La década menemista ha constituido una verdadera lápida para el conjunto de las direcciones del movimiento sindical sin excepción. En ningún otro período de la historia la pérdida de conquistas obreras ha sido de tal magnitud. Basta mencionar la liquidación del sistema estatal de jubilaciones y la eliminación de los aportes patronales; la pérdida de la jornada de ocho horas; la flexibilidad laboral a rajatablas; los contratos precarios y basuras; el salario real más bajo de todos los tiempos; la arancelización de las obras sociales y su virtual privatización; en fin, los cuatro millones de compañeros desocupados.


La resistencia a semejante ofensiva capitalista ha sido protagonizada fundamentalmente al margen de los sindicatos. El Santiagueñazo, el fueguinazo metalúrgico, el Cutralcazo, el ‘aguante’ correntino, las puebladas y los cortes de ruta de los desocupados, tuvieron lugar con la oposición de la burocracia de los sindicatos. Los burócratas de la CGT procedieron a una entrega meticulosa de los convenios de trabajo, que estuvo simbolizada en el convenio Fiat-Smata. En este convenio, se estableció también que el Estado pagaría la mitad del salario de los ‘aprendices’ y que la burocracia cobraría 20.000 dólares mensuales de los monopolios internacionales automotrices.


El Mta y la Cta protagonizaron una marcha federal ¡hace cinco años! y una jornada contra la flexibilización laboral sin futuro dos años más tarde; la movilización de fines de julio y el extraordinario paro general de todas las centrales de principios de agosto de 1996 fueron dejados sin perspectiva. Todas las tendencias de la burocracia se han asociado a la privatización de las obras sociales. Ctera ha dejado caer el Estatuto del Docente; es inminente la entrada en vigencia de un convenio firmado por Upcn sin ninguna oposición consecuente y hasta con la complicidad de ATE. La burocracia de la UOM liquidó sin más un plan de lucha que apuntaba a la defensa del convenio colectivo. Aunque se consiguió la instalación de molinetes, la explotación de los choferes ha crecido como nunca, con el sistema de colectivos truchos y muchos convenios por empresa, y en el subte se ha entregado la jornada de seis horas por insalubridad. La vida interna de los sindicatos, en su inmensa mayoría, es prácticamente inexistente.


La década menemista dejó más al desnudo que nunca los lazos estrechos de todas las fracciones dirigentes de los sindicatos con las patronales y el Estado. Desde el apoyo electoral a los partidos patronales y la integración de figuras propias en sus listas, hasta las sistemáticas ‘concertaciones sociales’ y ‘multisectoriales’, apuntando todas a la defensa de los reclamos de alguna fracción de las patronales e incluso del clero (el crecimiento de los colegios confesionales con subsidio estatal ha crecido como nunca). Estos lazos de intereses, personas y políticas se revelaron tan sólidos que resistieron el gigantesco impacto social y político de la mayor ofensiva antiobrera de toda la historia y explican la capitulación sin lucha del conjunto de la burocracia sindical.


No es una cuestión de ‘modelo’


No es, sin embargo, la enorme complicidad con la ofensiva patronal de los últimos diez años lo que mejor retrata la caducidad de la burocracia sindical. Mucho más lo representa su impotencia para explotar el derrumbe del menemismo, el cual arranca por lo menos desde la renuncia de Cavallo y se ha agudizado en forma excepcional en los últimos meses. Ni la CGT, ni el Mta, ni la Cta han hecho la menor tentativa para aprovechar el extraordinario debilitamiento de las patronales y del gobierno causado por la crisis capitalista, para lanzar una lucha que comience a recuperar las conquistas perdidas. Ni qué hablar de canalizar la desesperación de las masas hacia una acción de conjunto y positiva para revertir el retroceso social y laboral. La consecuencia de esta inacción es que el derrumbe económico del menemismo se está descargando al ciento por ciento sobre las espaldas de los explotados.


Durante el apogeo del menemato, el pretexto para la inacción era la supuesta fortaleza del gobierno, por un lado, y del ‘neo-liberalismo’ a nivel mundial, por el otro; ahora que el régimen está en declive, incluso a nivel mundial, cambia el pretexto; ahora se trata de asegurar la transición pacífica del menemismo (y después de diciembre se esgrimirá la necesidad de darle una oportunidad al nuevo gobierno….).


No es que haya fracasado un ‘modelo’ de sindicalismo; en esta década se han ensayado tres o cuatro, desde la colaboración más podrida de la CGT menemista, hasta los llamados nuevos métodos de las centrales opositoras. El completo fracaso de la carpa docente constituye una prueba descomunal de adónde nos lleva la sustitución de los métodos de acción de masas, como la huelga general indefinida, por las piruetas ‘mediáticas’. El argumento de que las acciones aisladas y sin futuro constituyen una suerte de ‘plan de lucha permanente’, pretende transformar la impotencia para alcanzar un objetivo en virtud.


