26/04/2001 | 704

Cesación de pagos: La quiebra de un régimen social

Las primeras semanas del ‘salvador de la patria’ han resultado un completo fracaso. El retroceso industrial y las crisis fiscal y de la deuda externa se han acentuado. El hombre ha visitado todas las capitales financieras del mundo, pero en ninguna parte ha conseguido hasta ahora nuevos préstamos. El famoso «blindaje» de Machinea se encuentra completamente en ruinas y hasta se duda de que se hagan efectivas las siguientes cuotas de ese paquete. Lo que Cavallo realmente ha logrado es llevar el índice de cesación de pagos a niveles aún mayores a los de las gestiones de Machinea y López Murphy.


«Expectativas», las pelotas


En el primer mes de su regreso, Cavallo ha metido la mano en los depósitos en los bancos y en las AFJP, por un monto de 4.000 millones de dólares, alegando la necesidad de inyectar dinero para la reactivación, pero la verdad es que esa plata ha ido al pago de la deuda externa y por lo tanto ha salido del país y acentuado la falta de circulante. El dinero de los ahorros y de las contribuciones jubilatorias se encuentra en peligro. Si los bancos y las AFJP se vieran en la necesidad de vender los títulos del Estado que se encuentran en su poder, con lo que recauden no podrían devolver la plata de sus clientes. Como ejemplo señalemos que si el Banco Ciudad contabilizara a precios de mercado los 1.300 millones de títulos que tiene en sus arcas, debería registrar de inmediato una pérdida de 350 millones de dólares, algo que podría ser mucho más de proseguir la baja de las cotizaciones. El propio Cavallo denunció que la banca local estaba «quebrada».


La certeza de que la Argentina no tiene ya condiciones de seguir pagando la deuda externa ha alentado una fuerte especulación contra los títulos y bonos del Estado. Los acreedores los venden a la baja con la expectativa de recomprarlos luego a un precio incluso inferior. Cuanto menor es el precio del título, más alto es el porcentaje representado por su tasa de interés. Para obtener nuevos préstamos, la Argentina debe pagar cuatro veces por encima de la tasa corriente en el mercado internacional. Es decir que tiene virtualmente cerrado el crédito internacional.


La bancarrota argentina amenaza desatar una nueva ronda de crisis internacionales. Ocurre que la deuda externa de la Argentina representa la cuarta parte de la que corresponde a los llamados países emergentes. Los efectos ya se han hecho sentir en Brasil, donde existe una fuerte especulación contra el real, e incluso en España, cuya Bolsa se ha ido barranca abajo como resultado de la caída de las acciones de los bancos y empresas de servicios que operan fuerte en la Argentina. En el marco de la crisis mundial en curso, que se manifiesta principalmente en las recesiones en Estados Unidos y Japón y en la crisis financiera de numerosos monopolios internacionales, una bancarrota argentina podría tener alcances catastróficos. Esto explica el enorme espacio que ocupa en la prensa internacional y en las discusiones entre los principales pulpos bancarios.


Negocian en secreto


La salida que está en debate para esta crisis es la reprogramación de los vencimientos de la deuda externa, que iría acompañada por otro fuerte ajuste fiscal que garantice el pago de esa nueva deuda. Un muy comentado artículo que se publicó en Semana Santa en The Wall Street Journal, propone abiertamente esta salida con el argumento de que la Argentina no tiene ninguna posibilidad de pagar su deuda corriente y que cualquier intento de hacerlo sólo lograría extender la crisis a nuevos países, en particular Brasil. Esta propuesta viene de un representante de la banca norteamericana y fue elaborada conjuntamente con el equipo del cuestionado presidente del Banco Central, Pedro Pou. Como una expectativa de reprogramación provoca necesariamente una tendencia a la baja de los títulos públicos, la propuesta está demostrando que la especulación contra la Argentina está anidada en las principales instituciones del Estado ‘nacional’.


La propuesta en cuestión plantea una reducción del 25 al 30% en el valor nominal de la deuda, más o menos la misma desvalorización que ya se ha producido en su precio de mercado. El negoción de la propuesta reside en que se pactaría a las tasas de interés corrientes (10 al 15%) por plazos prolongados, lo que aseguraría a los bancos una renta usuraria por muchos años. Es más o menos parecida a las ofertas de créditos hipotecarios que realizan los bancos en la Argentina (10% anual a 30 años). El autor de la propuesta asegura que los acreedores norteamericanos ya se han desprendido de buena parte de la deuda argentina, lo que hace suponer que afectaría principalmente a los bancos europeos y en especial a los españoles, como lo probaría la caída de la Bolsa de Madrid. También advierte que cualquier intento de parte de Cavallo de querer detener la caída del precio de los títulos argentinos (metiendo más la mano en el sistema financiero local) haría más gravosa una renegociación futura, ya que no permitiría descuentos como el propuesto. Al autor en cuestión no se le escapa que la reprogramación provocaría una incapacidad para los bancos locales de hacer frente a retiros de depósitos, por lo cual propone que la reprogramación sea acompañada por un financiamiento a los bancos por parte del FMI.


