06/11/1997 | 563

Co-gobierno con peronismo en crisis

La crisis del peronismo no tardó mucho en expresarse luego de la derrota electoral. Más allá de la lucha de clanes que se ha agudizado en su seno, esta crisis expresa el vacío político que le ha dejado al peronismo la pérdida de más 1.200.000 electores. Luego de ocho años de gobierno, este hecho está reflejando el agotamiento de los trabajadores con la experiencia del menemismo. Sin embargo, como consecuencia de que ninguna fracción interna del peronismo quiso o pudo despegarse de Menem antes de la derrota, y afrontar por lo tanto todos los costos y todos los alcances de una lucha franca contra el menemismo, el agotamiento popular con el gobierno de Menem se ha transformado en un agotamiento de la experiencia de los trabajadores con el conjunto del justicialismo.


De un modo más general, la desintegración que empieza a vivir el peronismo está señalando la incapacidad del nacionalismo para reiterar un movimiento de masas que ponga algún límite a la colonización del imperialismo. Con el conjunto de la burguesía nacional felicitándose por el maná de la ‘globalización’, los movimientos políticos que la representan de un modo general no se atreven a apoyar ninguna reivindicación soberana ni apoyarse en la movilización popular. Esta realidad se refleja, por si algo más faltaba, en la política completamente extranjerizante y antiobrera del Frepaso y la Alianza.


 


Primero vos


La crisis peronista ha dado lugar a un escenario inusitado poco tiempo atrás: los parlamentarios del PJ no quieren votarle al gobierno los proyectos de leyes más acariciados por el menemismo (privatización de aeropuertos y radarización, flexibilidad laboral, asentimiento al encarecimiento telefónico). Pero para ser más precisos, hay que decir que la posición real de los bloques justicialistas en el congreso es que el primer paso lo dé la Alianza, que se comprometió con ese trabajo sucio durante la campaña electoral. Fue suficiente que detectara la maniobra de los pichones de Duhalde, para que el Chacho Alvarez, en un ficticio giro de 180º, declarara que no votaría ninguna reforma laboral.


Pero la posición de la Alianza y el Frepaso es harto diferente de este giro falso. Julio Godio, vocero laboral del Frepaso, informó que el proyecto de la Alianza es «atenuar el impacto sobre las empresas de los costos de indemnización» (Crónica, 2/11). Es decir que al igual que el FMI, Menem, Techint y la UIA, el vocero frepasista está anunciando la liquidación de la indemnización por despido. Pero no sólo esto, porque el proyecto también «incorporaría a todas las modalidades de trabajo promovidas», es decir, empleos sin cargas laborales y sociales o con subsidios a los patrones. No conforme con esto, el mencionado Godio, que ya fuera funcionario de la OIT, anunció el establecimiento de «paritarias según el principio de negociación colectiva articulada», esto es, que «comienza por acuerdos-marcos entre sindicatos y empresarios, y luego desciende hasta el nivel de empresas». No hace falta decir que este planteo les quita a los trabajadores el derecho a negociar colectivamente por industria y que, por lo tanto, destruye su unidad y su fuerza de organización en la disputa contra las patronales. De cualquier manera es, letra por letra, el acuerdo ya firmado por Menem con la CGT.


Ni el ex funcionario de la OIT, ni cualquier otro dirigente del Frepaso, se han preocupado por destacar que cualquier ley que apruebe el Congreso puede ser modificada parcialmente por Menem mediante un veto, lo que permitiría convertir a la «negociación articulada» en una pura negociación por empresa sin intermediarios.


