Partido

3/4/2008

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Italia: Elecciones con un régimen político agotado

El próximo 13 de abril tendrán lugar las elecciones anticipadas en Italia, luego del desgraciado final del gobierno Prodi en, apenas, su segundo año en funciones. Se volvió a interrumpir de este modo otra tentativa de gobierno de centroizquierda, que definitivamente ha mostrado una irrefrenable vocación de fracaso.

Aunque en la jornada parlamentaria en que Prodi perdió la mayoría en un voto de confianza, los derechistas derramaban eufóricos sobre sus ropas y las de sus colegas botellas del mejor champán, el golpe que lo derribó partió en realidad de lo que oficialmente era su propio riñón – el flamante Partido Democrático, formado por la unificación entre la fracción principal de la ex democracia cristiana y por el ex Partido Comunista. La derecha, en realidad, se había resignado a una larga colaboración con el centroizquierdismo, luego de que sus fracciones clericales hubieran abortado repetidamente las maniobras de Berlusconi para derribar a Prodi. Se había abierto una crisis aparentemente irreversible en lo que entonces era todavía la Casa de la Libertad y era inminente el alejamiento de la fascista Alianza Nazionale. Frustrado por su fracaso, el histriónico Berlusconi había acabado por aceptar la formación de una comisión con el centroizquierda, que debía encargarse de producir la llamada ‘reforma política’. En resumen, el centroizquierda acabó por caer cuando la derecha había dado síntomas inconfundibles de disolución.

El artífice de esta hazaña fue precisamente el Partido Democrático, que meses antes había designado como presidente al alcalde de Roma, Veltroni, por medio de una elección popular. Esta circunstancia había colocado a Veltroni como primer ministro ‘in pectore’, anulando de hecho la consagración de Prodi como líder del centroizquierda, dos años antes, también por medio del voto popular. Para buena parte de la prensa italiana quedó claro que Veltroni se preparaba para derrocar a su correligionario en función de una estrategia que apuntaba a un gobierno de ‘gran coalición’ con la derecha.

La izquierda ‘comunizante’ del gobierno de centroizquierda, que había hecho un enorme trabajo sucio de sostenimiento de Prodi – votando todas las misiones militares italianas y todo el paquete social antiobrero de este gobierno – fue lanzada al tacho de basura sin que pudiera emitir un gemido de protesta. En este bloque ‘comunizante’ militaban el Partito dei Comunisti, la Casa Rossa escindida del Partido Democrático y Rifondazione Comunista – incluido aquí el grupo Sinistra Critica (vinculado con la LCR de Francia), que votó decenas de mociones de confianza a favor de Prodi. No solamente esto: la izquierda italiana fue la primera espada de Prodi, su escudo protector contra las conspiraciones del Partido Democrático. Desahuciado por la burguesía, este ‘arcoiris’ se ha vuelto a poner ahora sus ropas ‘comunizantes’ y trotskizantes con vista a las elecciones de abril.

Por otro lado, el hundimiento del centroizquierda devolvió a los fascistas al redil de Berlusconi, quien para no ser menos agregó a su campo a los fascistas que no reniegan de su autenticidad, incluido su inquebrantable apoyo al sionismo, que le viene desde la época de Mussolini y que en Italia tiene virtual rango constitucional. El histriónico no se olvidó, sin embargo, de pasarles la factura a sus aliados casquivanos e infieles y es así que la Casa de la Libertad se transformó (disolución de Alianza Nazionale mediante) de coalición en partido: el Polo de la Libertad.

En términos generales, el golpe de estado parlamentario del centroizquierdismo contra Prodi es una expresión de la división que se está desarrollando en la burguesía europea. El Partido Democrático no oculta su voluntad de recomponer la alianza con la burguesía norteamericana, luego de la crisis suscitada con motivo de la ocupación de Irak, que naturalmente se vería beneficiada con una victoria del Partido Demócrata de Estados Unidos en noviembre próximo. Esta circunstancia le puede atraer el apoyo del centro clerical que se apartó de Berlusconi. De cualquier manera, en el caso de que ninguno de los bloques principales constituya mayoría absoluta ya se visualiza la formación de un gobierno de coalición entre el Partido Democrático y el Polo de la Libertad. La tendencia a una gran unión nacional se manifestó muy claramente durante la reciente crisis cuando Rifondazione Comunista se manifestó dispuesta a apoyar a un gobierno conjuntamente con Berlusconi y los fascistas, esto mientras se tramitaba una mentada reforma político-electoral.

Pero en medio de todo este trajín, la debacle capitalista en Estados Unidos ha metido la cola. Es así que la derecha ha centrado su campaña electoral en un programa nacionalista y proteccionista, que se manifiesta en el planteo de poner barreras aduaneras italianas y en desautorizar la absorción de Alitalia por Air France, que había sido aplaudida por la burguesía europeizante. Veltroni ha acentuado, frente a esto, su planteo neoliberal y europeízante – lo que puede convertir a la elección en una verdadera divisoria de aguas en la burguesía. Las empresas industriales del norte, alineadas con Berlusconi, y el capital financiero, con Veltroni. La burocracia sindical y la inefable Rifondazione Comunista han tomado partido por el programa nacionalista.

El telón de fondo de la política italiana es, sin embargo, una enorme fatiga popular con todo este escenario, mientras desciende el nivel de vida de las masas, sus condiciones sociales generales y la inflación va tomando un cuerpo cada vez más definido. Italia va a las elecciones en el cuadro de una crisis completa de régimen y de representación política – y luego de un fulminante proceso de desengaño con el progresismo, el centroizquierdismo y el izquierdismo. Desde estas páginas ilustramos oportunamente el paralelismo del proceso italiano con el que terminó con De la Rúa. Si la comparación se mantiene, las elecciones próximas serán las equivalentes a las de octubre de 2001. Los primeros meses del próximo gobierno pueden ser los que van de un octubre a un diciembre.

Jorge Altamira

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