Dos grandes temas concentraron el debate de la situación internacional: la crisis de la Unión Europea (UE) y el proceso revolucionario en Bolivia. La resolución que elaboró la comisión respectiva para la sesión plenaria, con la participación de delegados de partidos extranjeros de la CRCI, comienza señalando que la crisis de la Unión Europea es la de una arquitectura histórica del capitalismo, de la cual se valieron los estados nacionales en la postguerra para quebrar la emergencia de la revolución social y reconstituirse con el apoyo del imperialismo norteamericano. Con la competencia entre las principales potencias del mundo capitalista por intervenir en el proceso de restauración de la propiedad privada en el vieja URSS y el este europeo, detonada en la década del ‘90 del siglo pasado, la UE comenzó a ser sacudida por divergencias internas, naturalmente estimuladas por los yanquis. Es lo que explica las divergencias frente a la desintegración de la vieja Yugoslavia en torno a la guerra de Irak y frente a la pretensión del imperialismo yanqui de imponer su propia agenda al capital europeo.


Conclusión de un largo proceso


Las movilizaciones de trabajadores, los explotados y la juventud crecieron notoriamente en los últimos diez años en respuesta al empobrecimiento generalizado de las condiciones de vida (desocupación masiva y crónica, flexibilización laboral, caída de los programas de financiamiento de la salud, la educación y la vivienda, liquidación de los sistemas previsionales, rapiña y saqueo de los países atrasados). Las huelgas francesas de mitad de la década pasada y las manifestaciones “antiglobalizadoras” fecundaron el campo de lucha. En la comisión internacional se planteó, además, que debe incluirse en este punto el movimiento masivo de protesta en la Rusia de Putin contra la política de abolir definitivamente la gratuidad del servicio público. Esto ha desencadenado un movimiento que ha tomado la forma de manifestaciones callejeras masivas, nacionales y de un alcance desconocido en las últimas dos décadas.


La crisis europea, entonces, tiene un carácter “global” y es el resultado de un proceso histórico. Los imperialismos europeos están pagando el pato de la crisis capitalista. Quedaron al margen del mecanismo que sostuvo el precario verano económico en 2002 y 2003, y que se apoyó en desequilibrios tan profundos que en cualquier momento pueden transformarse en su opuesto, dando lugar a una nueva debacle financiera internacional. El más importante de tales desequilibrios es el déficit fiscal norteamericano, que ha traccionado el comercio internacional y el crecimiento económico chino. Se trata de un endeudamiento descomunal, y de una especie de “fuga hacia delante” luego de la bancarrota bursátil de 2000/2001. El pulmotor de la economía mundial, China, “crece” con el financiamiento de una banca estatal que marcha a la insolvencia y es el terreno de una aguda lucha intercapitalista por el control del mercado mundial. Sin la solución previa de quién controla el mercado mundial, la conquista del mercado chino se encuentra bloqueada, lo cual agudiza las contradicciones de la restauración capitalista.


Una de las conclusiones más interesantes de la discusión sobre el panorama capitalista internacional es la siguiente: el desbarranque de la UE traduce el quebrantamiento de los Estados nacionales del Viejo Continente y el avanzado estado de descomposición de sus gobiernos y regímenes políticos. El “No” francés refleja la completa impotencia del dominio alternativo de derechistas y socialistas sobre su propia realidad nacional, una tendencia que se extiende a Italia y Alemania. Las burguesías europeas con la Unión en ruinas están obligadas a renovar sus pactos y acuerdos europeos para reintentar defender sus dominios nacionales y reconstituir su posición en el mercado mundial. Una devaluación del euro acentuará las rivalidades internacionales, en tanto que el “ajuste” de las economías y la liquidación de las viejas conquistas agudizarán la lucha de clases. Es el cuadro opuesto al que plantean las fuerzas políticas de la izquierda y centroizquierda europeas que llamaron a votar por el “No”, imaginando una “Europa social”. En el próximo período se darán de cabeza contra esta ilusión. La perspectiva de un gobierno de los trabajadores, de una política independiente del movimiento obrero, podrá ser formulada en los términos del agravamiento y no de la atenuación de la crisis política de poder que sacude a los principales países de la vieja Europa.


Bolivia, una campaña internacional


En el otro extremo del planeta, Bolivia, la tregua obtenida por el imperialismo, luego del levantamiento popular que terminara con el gobierno de Mesa, sólo puede ser encaminada con una política que, en cualquier caso, comprometerá al conjunto de la situación latinoamericana. Los yanquis necesitan explotar a fondo la política de colaboración de los Kirchner, Lula y Cía, para atar la soga “democrática” en el cuello de los explotados del Altiplano; un recurso político que choca con la creciente hostilidad del gobierno de Brasil hacia Chávez, un protagonista insoslayable en la crisis boliviana y en la crisis internacional que ha provocado en Latinoamérica.


En cualquier caso el abismo creado entre las masas y el imperialismo es enorme: los trabajadores y campesinos bolivianos no han llegado al momento actual sino como consecuencia de un largo proceso de lucha contra las privatizaciones (guerra del agua en Cochabamba), contra la política del imperialismo de colonización —con la excusa de la “erradicación de la coca”— y de demolición de los gobiernos “neoliberales”. Luego del Argentinazo se llevaron puesto a Sánchez de Losada, y luego del Quitazo en Ecuador, acabaron con otro presidente. Constituyen la expresión más alta de la tendencia a la rebelión popular. Las variantes democratizantes que buscan sostener la “institucionalidad”, es decir, el Estado capitalista, tienen un límite en la radicalización de las masas en lucha. El Congreso del Partido Obrero resolvió plantear una campaña de solidaridad con los compañeros de Bolivia en términos muy concretos: por la nacionalización del petróleo y el gas en todo el continente, de México a la Argentina; por la expropiación sin pago de los pulpos petroleros y su puesta en funcionamiento bajo control obrero. Es decir, votamos una política para desenvolver la campaña por la defensa de la revolución boliviana, la expulsión del imperialismo y los Estados Unidos Socialistas de América Latina.

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