10/10/2020

Los compañeros de Mariano toman la palabra

La lucha de los militantes del PO durante el juicio.

A tres años del crimen de Mariano Ferreyra y las graves heridas de Elsa Rodríguez comenzaron, en el juicio, las declaraciones de los compañeros de Mariano, las cuales llenaron de tensión la sala, que permanecía sesión tras sesión colmada.

En el público de la sala iban rotando trabajadores de varios gremios: docentes, aeronáuticos, del subte, personalidades de los derechos humanos, como Nora Cortiña (Madres Línea Fundadora). Además de la presencia constante de dirigentes y compañeros del Partido Obrero, incluso del interior del país, quienes organizaban viajes para asistir al juicio.

El primero de declarar fue Nelson, uno de los sobrevivientes del ataque que recibió un tiro en la pierna. Su declaración fue detallada y habló con tranquilidad y firmeza, hasta que mencionó a Mariano y se quebró.

La constante de la defensa, que encabezaban los abogados Alejandro Freland -defensor del “Gallego” Fernández- y Gustavo Igounet  -defensor de Uño-, era provocar a los testigos. Estos intentaban presentar a las víctimas como delincuentes que habrían realizado actos contra los trabajadores ferroviarios.

El abogado Igounet fue lejos en su provocación contra el PO, al que le atribuía un carácter de “grupo de choque que había marchado para confrontar a la patota”. Metodología que mostraba que era “usual” ya que “fomentábamos la violencia”, citando como ejemplo la represión en la Casa de Tucumán, en oportunidad de la marcha contra la impunidad del crimen de Marita Verón.

La reacción de las abogadas de la querella, oponiéndonos a sus “alegatos”, los cuales constituían un ataque y una injuria contra la organización de Mariano y Elsa, motivó una queja ante el Tribunal, cuyo presidente tuvo que intervenir ante lo que podía significar el descontrol de la sala.

Pero los interrogatorios de la defensa se pusieron más duros, encabezados por el Dr. Freeland, que con mayores herramientas de derecho, hostigó sin tregua a los testigos, sobre todo a los más jóvenes.

Federico, quien militaba con Mariano en la UJS de Avellaneda, es reconocido en una imagen de los videos, que eran parte de la causa, donde se lo ve sosteniendo un palo en defensa propia. Fue brutalmente atacado por los abogados defensores. Su voz era clara y tranquila, imperturbable y fue categórico: “No hubo enfrentamiento, fuimos atacados. Tuvimos que hacer una barrera para defender que las mujeres y las personas más grandes se retiraran”.

Siguió Emiliano, quien había sido herido por las piedras, y explicó la larga lucha llevada ese año por los tercerizados para pasar a planta permanente y como llegó esa jornada, donde el apoyo y la colaboración de la UJS de zona sur era natural. El abogado Freeland quiso saber si utilizó un palo para tocar el bombo en la manifestación que él había dicho llevar. Emiliano le contesto: “Por supuesto, no sé si usted sabe que el bombo se toca con un palo”, lo que provocó las risas del público y el llamado de atención del Tribunal.

Marcelo ratificó que el ataque se produjo cuando los compañeros se retiraban. Describió un tirador parado en el medio de la calle, lo vio abrir fuego por lo menos dos veces, pero no distinguió el sonido de los disparos y, a pesar de ello, avanzó con otros compañeros.

La defensa no tardó, con suspicacia, en cuestionar por qué había avanzado si estaba “desarmado”. La contestación fue tan genuina, despojada de todo heroísmo, que su veracidad silenció una vez más a las defensas: “Por la adrenalina no caía. No era consciente de que eran armas con balas de plomo. Pensé que querían asustarnos […] Cuando terminó el ataque, como había corrido hacia las vías, hasta los patrulleros, demoré en volver a la esquina donde luego supe cayo Mariano. La ambulancia ya se había ido […] Me dijeron que estaba herido de gravedad. Ahí creo que me di cuenta de lo que había pasado. Llamamos a la mama para avisarle y con un grupo de los compañeros fuimos hasta el hospital. Cuando llegamos nos encontramos a la familia llorando”.

La frustración de las defensas era clara, el banquillo de la burocracia sindical por el crimen de un obrero revolucionario crecía en cada audiencia. La declaración de Arnaldo, trajo su total desmoralización. Arnaldo se incorporó de la mano de Mariano a la UJS, compartieron una gran amistad. Su relato fue desgarrador. Las chicanas de los defensores sonaron más patéticas que nunca.

Los jueces se notaban tan conmocionados como el público, que lloraba en silencio ante el relato de los últimos minutos de Mariano, luego del primer ataque de la patota cuando, creyendo que la jornada había finalizado, hablaba con su amigo: “Hicimos un balance político de la actividad y después nos pusimos a hablar de literatura, de cine. Me acuerdo que yo había visto hacía poco Perros de la calle y le decía a Mariano que se me ocurría como adaptarla para teatro”.

Las palabras de Arnaldo salían claras de su garganta, a pesar de su rostro bañado de lágrimas, y la figura de Mariano caminaba por la sala con su fresca sonrisa para todos, facturando ante sus asesinos el haber interrumpido su vida a los 23 años.

Sus sueños inconclusos, su sensibilidad ante la vida, cacheteaba a esos comisarios que solo podían mostrar como galeones otros asesinatos. Como Hugo Lompizano, quien luego del crimen de Mariano fue ascendido y luego condujo el desalojo del Parque Indoamericano, en el que hubo cinco muertos. Y también en el operativo del recital de Viejas Locas, en Vélez, donde la policía, a los golpes, terminó con la vida de Rubén Carballo.

Al final de la jornada el Tribunal se retiró conmovido, al igual que las querellas y el público. Los defensores abrumados.

Sus compañeros, con la frente en alto y fortalecidos, fueron los pilares de la organización de toda movilización y campaña, en los meses que siguieron, hasta lograr la sentencia.

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