Opinión

4/2/2022

Debate

Cocaína adulterada y prohibicionismo

Es noticia en estos días una auténtica masacre: al menos 20 personas murieron por consumir cocaína adulterada, y más de 70 se encuentran internadas. Este caso, que indefectiblemente nos recuerda las muertes de Time Warp en 2016, provocó una pobre reacción por parte del Estado, y un intenso debate social sobre el consumo de drogas en general, y de cocaína en particular. Queremos presentar en esta nota un análisis más allá de la perspectiva individual o específica del caso.

El prohibicionismo y las drogas adulteradas

Para muchos no es una novedad que exista cocaína “adulterada”, pero el problema es más grave, ya que en realidad es imposible encontrar cocaína (o casi cualquier sustancia ilícita) en estado puro en el mercado. Esto se debe a que los narcotraficantes la “cortan”, es decir, le agregan alguna otra sustancia de aspecto similar, para aumentar su cantidad y, por lo tanto, su ganancia. Esto pasa en cada parada del circuito del narcotráfico. En Estados Unidos se calcula que en las últimas dos décadas la pureza de la cocaína se mantuvo al rededor del 50%, pero en cambio en la Ciudad de Córdoba se habla de números del 8-12% (El Gato y La Caja, Un libro sobre drogas, sección “Las cocaínas”, en www.elgatoylacaja.com).

Esta situación muestra el nivel de vulnerabilidad al que están expuestos los consumidores, que realmente no saben que están consumiendo. Tanto las drogas de diseño de Time Warp como la cocaína bonaerense son ejemplos de los peligros que la prohibición abstracta de las drogas implica para aquellas personas que consumen.

Bueno, pero la prohibición sirve para combatir el consumo, ¿no? No realmente. Las estadísticas nos dicen que la guerra contra las drogas no sólo no bajó la demanda de la misma (que era, en teoría, uno de sus principales objetivos), sino que incluso tuvo como efectos secundarios la reducción sistemática del precio final de la sustancia, el aumento de la violencia relacionada con el narcotráfico, e incluso el involucramiento de nuevas regiones en la producción y venta de las mismas. (ídem, capítulo “Crítica al programa prohibicionista).

Otro dato interesante lo aporta en Twitter Enzo Tagliazucchi, investigador del Conicet, que cuenta cómo la ilegalidad y la burocracia alrededor de las sustancias psicoactivas no entorpece sino directamente traba la investigación científica. Y aún más, plantea que en conversación con peritos del poder judicial le explicaron que hasta ellos tienen enormes dificultades para acceder a muestras necesarias para análisis.

El Estado es responsable

Frente a este caso el gobierno bonaerense declaró una alerta epidemiológica y Sergio Berni planteó que “descarten la cocaína” a quienes hayan comprado en la zona en la que se detectaron los primeros casos. En estas horas, además, se detuvo a “el Paisa” en el barrio Puerta 8. Con estas medidas, y cuando aún ni siquiera detectaron cuál fue la sustancia con la que se adulteró la cocaína, el jefe de asesores de Kicillof, Carlos Bianco, dice que la situación “está estabilizada y controlada”. Y listo, como si no se acabaran de morir 20 personas.

De todos modos, las medidas tomadas de emergencia son una pantomima. La relación del Estado y las fuerzas policiales con el narcotráfico (y no hablamos de “transitas” o “mulas”, sino de los grandes narcotraficantes) es lo único que explica el desarrollo de este negocio en el país y en el mundo. Mientras más fuerte gruñen los funcionarios como Berni o la exministra Bullrich contra las drogas, más droga entra en el país. ¿Cómo se explica esto sino es con una connivencia del Estado (sus funcionarios y sus fuerzas de seguridad) y los narcotraficantes?

¿Qué podemos plantear?

El problema de las drogas es muy complejo, y no se puede abordar de manera unilateral. No hay que culpar a las sustancias, ni tampoco a los consumidores. En un sistema de explotación, que condena a millones a la miseria y la marginalidad, el consumo de sustancias es siempre un escape de la realidad. En este sentido, una tarea revolucionaria importante es luchar contra el consumo problemático de sustancias, luchar para que nuestrxs pibxs no tengan que drogarse para aguantar la vida, y para que tengan una verdadera perspectiva.

Sin embargo, pretender un “mundo sin drogas” es ingenuo, no va a pasar, ya que la historia de la humanidad es en cierta parte una historia de consumo. No podemos pretender solucionar las muertes y las adicciones con discursos de “straight edge” (abstencionismo). Así como el problema del aborto no se soluciona predicando la abstención de tener prácticas sexuales, los problemas de las drogas no se van a ir predicando la abstención a consumir.

En el cuadro actual, cotidiano, un planteo revolucionario tiene que ser transicional. En este sentido, la prioridad es cuidar a la gente, cuidar a los consumidores, y esto no podemos hacerlo ni con el planteo prohibicionista que entiende el consumo de drogas como un problema de seguridad, y que oculta la relación entre el narcotráfico y el Estado, ni tampoco con un planteo abstracto de legalización, que sólo le blanquea y facilita el mercado a los narcos (Marks, John; The Paradox of Prohibition [La paradoja de la prohibición], 1993).

El enfoque que debemos tomar es el de salud pública, la regulación de las drogas. Esto no implica una promoción del consumo (como sí se hace actualmente, por ejemplo, con el alcohol), sino la prevención en los riesgos asociados al consumo, la protección de los consumidores y establecer un marco, basado en evidencia, para el acceso a aquellas sustancias (El Gato y la Caja…, capítulo “Qué es la reducción de riesgos y daños?”). Esto limita al narcotráfico y a los negocios actuales, y permite que los consumidores y adictos sean tratados desde la salud pública, además de acceder a sustancias que sí sean de calidad y no adulteradas. Al mismo tiempo, habilita la investigación científica relacionada a las sustancias, sus riesgos y sus aplicaciones.