20/08/1998 | 597

Argentina, el 52º Estado de la Unión

Ahora que los portorriqueños han recibido de los diputados norteamericanos un medio derecho de votar la incorporación de su país al amo yanqui, Argentina corre el riesgo de tener que aceptar su conversión en Estado yanqui con el número 52.


Ocurre que la prensa argentina omitió informar que en un reciente seminario organizado por la Fundación Di Tella, importantes economistas del gobierno menemista estuvieron discutiendo la conveniencia de ceder el manejo del régimen monetario a la Reserva Federal de los Estados Unidos (El Economista, 14/8).


Carlos Rodríguez, el renunciante segundón de Roque, no vaciló en declarar que «Integrarnos al sistema monetario estadounidense es una solución posible para la Argentina». Más bravo resultó Pablo Guidotti, el sustituto del anterior, pues dijo que «Las ventajas serían tan grandes que hay razones para satisfacer las eventuales protestas políticas».


Estos son los personajes que, mientras dicen que la convertibilidad no se toca y que estamos bien y vamos mejor, ya están buscando una puerta de salida al derrumbe del régimen que ponderan. Pero entregar la moneda significa también entregar el presupuesto y el manejo del comercio exterior, porque la integración monetaria sólo puede funcionar con una integración fiscal, comercial y política.


Este llamado a la liquidación de Argentina no es patrimonio solamente de los menemistas. Un reciente libro del aliancista Gerchunoff hace notar que el mundo marcha hacia una simplificación monetaria a partir de la creación del euro, lo que hace menos viable a las actuales monedas nacionales. Gerchunoff rescata entonces el planteo de Menem de la unión monetaria con Brasil, pero no sigue adelante con el razonamiento, que lo llevaría a concluir que sería un paso intermedio hacia la entrega monetaria al dólar.


Ni los funcionarios menemistas, ni Gerchunoff, se detuvieron a pensar en que una de las alternativas de la presente crisis mundial no sean las uniones monetarias sino las dislocaciones monetarias, el refugio de cada imperialismo en su ámbito de influencia y la acentuación de la guerra comercial y de la otra. En la cabeza de estos economistas sólo cabe una idea por vez, son incapaces de pensar contradictoriamente.


Lo saludable de todo esto es que pone de relieve que las soluciones nacionales son menos viables que nunca y que la independencia nacional frente al imperialismo solo debe ser entendida como un corto episodio en la lucha por poner fin al capitalismo mundial.

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