesía también en este terreno.


Existe un amplio programa de reivindicaciones propias de la mujer: guarderías infantiles, lucha contra toda discriminación, contra la violencia familiar, por que la patria potestad la ejerza quien tiene la tenencia de los hijos, por la libre elección de la sexualidad y el apoyo a las lesbianas, la defensa del hospital público y la atención  de las mujeres embarazadas, por el reparto de anticonceptivos a cargo del Estado y la legalidad del aborto, que entonces podría realizarse en cualquier hospital público, por la reivindicación de las mujeres indígenas. Nuestro movimiento también ha tomado banderas generales: el repudio a la amnistía de los genocidas, primero, y ahora contra la privatización de las jubilaciones.


Pero creo que lo más importante es esto: ni la UCR ni el PJ, partidos patronales, pueden dar una solución a los reclamos de la mujer, porque no se trata de un problema de género sino que la opresión de la mujer es una expresión condensada, agravada y particular de la opresión social capitalista. Y aunque la plena igualdad de derechos, y sobre todo de hecho, entre los sexos no se alcance con la expropiación del capital —un gobierno de los trabajadores tendrá por delante una enorme y prolongada tarea en este terreno— la lucha contra   los explotadores es el punto de partida.

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