14/10/2010 | 1150

Arriba los mineros

Durante el martes y miércoles pasados, la atención mundial quedó fijada en el rescate de los 33 mineros encerrados en los socavones de la mina San José.

La tecnología utilizada, la organización metódica y el empeño de los rescatistas dominaron el escenario de una larga jornada.

El éxito impone un par de reflexiones.

Los mineros quedaron enterrados en las profundidades negras de la mina por la responsabilidad de la misma clase social y de los mismos gobiernos y políticos que asumieron la tarea de sacarlos.

La tecnología vetusta, la ausencia de medidas de protección y de seguridad, y el régimen laboral despótico que llevaron a lo que podría haber sido una tragedia fatal, fueron impuestas en la mina para reducir el llamado costo laboral y aumentar las ganancias capitalistas, con el acuerdo de todo el régimen político que gobierna Chile.

La columna del capitalismo chileno es, precisamente, la minería.

Los métodos de explotación en el norte de Chile son los que los pulpos mineros aplican en todo el mundo -con su rosario infinito de tragedias humanas.

Sebastián Piñera, el presidente de Chile, fue forzado a reconocer esta realidad cuando prometió un replanteo de la seguridad laboral en todo el país -como si la violación de esas normas no estuvieran inscriptas en las leyes laborales establecidas por Pinochet y ratificadas por sus sucesores.

El contraste entre la capacidad mostrada en el rescate por la misma clase social que se caracteriza por la negligencia en los métodos laborales de la explotación minera se explica por una sola razón: la presión de la población de Chile y del mundo.

Bajo la presión extrema, los capitalistas encuentran siempre los dineros y recursos que usualmente niegan.

Hay otra razón más, por supuesto: salvar a la explotación minera, que hubiera recibido un golpe terrible si el desenlace hubiera sido fatal; hasta en la tragedia, la burguesía defiende sus propios intereses.

El alma de toda la hazaña, sin embargo, quedó relegada: la capacidad de los mineros para sobrevivir durante 69 días a 700 metros de profundidad.

Esa capacidad no la otorgó solamente el conocimiento de que en la superficie se estaban moviendo en su socorro, porque ella nace de otro lugar: el de la experiencia compartida por varias generaciones de la explotación social en las minas, de la convivencia en pueblos aislados y sin recursos, en zonas inhóspitas -no solamente por la meteorología.

La solidaridad de clase no es una consigna, es el resultado de una experiencia de vida en condiciones sociales de explotación.

Por eso, nuestro homenaje a los mineros y a la clase obrera de Chile.

Arriba los mineros.

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