22/09/2015

Hacia el mar de los que se fueron

Por Joaquín


Debe haber algo sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y está en el mar.


Jalil Gibran


 


No lo conocí, pero sí.


 


Leí algunos de sus libros (“El mundo no empezó 4004 años antes de Cristo” o “Un mundo maravilloso”), lo vi en algunos de sus debates –en persona, por ejemplo, en sus intervenciones en defensa del Frente de izquierda en 2011 frente a quienes subestimaban el 1,5%, o en audiovisual, como el “famoso” intercambio con los Economistas de izquierda. Por suerte allí están en grabados para volver una y otra vez…  ser estudiante de Sociales en UBA, además, equivale casi irremediablemente a haber oído hablar de él.


 


Dos o tres anécdotas recuerdo en las que está involucrado Pablo Rieznik. No voy a contar cada una, aunque debo decir que todas tienen un sentido, un hilo conductor que por lo visto se repite en los compañeros que más lo conocieron: una palabra, una imagen, algo que se quedan al toparse con un revolucionario de su talla.


 


Una, cuando fuimos a la lucha en la carpa frente al Congreso contra las cesantías en la UBA a los compañeros que cumplían 65 años –una lucha tenaz que a medias frenó las compulsivas jubilaciones de la patronal de la UBA que violó la legislación vigente. Allí, Rieznik se paseaba como uno más con absoluta serenidad y buen humor, inclusive repartía bizcochuelo para amenizar las actividades diciendo a los gritos: “¡Al que sea sub65 no le convidamos!”.


 


La segunda, que en primera instancia puede parecer más trivial, sucedió hace dos años cuando con mi pareja nos cruzamos con Pablo en una playa de la costa uruguaya. Me habían informado de su enfermedad: lo vi sumergirse en el mar y nadar hacia donde “no hay olas” con una energía abrasadora que, recuerdo como si fuera hoy, me hicieron pensar en lo relativo de los diagnósticos. Como leí hace poco en un artículo de Juan Forn sobre Oliver Sacks: “cuando estaba en el agua, se lo veía en su elemento”.


 


Allí se lo veía: nadar y nadar contra (o con) la fuerza del mar, con el trabajo de la fuerza vital que él tanto denuncia que perdemos al trabajar en este orden social –la fuerza de la vida que aunque alumbrará cuando nos liberemos de las cadenas, dejan verse por momentos , como cuando lo vimos nadar.


 


Aunque gustaba de recordar la frase de Goethe “todo lo que nace debe perecer”, no perece su recuerdo en la memoria de quienes, sin conocerlo, tuvimos la fortuna, de cuando en cuando, de toparnos con él.


 


Joaquín.-

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