15/07/1993 | 396

Declaración del Partido Obrero ante el Encuentro del Foro de San Pablo, en La Habana

El Encuentro de los Partidos de Izquierda de América Latina y el Caribe —convertido luego en el Foro de San Pablo con el fin de borrar lo que se juzgó una denominación “excesivamente radical” (!) de su denominación original— es hoy decididamente una ficción política. La presencia, incluso destacada, en su seno de partidos que integran gobiernos capitalistas, pro-imperialistas, ¡“neo-liberales”! y hasta “pinochetistas”, transforma al Foro en un caso único de desvirtuamiento y trasvestismo políticos. Un criterio harto elemental debería determinar que el IVº Encuentro que se reúne en La Habana sea destinado a clarificar las divergencias, delimitar posiciones y ubicar por medio del debate a cada organización y partido en la trinchera de clase que le corresponde. El servicio más criminal que hoy podría hacerse a las masas oprimidas y miserables de nuestro continente es seguir contribuyendo a semejante confusión política.


 


Las perspectivas y la realidad


 


La perspectiva que se trazó la totalidad de los participantes del Encuentro de fundación hace cuatro años (con el voto en contra del Partido Obrero), fue impulsar un desarrollo democrático de América Latina, a partir de la tesis de que la democracia se había convertido en un “valor universal”, es decir, que tendía a ser aceptado por todas las clases del planeta y sus respectivos Estados. El Foro de San Pablo opuso a las perspectivas de una creciente polarización social y política, la posibilidad de un desarrollo social de características graduales y de un fortalecimiento del llamado “estado de derecho”. En el Encuentro realizado en ciudad de México se opuso al “modelo neo-liberal” en vigencia, la “economía de mercado con justicia social”. Cobraba así estatuto oficial la especie de que las relaciones de mercado, lejos de contener una tendencia irrecuperable a la diferenciación entre las clases y las naciones y a la creciente explotación de la mayoría por una minoría, podían servir para un aplanamiento de los antagonismos sociales. La perspectiva histórica de la revolución socialista fue rechazada como algo propio de los dinosaurios, en una afirmación que convertía a sus autores en una réplica latinoamericana de la “perestroika” euroasiática y de la restauración del capitalismo que la burocracia stalinista llevaba adelante en Europa del este, la ex URSS, China y Vietnam. No solamente en los Encuentros anuales, sino también en reuniones y seminarios de trabajo convocados en forma especial, la inmensa mayoría del Foro fijó de su competencia “educar para la democracia”, en una inédita admisión de que serían el pueblo, los explotados, los obreros y los campesinos los que estarían incapacitados para ejercer el autogobierno, o sea la democracia política, y no la oligarquía y las burguesías testaferras del opresor foráneo. De aquí a defender el derecho a la dominación política de la “minoría ilustrada”, hay un solo paso.


El período transcurrido desde el Iº Encuentro ha desmentido en forma brutal todas esas perspectivas democratizantes. En estos brevísimos cuatro años el nivel de miseria de América Latina ha llegado a un punto inimaginable hasta hace poco tiempo, al mismo tiempo que la riqueza se concentraba como nunca antes. Epidemias que se juzgaban superadas reaparecieron en el cuerpo social del continente, decretando la muerte prematura de decenas de miles de personas y abriendo un pavoroso panorama por delante. El capital financiero internacional le hizo caso a los izquierdistas que achacaban los males de América Latina a la fuga de capitales que caracterizó a la década del ’80, y convirtió al continente en un campo excepcional de especulación financiera, en especial en el remate de las empresas públicas. Por el peso que ha adquirido el capital extranjero en las diversas economías latinoamericanas y por el monopolio que ha conquistado en sus sectores estratégicos, América Latina se ha convertido en una completa colonia (Nafta mediante, México será convertido en una dependencia de Estados Unidos). La polarización social no sólo se ha agudizado al interior de nuestros países sino también como fenómeno internacional, relegando aún más las posibilidades de desarrollos nacionales. En ningún país de América Latina, absolutamente en ninguno, las burocracias sindicales reformistas, y los partidos gradualistas y parlamentaristas, así como sus diferentes retoños “sociales”, han logrado siquiera atenuar esta abismal diferenciación social y este agujero negro histórico al que han sido condenadas las masas populares por el capitalismo y su “economía de mercado”.


