29/06/2006 | 952

La remilitarización


El gobierno reglamentó con el decreto 727/06 la Ley de Defensa, aprobada el 26 de abril de 1988, hace ya 18 años. Por falta de reglamentación, esa ley jamás estuvo en vigencia. Por lo tanto, el espionaje interno ejecutado en la base naval de Trelew o en el ex Batallón de Inteligencia 601 (ahora Centro de Reunión de Información Militar) nunca estuvo efectivamente prohibido. Con las llamadas “reformas”, sin embargo, el gobierno apunta al objetivo de reconstruir al Ejército en su calidad de fuerza de represión.


 


Al servicio de Washington


 


No dejan de tener razón los funcionarios del Ministerio de Defensa cuando sostienen que no hay una “reforma militar” sino más bien una “reconversión y modernización” de las Fuerzas.


 


Página/12 ha gritado desde su tapa que Kirchner le pisó los callos a George W. Bush porque la reglamentación no prevé, afirman, que las Fuerzas Armadas cumplan funciones policiales contra el “terrorismo y el narcotráfico”, como es el deseo del Pentágono desde mucho antes del 11 de septiembre de 2001. A pesar del supuesto pisotón, no se ha escuchado la menor queja. No tienen motivos: ahí están los efectivos argentinos en Haití para reprimir al pueblo y para permitir que el Pentágono pueda dedicar la totalidad de sus tropas a masacrar en Irak y en Afganistán. Las tropas de Kirchner (como las de Lula, Tabaré Vázquez y Bachelet) les evitan distraer soldados propios en el Haití invadido. En el país del Caribe cumplen una función de represión interior. ¿Por qué habría de quejarse Bush?


 


El Ejército argentino no cumple funciones de policía interior porque no puede. Perdió una guerra y sufrió derrotas aplastantes a manos de la movilización popular. No está en condiciones de “prevenir el delito” fronteras adentro porque lo obligaría a chocar, incluso a tiros, con las mafias policiales, judiciales y punteriles que se encargan de ello.


 


Pero la “modernización” kirchnerista, contra lo que sostiene Página/12, mantiene la función represiva fundamental de las Fuerzas Armadas, ya que están autorizadas a intervenir “cuando haya un estado de guerra civil o alzamiento armado contra los poderes constitucionales” (La Nación, 12/6). O sea, en defensa del orden social y político vigente. Naturalmente, esto plantea la necesidad de “inteligencia” (espionaje) y de acción preventiva. De ahí que un funcionario del Ministerio de Defensa declarase: “Si viviésemos en Colombia incluiríamos a los militares en la lucha contra el narcotráfico, pero no es así acá” (ídem).


 


“Reconversión”, borocotización y negociados


 


Devolver a las Fuerzas Armadas su condición militar es la parte fundamental de la reconstrucción del Estado, que la patronal procura realizar desde el levantamiento popular de finales de 2001. Por eso la reforma plantea agilizar las “unidades estratégicas regionales”, compuestas por sistemas de armas terrestres, aéreas y navales anfibias agrupados en forma distinta de lo que son hoy los pesados Cuerpos de Ejército, ubicados casi todos ellos en las grandes ciudades con la intención de dar golpes de Estado. De lo cual se desprende toda la inutilidad funcional actual de estas Fuerzas Armadas (están para hacer lo que nadie quiere, ni siquiera ellos mismos).


 


La arquitectura kirchnerista reconoce su diseño en los planes del Pentágono para los ejércitos latinoamericanos. Atribuye mayor importancia a las unidades estratégicas operacionales, esto es, fuerzas especiales de intervención rápida, de alta movilidad y capaces de ofrecer respuesta represiva casi inmediata a cualquier insurrección popular que amenace extenderse.


 


Además, la conducción única del Estado Mayor Conjunto, una pieza central de la reforma, permitiría una centralización presupuestaria que abrirá nuevas e insondables “cajas negras”, incluida la producción de armas nacionales —la compra de licencias extranjeras— bajo la dirección del “gran tesorero”, Julio De Vido.


 


Desde ya, la centralización del Estado Mayor requerirá un mayor número de generales (y, consecuentemente, de coroneles y demás cargos). Abre una vía más rápida y con mayores posibilidades para un “desarrollo profesional” de los cuadros. Por eso, la “reconversión” cayó muy bien entre los mandos. Se trata, en consecuencia, de una “borocotización” de las Fuerzas Armadas (en línea con los fuertes aumentos presupuestarios que han conseguido con el gobierno de Kirchner) y no, como insinúan algunos derechistas, de ganarlas ideológicamente para un montonerismo de cuarta categoría.


 


El tiempo de los buenos modales


 


También Clarín (13/6) festeja las reformas. El diario de la señora de Noble —de fuertes lazos con los militares, involucrada ella misma y su grupo en la represión dictatorial- explica que, al haberse eliminado las hipótesis de conflicto con los vecinos, la “modernización” permitirá organizar un “sistema de defensa subregional” ¿Contra quién? Haití lo demuestra y el Plan Colombia nos da una idea aproximada.


 


Mientras tanto, siguen en pie el Vicariato Castrense, los liceos militares (ese agujero negro ideológico entre los cañones y Torquemada) y, especialmente, el Concordato que, para las Fuerzas Armadas, firmaron el Vaticano y la dictadura de Juan Carlos Onganía en 1966.

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