18/03/2004 | 842

Algo sobre la violencia

Que las patronales tienen re-claro lo que significa la lucha de clases es una verdad de peregrullo. En épocas de bonanza le succionan todas las energías a los trabajadores y acumulan fabulosas ganancias. Para ello, cuando es necesario aumentan los ritmos de producción, imponen las horas extras y, si hace falta, obligan a los trabajadores a jornadas extenuantes violando toda la legislación laboral. Después, cuando el mercado se satura y aparecen los períodos de crisis no tienen ningún prurito en declarar en quiebra cerrando sus fábricas, fugando sus capitales al exterior o, directamente, colocando el dinero en el circuito de la especulación; provocando con ello el flagelo de la desocupación.


Los políticos patronales, que representan los intereses de éstos, están organizados en partidos que pueden ser de derecha, de centro o centroizquierda, todos ellos se desgañitan gritando contra ese capitalismo que ellos llaman salvaje o de rapiña, dando a entender que es posible un capitalismo más civilizado y por lo tanto más humano.


Cuando uno estudia la historia del movimiento obrero es imposible no darse cuenta de que la violencia es una constante bajo cualquier régimen político. Durante las dictaduras militares, la violencia se ejerce de una manera despótica, autoritaria. Se persigue a los sectores más conscientes de la población, se procura sacarlos del medio donde actúan, en las fábricas, obrajes, hospitales, escuelas, universidades o de las barriadas donde viven. Se los detiene y encarcela, se los secuestra, se los tortura y los hace desaparecer o se los asesina a la vista de todo el mundo para sembrar el terror y que eso sirva de escarmiento para los que se atrevan a ponerse en pie de lucha. Todo el aparato jurídico, con los jueces incluidos, colabora abiertamente con la represión con una sola finalidad, doblegar la resistencia de los explotados.


En los períodos democráticos la violencia está siempre presente aunque adquiere otras formas -a veces más sutiles- dependiendo, fundamentalmente, del estadio en que se encuentre la confrontación clase contra clase.


Aunque no se puede poner en un mismo plano un gobierno constitucional con una dictadura militar porque no son lo mismo; sin embargo, en ambos casos, representan el poder de una clase. Una dictadura de clase. El Estado burgués es necesariamente represor porque concentra el monopolio de la fuerza para someter a los trabajadores toda vez que éstos se subleven y, sobre todo, si tienen la osadía de hacerlo en forma organizada y pretenden apoderarse del poder. Por esta razón, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que mientras haya gobiernos capitalistas y exista la explotación del hombre por el hombre no solamente es inevitable la miseria social, sino también de vidas humanas. La causa de la violencia es el capitalismo, la explotación, la propiedad privada de los medios de producción y afán de lucro como motor de toda la vida social. La desocupación, la precarización laboral, la desnutrición, la mortalidad infantil, el hacinamiento, el incesto, el gatillo fácil son el rostro visible de este régimen social y político que no se puede ocultar.


El capitalismo nació, se desarrolló y se perpetúa por medio de la violencia. Si los trabajadores quieren dejar su condición de clase explotada y transformarse en clase gobernante deberá necesaria e inevitablemente someter a la burguesía, destruir el Estado opresor y sobre sus ruinas construir el Estado obrero para ejercer la dictadura del proletariado, que será sin ninguna duda, el gobierno de las mayorías y por primera vez se podrá decir, sin cinismo, que vivimos en libertad y democracia.


En el siglo XIX, Dalmacio Vélez Sarsfield, un idéologo de la burguesía decía cosas como éstas: “La huelga –escrito en el diario El Nacional- es un recurso vicioso y no siempre da buenos resultados para los que la ponen en práctica”. Más adelante, el 9 de octubre de 1878, en el mismo diario podía leerse lo siguiente: “La huelga de los tipógrafos es un movimiento inusitado e injustificable. Contemporizar con los huelguistas sería subvertir las reglas que rigen el trabajo”.


En 1919, cuando comienza el conflicto entre los obreros de Vasena y la patronal, que culminaría con una matanza de obreros en lo que se conoce como la Semana Trágica, Yrigoyen y sus ministros decían que el conflicto era producto de los “agitadores”. El 9 de enero de ese año, después del asesinato de los primeros obreros, el jefe de Policía declaraba lo siguiente: “Es forzoso reconocer que en el país se está difundiendo mucho el maximalismo, término utilizado para identificar a los obreros rusos que en 1917 habían desplazado del poder a la burguesía y comenzaban a construir su propio Estado, el Estado obrero.


En 1945, cuando la clase obrera emerge en el plano político, este fenómeno social fue interpretado como un aluvión zoológico la irrupción de la chusma y los cabecitas negras, por los intelectuales y los partidos de izquierda.


En 1958, Frondizi organizó el Plan Conintes contra los infiltrados comunistas.


En 1966, Onganía llamó a una cruzada contra los comunistas responsables del Cordobazo. Promulgó la ley anticomunista 17.401 y se hicieron pircas donde ardían los libros de ideas extranjerizantes que atentaban contra nuestro ser nacional.


En 1974, Juan Domingo Perón expulsó a la izquierda de su movimiento (alentada mil veces por él como las organizaciones especiales de la juventud maravillosa) por ser “estúpidos” imberbes, dándole un fuerte respaldo a la burocracia sindical, a quienes identificó como los dirigentes sabios y prudentes. Al mismo tiempo, su hombre de confianza, José López Rega, organizaba la Triple A.


En 1976, el Proceso militar combatió a la subversión internacional y local que había infectado el cuerpo de la patria.


Con la llegada de la democracia, Alfonsín volvió a las raíces de su partido al responsabilizar a los “agitadores” de la crisis social producida por su política económica y sancionar la teoría de los dos demonios.


¿Qué decir de Menem, que se alió con los enemigos históricos de los trabajadores peronistas como Alsogaray? ¿Qué más se puede decir de quien entregó todas las conquistas que el movimiento obrero había logrado en el peronismo? En el gobierno de De la Rúa y los progresistas del Frepaso, otra vez los “infiltrados” activistas, izquierdistas, agitadores, gente de ideas avanzadas, los dos demonios, persecuciones, muertos, procesos, cárcel para los que luchan, luz verde para los que roban con jueces que no pueden investigar ni a su abuela, porque ellos mismos son investigados y la Suprema Corte de Justicia es un nido de ratas.


Los escribas “progresistas”: “Está bien que luchen pero sin alterar el orden y respetando el derecho de los demás de transitar libremente por las calles; eso sí está bien porque en realidad, como todos tenemos los mismos derechos y somos ciudadanos argentinos iguales frente a la ley, entonces no estamos en contra de que luchen, pero eso sí nada de cortes de rutas ni impedir que la gente concurra a cumplir con sus obligaciones”. Claro, si las huelgas y las movilizaciones son tomadas como una cuestión de familia y no como una confrontación clase contra clase; todos estaríamos más tranquilos, el problema es que nadie te dará pelota; así de simple, porque como digo en esta página, el capitalismo es violento. Y como en política todo sirve a alguien, los escribas sirven y de qué manera para confundir, para poner a una franja de la población contra la huelga.

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