En el plano político las cosas no son menos contundentes. Las elecciones periódicas que aún se realizan en algunos países, apenas logran disimular la existencia de verdaderas dictaduras civiles, que gobiernan por medio de decretos “de necesidad”, y la presencia de aparatos represivos legados por las dictaduras, que siguen operando como verdaderos estados paralelos, con la complicidad de los gobiernos de turno y naturalmente de sus parlamentarios. El recurso a la dictadura civil parece, sin embargo, insuficiente, como lo atestiguan Collor, Pérez o Serrano, de un lado, y Fujimori, del otro. En todos estos casos, la crisis, e incluso la inviabilidad, del régimen burgués representativo ha sido patente. Los gobiernos electos fueron sustituidos, en un caso por una dictadura “civico-militar”, en los otros por gobiernos débiles, impotentes para garantizar el desarrollo político, y candidatos, por lo tanto, a ser víctimas de sus respectivos golpes “cívico-militares”. El caso de Haití no es para nada excepcional, si se tiene en cuenta que las naciones con mayor tradición constitucional se van deteriorando a los niveles de Haití. Pero Haití es un caso aleccionador, por sobre todo, porque pone de relieve que las democracias sólo logran una vida efímera como hijas putativas del imperialismo (pacto ONU-Cedrás), el mismo que en su momento prohijó a las diferentes dictaduras militares.


Ni “desarrollo social”, ni “estado de derecho”, ni “economía de mercado con justicia social”: la tendencia de nuestro continente es a nuevas situaciones revolucionarias. Las movilizaciones populares que condujeron a la caída de Collor, cuya destitución no fue apoyada al comienzo por ningún partido político (celosos en la defensa del “estado de derecho”); las movilizaciones populares que condujeron al fracaso del golpe en Guatemala (aunque hayan convergido con una maniobra “democrática” del propio imperialismo); las semi-insurrecciones militares-populares en Venezuela; todos éstos son síntomas y anuncios de la perspectiva convulsiva y catastrófica que enfrentan los estados latinoamericanos. La perspectiva trazada por los distintos Foros de San Pablo se ha revelado como un completo fracaso, lo que debería ser reconocido sin eufemismos por los partidos que aún conservan un punto de vista socialista.


 


El miserable destino de la “justicia social”


 


¡Nada es, sin embargo, más revelador del enorme fracaso de las perspectivas trazadas por los Foros de San Pablo, que el destino que han tenido los autores de esa tesis, y las tesis mismas! Luego de haber puesto todo su empeño en sustituir la denuncia del imperialismo por la eufemística y seudo-académica “ofensiva neo-liberal”, vemos que importantes partidos integrantes del Foro pasan a integrar los gobiernos que impulsan esa “ofensiva neo-liberal”. Es el caso del flamante ingreso del Movimiento Bolivia Libre al gobierno de Sánchez Lozada (acusado por el MBL, hasta hace poco, de “pinochetista”); es también el caso del PS de Chile en el gobierno de Ailwyn; y son los casos también de los virtuales co-gobiernos del FSLN con Violeta Chamorro y del PT con Itamar Franco, respectivamente. En otro 90% de los casos, los partidos del Foro rechazan reivindicar el desconocimiento de la deuda externa, a pesar de que ésta ha sido el instrumento principal de la “ofensiva neo-liberal”, y a pesar de que los planteos que apuntaban a su “renegociación” han culminado todos en el “Plan Brady” y la entrega de las empresas del Estado. En la agenda electoral de los próximos dos años están previstas alianzas de los partidos de izquierda que integran el Foro, con partidos patronales que ya han pasado por gobiernos impulsores de la “ofensiva neo-liberal”. Si el Foro proclamó que su objetivo era oponer un “modelo” de “justicia social” al “modelo neo-liberal”: ¿qué queda del Foro ahora que sus partidos se acoplan a la “ofensiva neo-liberal”?