Los ‘modelos’ que ha puesto en circulación la burocracia de los sindicatos tienen todos una característica estratégica común: la colaboración de clases con las patronales y la integración de los sindicatos al Estado. La ley de incentivo docente que impuso el impuesto a los automotores no se distingue en nada de la política histórica de la burocracia colaboracionista; Ctera ha transado un aumento de salarios insignificante a cambio de la flexibilización docente (‘incentivo’) y ha condicionado ese aumento a la capacidad que demuestre el Estado capitalista para recaudar impuestos que gravan a distintas clases sociales indiscriminadamente. Pero los trabajadores no podemos asumir ninguna responsabilidad por la gestión gubernamental o privada de los capitalistas; simplemente debemos emplazarlos a que satisfagan las condiciones mínimas de existencia que requiere la clase social que ellos explotan. El mismo carácter colaboracionista tienen los planteos de superar la desocupación por medio de subsidios del gobierno a las empresas, que formulan las tres centrales de uno u otro modo, pues adaptan las reivindicaciones sindicales a los límites, a las exigencias y a los negocios de la clase capitalista y de su Estado.


Los ‘modelos’ de colaboración de clases y de integración de los sindicatos al Estado deben ser superados por un sindicalismo clasista, un sindicalismo de lucha de clases, un sindicalismo que desarrolle la organización y conciencia de clase de los trabajadores; en definitiva, es necesaria otra estrategia y otra dirección. El derrumbe económico capitalista no acicatea a la burocracia sindical a la lucha; al revés, acentúa su tendencia colaboracionista, porque estrecha sus márgenes de negociación; del mismo modo, los sindicatos tienen menos posibilidades de ejercer una presión eficaz en las tertulias con los patrones y los funcionarios del Estado. La crisis económica capitalista acentúa la necesidad de un sindicalismo combativo y clasista como única alternativa a la destrucción directa o indirecta de los sindicatos.


Por un polo clasista


El agotamiento terminal del menemismo ha puesto en jaque a todas las direcciones sindicales. Ese agotamiento está llevando a una acentuación de la rebelión de las masas y a la aparición de organizaciones combativas de bases. Los piqueteros y los fogoneros, desde hace un tiempo, los autoconvocados más recientemente, son vistos naturalmente como una amenaza por la burocracia sindical. La resolución de los autoconvocados de Corrientes, de que sólo acatan las decisiones que se adopten en asamblea, la cual ha pasado a tener oficialmente un carácter soberano; esta resolución va incluso más allá, porque expresa la conciencia de un poder independiente de los jurídicamente constituidos.


El agotamiento del menemismo ha producido reacomodos políticos, pero no un replanteo real de parte de las direcciones sindicales. Una fracción de la CGT pretende recomponer con el Mta un sindicalismo duhaldista, de la ‘justicia social’ o de ‘retorno a las banderas históricas’, que no pasa de negociar un cambio en la secretaría general de la CGT. El derrumbe de Duhalde deja a todo ese proyecto en el perchero y demuestra su completa falta de sustancia.


La cúpula de la Cta se destaca, por su parte, por un planteo cuyo alcance reaccionario ni siquiera logra ser entrevisto por la masa de sus activistas. Propone una central sindical llamada ‘alternativa’, que puede estar compuesta por individuos y que funcionaría en la forma plebiscitaria de votaciones directas, no por asamblea, o sea que no cohesiona sino que atomiza. Incluye además la posibilidad de incorporar directamente o mediante acuerdos a los llamados ‘sectores intermedios’, lo cual la convierte en policlasista y pierde su último rasgo obrero. Mientras la Cta pondera los beneficios de la descentralización sindical contra el verticalismo, la burocracia de Ctera no ha tenido reparos en seguir el camino inverso: suprimir la deliberación de los confederales compuestos por delegados elegidos en asamblea por el plenario inamovible de los secretarios generales. La Cta impulsa también la negociación laboral ‘descentralizada’, lo que en definitiva lleva al sindicato por empresa, o sea al debilitamiento de la clase obrera. La dirección de la Cta está firmemente embarcada en el apoyo a la Alianza, en cuyas listas tiene numerosos asociados. Que pretenda disimular esta política con una declaración de neutralidad frente a las próximas elecciones, obedece al rechazo creciente que provoca este apoyo, habida cuenta del carácter fondomonetarista creciente de los aliancistas.


El movimiento obrero oficial se encuentra, en estas condiciones, paralizado y también dividido entre alternativas patronales.


El conjunto de esta situación, a saber, agravamiento sin precedentes de la crisis social; derrumbe económico capitalista; agotamiento del menemismo; inmovilismo programático de la Alianza; impotencia irreversible de la burocracia de los sindicatos; creciente rebelión popular, incluida la clase obrera industrial; todo esto plantea la oportunidad para construir una alternativa clasista en los sindicatos. Es decir, para que los activistas, luchadores y sus agrupaciones se unifiquen a escala nacional para recuperar los sindicatos, es decir expulsar a la burocracia y renovar a los sindicatos como órganos de lucha clasista. Ha culminado en un completo fracaso la pretensión de la Corriente Combativa y Clasista de crear un polo de lucha por medio de una alianza estratégica con las burocracias de la Cta y del Mta, la llamada Mesa de Enlace. El agotamiento de esta tentativa constituye una fuerte evidencia de que la única vía en la formación de un polo combativo es la existencia de un polo clasista que luche para que los trabajadores y los sindicatos pongan fin a la burocracia sindical de cualquier signo.


Los sindicatos, o sea la organización obrera con sus seccionales, comisiones internas y delegados, tienen una función insustituible para la clase obrera en la situación de excepcional crisis actual. Una política para recuperarlos es imprescindible para la victoria de los trabajadores. Se plantea de nuevo, como en 1967-75, una oportunidad para la vanguardia de los trabajadores, pero con alcances infinitamente superiores.

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