Aunque Cavallo denunció esta propuesta como una «conspiración» y reclamó la destitución de Pou, lo cierto es que él anda en lo mismo. Los diarios nacionales han abundado en información que señala que los bancos Boston, Credit Suisse y Goldmann Sachs han discutido planes de reprogramación con Cavallo. Existen, de todos modos, muchos acreedores que resisten cualquier reprogramación y quieren que se les pague; por eso también se discute una reprogramación «compulsiva». Incluso el autor del artículo en el Wall Street Journal propone que en lugar de negociar con un Comité de Acreedores, la reprogramación sea decidida unilateralmente por un «Comité Consultivo». Es decir que todo el mundo es bien conciente de que esta salida entraña un salto en toda la crisis.


Página/12, del domingo pasado, abunda en datos que muestran a Cavallo negociando lo mismo con el Tesoro norteamericano y el FMI; Morales Solá dice, en La Nación (24/4), que Cavallo le pidió a los yanquis «entre 10.000 y 15.000 millones de dólares». El enfrentamiento, por lo tanto, entre Cavallo y los «conspiradores» no reside en la salida de la reprogramación sino en los términos de esta reprogramación. Más allá de las divergencias que pueda haber por plazos y tasas de interés, hay otros asuntos más serios. En la reprogramación precedente, en 1990 con el llamado «plan Brady», los títulos de la deuda fueron habilitados para pagar las privatizaciones extraordinarias que hizo el menemismo. Ahora se pone en juego algo parecido o más: el sistema de salud, el Banco Nación, la privatización de la recaudación de impuestos y, finalmente, la «norteamericanización» de la Argentina, o sea el alineamiento comercial y financiero internacional (Mercosur, Alca, acuerdos con la Unión Europea). Ni qué hablar de la reducción de las jubilaciones y un ajuste sin precedentes del gasto social que, como lo demostró López Murphy, golpearía con todo a la educación. Este «ajuste» es el que Cavallo promete en la carta (en inglés) que le mandó a los acreedores en los días recientes.


Atrapado, sin salida


Pero incluso una reprogramación de la deuda externa, lejos de resolver los problemas de fondo, los agravaría. En primer lugar, obligaría a una nueva redistribución de poder entre los bancos, ya que muchos de ellos no podrían hacer frente al retiro de depósitos. En segundo lugar, dejaría en pie la llamada sobrevaluación del peso, que Cavallo calculó en un 20% y otros calculan en por lo menos un 50%; en definitiva, se acentuaría la necesidad de una devaluación. En tercer lugar, acentuaría la falta de crédito bancario interno y por lo tanto la recesión, dada la menor disponibilidad de efectivo que ocasionaría. La única hipótesis favorable que dejaría en pie la reprogramación sería que produzca un masivo ingreso de capital extranjero, pero esto está en principio excluido por dos motivos: uno, que hay una salida generalizada de capital de los países pobres; dos, que se pronostica una retracción del comercio internacional que haría poco probables nuevas inversiones. La impasse económica y la crisis política se acentuarían aún más.


La disputa en torno de la Argentina (y fundamentalmente Brasil) se desarrolla en un cuadro más amplio, internacional. También Turquía e Indonesia se encuentran en cesación de pagos y con un sistema bancario quebrado. Pero, por sobre todo, en Japón y en Estados Unidos se enfrentan las posiciones de quienes entienden que no hay que salir a rescatar a los monopolios y naciones en crisis sino provocar su quiebra «ordenada» y dar lugar a una nueva constelación de fuerzas. Es la posición que el gobierno de Bush tiene frente a Japón y Corea del Sur (a esta última la ha conminado a cesar en el apoyo de los pulpos nacionales so pena de sanciones políticas). Pero no es la posición del Banco Central norteamericano frente a la crisis en Estados Unidos, como lo demuestran las reducciones de tasas de interés para evitar quiebras masivas. La Argentina es víctima, no de una «conspiración» internacional, sino de las contradicciones del capitalismo mundial y de la lucha de buitres que ello genera en la burguesía internacional.


El fin del camino


La cesación de pagos de la Argentina representa el agotamiento completo de una experiencia brutal de reestructuración social del país bajo el comando de los grandes monopolios capitalistas. Se trata de una cuestión objetiva, porque esa experiencia fue apoyada a fondo por toda la clase capitalista y se desarrolló a lo largo de todo un período de contradicciones, conflictos, crisis y luchas. Está puesto en cuestión, no el pago de la deuda externa, sino el conjunto de las relaciones sociales presentes. Se abre una perspectiva de crisis y luchas más aguda y de alcance más directamente político.


Es por esto que no se trata solamente de declarar impagable la deuda externa, porque ello simplemente precipitaría el derrumbe del régimen actual; se trata de plantear la reorganización social de la Argentina sobre nuevas bases. La completa nacionalización de la banca y de las AFJP; el control obrero de la producción; un plan económico nacional bajo la dirección de los trabajadores *son medidas básicas insustituibles para apoyar el cese de la confiscación nacional a partir de la deuda externa. Esta salida es naturalmente incompatible con el régimen actual. Fuera De la Rúa-Cavallo, que una Asamblea Constituyente se haga cargo del gobierno.

 

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