18/09/2015

Pablo Rieznik, por Gabriel Solano


Hoy a la madrugada falleció nuestro compañero Pablo Rieznik, luchador incansable por el socialismo y constructor del Partido Obrero desde hace más de 40 años.


Tuve el privilegio de militar con Pablo desde que ingresé al PO a comienzos de la década del 90`. El era aún el responsable de la Unión de Juventudes por el Socialismo. Pablo fue mi maestro político. Me ayudó a escribir mis primeros artículos y a preparar los cursos que dictábamos en nuestros campamentos. Yo lo admiraba por su formación teórica, por su oratoria vibrante y sus dotes de polemista. Pablo colaboraba con todos los jóvenes de una manera realmente desinteresada. Fue el gran dirigente que tuvo la Unión de Juventudes por el Socialismo.


 


Pablo siempre recordaba que el lema favorito de Marx era "dudar de todo". La mediocridad y el conformismo intelectual le causaban real repulsión. Tenía muy baja estima por el medio universitario en el que debía moverse, y recurría un poco en broma y un poco en serio a las peores calificaciones para referirse a ciertos intelectuales que repetían fórmulas vacías para no comprometerse con nada ni arriesgar su seguridad personal. Pablo decía lo que muchos no se animaban. Fue, en ese sentido, una oveja negra en una academia carcomida por la genuflexión y la rutina administrativa.


 


Pero Pablo era antes que nada un hombre de Partido. Eso le cerraba muchas puertas, porque en un ambiente dominado por el medio pelo académico y el diletantismo político se ve con desconfianza a quién define situaciones y defiende con convicción sus propias posiciones.


 


Muchas veces pensé que para Pablo debía ser difícil adecuarse a esta época. Las derrotas de la clase obrera produjeron un retroceso ideológico de proporciones, y personas brillantes como él tenían que retroceder hasta un punto muy bajo para volver a tomar un hilo que permita mover el ovillo de la historia.


 


Pablo aplicaba su capacidad a todo. Era inquieto intelectualmente hasta para pensar su propia muerte. Las últimas veces que nos juntamos siempre terminamos hablando no ya de la muerte en general, sino de su propia muerte. El decía que no quería vivir a cualquier precio. Amaba mucho la vida como para vivirla indignamente. Yo lo notaba tranquilo y orgulloso. Orgulloso de la vida que había vivido. De haber luchado como luchó, de ser un pilar de nuestro partido, de haber formado una gran familia.


 


Pablo te quiero mucho.


 


Hasta la victoria siempre.


 

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