13/06/2020

Comuna Argentina, o la búsqueda de un capitalismo “donde ganemos todos”

Hace unos días el presidente Alberto Fernández sostuvo en un discurso ese anhelo. Evidentemente el profesor en Derecho poco estudió de economía, historia o sociología, aunque no está bien personalizar teniendo en cuenta que unos días después varios intelectuales de distintas disciplinas salieron a “bancar el proyecto”.


Los comuneros, con perdón de los parisinos de fines del siglo XIX, dicen ya en las primeras líneas de su largo manifiesto que estamos ante la “mayor crisis de la historia del capitalismo, que pone al desnudo las relaciones de producción y compromete las relaciones entre trabajo y capital”. Y aunque a lo largo del documento esta preocupación tan claramente expresada se opaca tras guiños filosóficos, una épica latinoamericanista y un reconocimiento a las luchas de los oprimidos, es sin duda el objetivo que expresa este agrupamiento: recomponer las relaciones entre el trabajo y el capital.


Crisis capitalista


En el documento se caracteriza a la “crisis civilizatoria del capitalismo” como una crisis “fundamentalmente política en el sentido más hondo de su expresión”, de este modo, esta crisis económica y social que lleva a cuestionar los fundamentos mismos de nuestro orden social, es anclada “fundamentalmente” en la esfera de la representación.


Aunque los comuneros dicen que “el capitalismo es desigualdad, desesperación, hambre, explotación y muerte”, es “una máquina de guerra que funciona a través de la explotación, la desposesión y la concentración de la riqueza en pocas manos”, paradójicamente en ningún momento plantean la necesidad de superarlo.


El documento aboga por una economía igualitaria que “no será una economía de la escasez sino una economía de la abundancia, vitalista” soslayando así que no es la escasez, sino la sobreproducción y el desequilibrio lo que caracterizan a la economía capitalista, lo que aparece para las masas oprimidas como escasez se debe a la apropiación privada de la riqueza socialmente generada, y está claro que eso justamente es lo que nuestros comuneros se niegan a cuestionar.


Y esto es así porque su objetivo es conciliar el capital y el trabajo, por lo tanto no atacan los fundamentos de este sistema, a saber: la propiedad privada de los medios de producción sobre la que se fundamenta la existencia de las clases sociales.


Neoliberalismo: el capitalismo malo


Según el documento el capitalismo es malo, pero lo verdaderamente malo es el neoliberalismo, que “minó todo proyecto social alternativo” y es incompatible con la democracia. Sin embargo la democracia burguesa es perfectamente compatible con el capitalismo neoliberal, latinoamericanista, demócrata, republicano… la democracia burguesa lejos de cuestionar el orden social lo encubre y llegamos nuevamente al problema de este manifiesto: el capitalismo es capitalismo, es un sistema basado en la explotación y por lo tanto en la desigualdad, no hay modo de que en él ganemos todos.


Pero la utilización del neoliberalismo tiene el objetivo de definir un enemigo que distraiga las energías de los oprimidos y permita al capitalismo seguir operando, nada nuevo bajo el sol: el viejo libreto del reformismo y del estalinismo con su “enemigo principal”.


Más democracia o expropiación de los medios de producción


Frente a tanta destrucción, guerra y miseria este nuevo agrupamiento propone… abrir “un espacio de discusión democrática”, pero una democracia “radical”, dado que para lxs firmantes “democracia radical significa igualdad, libertad, felicidad, relaciones armónicas con la naturaleza y la comunidad, el quiebre definitivo de las explotaciones”


¿Desconocen los comuneros la naturaleza de nuestro modo de producción?, ¿creen realmente que la igualdad y el fin de la explotación sobrevendrán con la “imaginación democrática”?


Los comuneros caen en una suerte de voluntarismo utópico cuando sostienen que “democracia es la forma de sociedad en la que cualquiera puede hacer política y elegir libremente su forma de vida”. En su utopía de democracia “libertaria, social, plebeya, plurinacional, republicana, hospitalaria, plural, feminista y antipatriarcal” ya no habría clases sociales, de otro modo sería imposible una verdadera libertad para elegir nuestra forma de vida. Esperamos que en un próximo manifiesto nos digan cómo pasaríamos del estado actual a esa democracia tan adjetivada.


El Estado


En un momento histórico de una profunda crisis agudizada por una pandemia, que puso de relieve en todo mundo el rol del Estado en tanto garante de las relaciones sociales de una manera brutal por medio de la represión, del envío al trabajo de millones de trabajadores sin las medidas de prevención necesarias, incluidos los trabajadores de la salud, del mantenimiento de los sistemas de salud privados, del pago de deudas especulativas con fondos soberanos, etc., los comuneros nos dicen que el Estado “puede devenir plebeyo”.


También sostienen que “las desiguales condiciones de existencia material precisan un Estado activo en el cuidado de los sectores precarizados”. Es decir que los comuneros no bregan por el fin de la precarización, sino por el cuidado de los precarizados…


Cuarentena


Pero como los comuneros no quieren solo hablar de utopías, sino también de la actualidad dicen que la cuarentena “es una forma de resguardar la libertad sustantiva en nombre de restringir provisoriamente los movimientos que ahora conducen al contagio y pueden provocar la muerte. (…) Es la libertad comunitaria que limita por libre decisión una parte de sus movimientos para resguardar la libertad esencial de vida completa de un vasto conjunto humano.” Con este neocontractualismo los firmantes del documento se cuidan de no denunciar el lobby empresarial contra la cuarentena, y la responsabilidad estatal en los contagios en el sistema de salud, así como las violaciones a la prohibición de despidos y el pago de la doble indemnización. Nuevamente hacen abstracción de las relaciones sociales, algo que suele ocurrir cuando se defiende un orden social basado en la opresión.


La nueva economía


“Aún no sabemos el nombre que deberá tener esa ‘nueva economía’: economía social, solidaria, humanista o de bienes comunes son, sin dudas, algunos de los nombres que deberán surgir de una gran conversación colectiva. Pero seguro no deberá ser ya una economía de explotación y dominio al servicio del gran capital, sino una economía al servicio de la vida, de la sociedad y de la nación.”


El capitalismo lleva a la concentración del capital: que la economía esté al servicio del pequeño y mediano y no del gran capital es una utopía reaccionaria, y que esté a favor “de la nación” soslaya bajo un barniz nacionalista la desigualdad de clases, algo que los socialistas discutimos hasta el hartazgo: la principal contradicción en el capitalismo es entre clases, no entre países. Claro que para quienes aspiran a “la elaboración de un discurso público que sea expresión de clases convergentes en un conjunto social abigarrado”, puede ser diferente.


Pero lo que realmente importa no es el nombre que tendrá la nueva economía, sino justamente lo que los comuneros no quieren decir: no habrá ninguna nueva economía a favor de los explotados que surja del diálogo democrático. Para terminar con las desiguales condiciones de existencia material lxs trabajadorxs precisamos expropiar el capital y reorganizar la sociedad en base a las necesidades humanas y no en base a la obtención de ganancias, y eso no lo haremos con el diálogo ni con la imaginación, lo haremos como lo han hecho los oprimidos a lo largo de la historia: por medio de la organización y la lucha revolucionaria.


Finalmente, en los últimos renglones del largo manifiesto dicen que “se sienten” parte del Frente de Todos, con lo que queda claro el por qué dan tantas vueltas para condenar al capitalismo, ¿cómo podrían hacerlo si son parte de un espacio político que nunca lo hizo y que defendió la subordinación de la clase obrera al capital “nacional”?



 

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