Una prueba adicional de la tendencia a la descomposición política de los regímenes capitalistas en América Latina, lo constituye el progreso electoral, sea real o previsible, de los partidos de izquierda en nuestros países. Esta constatación vale para el PT, de Brasil; para Causa R. y el Mas, de Venezuela; para el FA de Uruguay. Esta posibilidad político-electoral revela el profundo desequilibrio alcanzado por esos diferentes Estados, toda vez que el centro de gravitación política está pasando hacia fuerzas sociales y políticas exteriores al régimen político oficial e históricamente proscriptas por éste. Claro que las posibilidades de una experiencia “pacífica” de un gobierno de izquierdas son hoy mucho más remotas que la que tuviera la UP de Chile, en 1970/73. Los partidos de izquierda, sin embargo, en lugar de prepararse para enfrentar una situación revolucionaria, se esfuerzan por dar “garantías” y “seguridades” a la clase capitalista y a sus representantes, incluso al propio imperialismo, en una tentativa que procura ir más lejos que las “garantías” y “seguridades” que se empeñó en efectivizar el régimen de la Unidad Popular. Son innumerables los casos de colaboración práctica y hasta de integración institucional de tales partidos al Estado capitalista, al extremo de haber protagonizado la represión contra importantes huelgas obreras, desde las funciones que esos partidos cumplen en distintos niveles del aparato estatal.


El Partido Obrero se dirige al conjunto de los partidos de izquierda que siguen una vía de colaboración con el régimen capitalista, para llamarlos a romper su alianza con la burguesía, a impulsar los movimientos de masas que se multiplican en la lucha por la defensa de sus conquistas, y a luchar por la conquista del poder y el establecimiento de gobiernos obreros y campesinos y la unidad política y socialista de los explotados de América Latina.


 


La defensa de Cuba y de la Revolución Cubana


 


Hay una cosa que debe quedar perfectamente clara: las políticas de “economía de mercado con justicia social”; las políticas de colaboración con las burguesías y el imperialismo; y ni qué decir de la integración a los gobiernos burgueses (y más si son “pinochetistas” o “neo-liberales”); estas políticas son incompatibles con la defensa de Cuba contra el bloqueo imperialista y con la defensa de la Revolución Cubana contra el conjunto de las presiones del capitalismo mundial y de las burocracias restauracionistas, que promueven la restauración del capitalismo en Cuba.


La defensa de la Revolución Cubana y de sus conquistas es, en última instancia, incompatible con la dominación del capitalismo mundial. Para la burguesía mundial, la “reinserción” de Cuba en el comercio internacional no tiene por finalidad principal la indemnización de los capitalistas expropiados en 1959/62, sino el pago de la deuda externa, la aceptación del “plan Brady” y la liquidación de la propiedad estatal y de las conquistas sociales. En una reciente declaración, con motivo de las negociaciones del Gatt, el gobierno norteamericano calificó a cualquier forma de propiedad pública (incluso capitalista)  como un régimen de subsidios incompatible con el libre comercio.


La defensa de Cuba y de la Revolución Cubana se identifica con los progresos que realicen los movimientos revolucionarios de la clase obrera y los sectores oprimidos contra el capitalismo mundial. Cualquier planteo que saque de la agenda política de la izquierda el impulso al movimiento independiente de los explotados y a la revolución socialista, significa al mismo tiempo una condena contra Cuba y la Revolución Cubana.