El Chacho Alvarez tampoco se omitió en este punto, aun a pesar de haber dicho que no votaría ninguna flexibilización. Es así que luego de explicarle a la revista Noticias (1/11) que «piensa … incluso en el baño», añade que «estoy leyendo todo lo nuevo que hay sobre política de empleo, y Bill Clinton me confirmó que voy por buen camino». Con semejante consejero ideológico quedaría poco por agregar, si no fuera que Clinton quiere poner en marcha en Estados Unidos un sistema de trabajo compulsivo para los desocupados que sustituya el subsidio por desempleo que se paga en la actualidad. De prosperar el planteo de Clinton, los desocupados norteamericanos deberán aceptar condiciones laborales que violan los convenios vigentes con los sindicatos y contribuir a nuevas bajas de salarios y peores condiciones de explotación. Clinton transfirió hace dos años la asistencia social a los gobiernos de los estados para que se pudiera proceder a recortes brutales en los gastos de atención, conforme a los presupuestos locales. Chacho ‘Billy’ Alvarez busca su inspiración en fuentes muy reconocidas.


 


MTA


Todo esto ocurre cuando la dirección del MTA ha lanzado un proyecto que reclama la reducción de la semana laboral a 40 horas para hacer frente a la desocupación. Sin que esta medida pueda ser calificada de suficiente, y dentro de un planteo que es cuestionable por muchos motivos, el reclamo de las 40 horas sin tocar el salario es incompatible con el co-gobierno de proyectos comunes de la Alianza y el ménemo-duhaldismo.


El MTA propone una campaña de firmas para que su proyecto sea puesto a votación en un plebiscito, pero el problema es que antes el Congreso debería autorizarlo, para lo cual tiene un largo año de plazo. La norma constitucional del plebiscito tampoco se encuentra reglamentada, de modo que la posibilidad de un referéndum podría dilatarse hasta el infinito. Está claro, entonces, que es necesario encarar un plan de lucha.


Tanto el MTA como la CTA están políticamente vinculados al Frepaso y a la Alianza, por lo que también sus dirigentes deberían disipar toda sospecha de que lo que están buscando es mejorar una posición negociadora en el Congreso. Ambas organizaciones enfrentan la contradicción insuperable de que pretenden encarnar reivindicaciones obreras y sociales, al mismo tiempo que apuntalan, apoyan o están vinculadas a proyectos políticos y partidistas que son anti-obreros. Por eso un plan de lucha debe estar acompañado de un debate para que el MTA y la CTA rompan con la Alianza y lancen el proyecto de una autonomía política de la clase obrera y de sus organizaciones


 


La crisis


Ante la detonación de la crisis financiera internacional, la Alianza y el Frepaso han llamado a cerrar filas con el gobierno ¿Para qué tanta oposición, entonces? Si el menemismo puede afrontar una gran crisis en términos aceptables para los aliancistas, qué no podrán hacer en períodos más estables.


Pero el derrumbe bursátil ya ha significado la salida de tres mil millones de dólares y un crecimiento de los intereses del orden del 40 al 50 por ciento. Los informes hablan de paralización de la construcción y de aumento de las cargas hipotecarias. Si los desmoronamientos financieros prosiguen, en especial en el país más vulnerable, Brasil, estos golpes contra la economía popular se harán más intensos. Roque Fernández le dijo a la prensa internacional que está dispuesto a reducir los salarios de los trabajadores del Estado en un 15 por ciento.


Los aliancistas alegan que llaman a cerrar filas con el gobierno para defender la estabilidad, confirmando lo que decía Menem de que habían capitulado ante el ‘modelo’. Porque, en efecto, es el ‘modelo’ el que autoriza a los especuladores a llevarse el dinero del país en nombre de la ‘estabilidad’, o a desvalorizar los aportes previsionales a las AFJP provocada por las caídas en la Bolsa. Si autorizar la fuga de dólares es igual a defender la ‘estabilidad’, ¿de qué manera se imaginan los aliancistas que se producirá la inestabilidad, si no es precisamente cuando se vacíen las arcas del Banco Central?


La crisis que se ha desatado hace más urgente la necesidad de un plan de lucha y de una acción de conjunto. Plantea también una crisis política sin que haya que esperar a la ‘sucesión’ del 99.

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