El hundimiento de los regímenes políticos burocráticos en la URSS y Europa del este, y la posibilidad de un proceso similar en China, donde la restauración del capitalismo ha ido más lejos que en ningún otro lado y donde los antagonismos de clase se agudizan a una velocidad supersónica; este hundimiento de los regímenes burocráticos, unido a la enorme crisis de la economía capitalista mundial, ha abierto un período internacional francamente revolucionario. Un período de catástrofes capitalistas, nuevas guerras y nuevas revoluciones. El fracaso de las tentativas de restauración capitalista será uno de los principales combustibles revolucionarios de la nueva etapa. Lejos de haber “muerto el socialismo”, asistimos al derrumbe político y moral de sus sepultureros. La caída del Muro de Berlín, antes de permitirle una victoria definitiva al imperialismo alemán, deberá provocar, como ya está ocurriendo, crisis políticas y huelgas de masas, conflictos de clase y conmociones sociales, ante la definitiva incapacidad del capitalismo mundial para proceder a una unificación nacional, efectiva, real y democrática de Alemania.


Negar las posibilidades históricas de la revolución socialista en un Foro que reúne a más de un centenar de organizaciones que son identificadas por las masas de sus países con el socialismo, es una descomunal impostura. La defensa de la Revolución Cubana se desenvuelve objetivamente en un contexto de descomposición del “viejo” y del “nuevo” orden internacional, y de una tendencia a estallidos revolucionarios, incluso en las metrópolis. Identificar el destino del socialismo con la burocracia rusa, equivale a decir que la Revolución Cubana está condenada. El Partido Obrero, que caracterizó a la burocracia rusa como restauracionista, incluso mucho antes de la “perestroika”, sostiene que la desintegración de los aparatos estatal e internacional de esa burocracia, como consecuencia de sus contradicciones y limitaciones insalvables, y por sobre todo como consecuencia de los golpes asestados por las grandes luchas de las masas, es un acontecimiento de alcance internacional potencialmente revolucionario.


Para el Partido Obrero, las presiones a favor de una “apertura democrática” del régimen cubano son contrarrevolucionarias, al igual que “la alianza (se supone que estratégica) entre el capital internacional y el Estado (socialista)”, porque apuntan a la restauración del capitalismo y del Estado burgués. Esas presiones son de proclamado y público cuño imperialista. Para el Partido Obrero los derechos políticos de los “gusanos” y de los que han abandonado permanentemente el país no deben ser restaurados, como tampoco establecer un sistema parlamentario que consagre, por derecho, la separación entre la sociedad (las masas) y el Estado, y legitime definitivamente a una burocracia y los privilegios que hubiere adquirido. El Partido Obrero defiende la existencia de sindicatos independientes y del derecho de huelga; el control obrero de la producción; el armamento de los trabajadores; la plena libertad para constituir partidos socialistas y acceder a los medios de comunicación masiva; las elecciones periódicas y el derecho de revocabilidad en todos los cargos públicos. Para el Partido Obrero, estos derechos son revolucionarios porque ayudan a la auto-organización de las masas para defender la Revolución, a la movilización contra la presión restauracionista del capitalismo mundial y de las burocracias “reconvertidas”, y a establecer relaciones internacionalistas con los explotados del mundo entero. La democracia obrera es la forma consecuente del desarrollo y del ejercicio de la dictadura del proletariado. La restauración capitalista en China, ex URSS y Europa del Este tuvo su punto de apoyo interior, no en la libertad política de las masas, sino en la represión y el totalitarismo, en el sometimiento de los sindicatos y en el monopolio del poder por parte de la burocracia.


El punto central de la agenda de este Foro debería estar consagrado a discutir las posibilidades revolucionarias en América Latina y las políticas que se desprenden de ellas, y la defensa internacional de la Revolución Cubana. Se trata de poner fin a la ficción política en que se ha convertido el Foro y de delimitar posiciones en beneficio de la claridad que reclaman los intereses históricos de los explotados.


 


Buenos Aires,


7 de julio de 1993

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