09/04/2009 | 1078

Disparen contra el psicoanálisis

El artículo de Pablo Rieznik «Cerebro, mente y materialismo», aparecido en Prensa Obrera Nº 1.077 y basado en un reciente artículo transcripto por Clarín (25/3), pone una vez más en el tapete un debate que conlleva ya muchas décadas y hasta podríamos arriesgarnos a decir más de un siglo sobre la relación (material) mente-cerebro en distintos campos científicos y filosóficos.

Lo relevante en cuestión son las certezas y los interrogantes abiertos a partir de las conclusiones elaboradas: sobre la base de las lucecitas encendidas en las imágenes computarizadas cerebrales por medio de distintas respuestas cognitivas («hablar», «escribir», «memorizar», «procesar», etc.) algunos especialistas del campo de las psicología y las neurociencias como destaca Rieznik (en este caso Michael Gazzaniga) plantean que «la psicología ha muerto».

En primer término, difícilmente pueda firmarse el acta de defunción de la psicología como ciencia cuando diversas corrientes de su propio campo (coginitivos-conductuales, neurociencias, etc.) no hacen más que partirse la cabeza desde mediados de siglo XX (y antes también) para homologar los «descubrimientos» de las actividades neuronales como fiel reflejo de la psicología humana.

Bien resalta Rieznik que «posiblemente sea una suerte que sepamos que cuando alguien dice ‘Rosita te amo’ no todo se reduce a una combinación en las proteínas y moléculas que interactúan en las activadas neuronas…»; sin embargo, la virtud de la aclaración deviene en carencia a la hora de una caracterización de conjunto sobre la tesis que intenta sepultar (literalmente) a la psicología.

«Rosita te amo» demuestra una implicación subjetiva que excede a millones de neuronas y neurotransmirores que se pasean por la red sinápitca. De lo que se trata con estas investigaciones (si bien no se puede negar el avance de toda investigación científica) es de «ningunear» (o directamente pulverizar) las determinaciones inconscientes en los procesos anímicos -y congnitivos- del sujeto de las que solamente el campo del psicoanálisis ha dado cuenta, y lo sigue dando.

Al igual que alguna vez Nietzche proclamó la muerte de Dios (con su famosa frase «¡Dios ha muerto!»), los cientificistas de estas corrientes pretenden trasladar su manifiesto para -en nombre del avance de la ciencia- desterrar a la disciplina psicoanalítica del campo de las ciencia y de la propia práctica clínica. La frase de Gazzaniga bien podría traducirse en «el psicoanálisis (y no la psicología) ha muerto».

Los ataques furibundos contra el psicoanálisis (y particularmente contra sus máximos referentes como, por ejemplo, Freud y Lacan) basados en «descubrimientos científicos» encierran una amplia amalgama de prejuicios y limitaciones de todo tipo y color (por sobre todas las cosas de carácter ideológico): claro está, si los procesos anímicos y cognitivos de un sujeto se reducen al funcionamiento orgánico del cerebro, el menú de ventajas resulta por demás atractivo: frente a alguna «disfunción» cognitiva y/o emocional, mapa milagroso de por medio, buscamos que zona del cerebro podría verse afectada, nos apropiamos del saber, indicamos al sujeto «qué hacer» y, si es necesario, prescribimos la «pastilla mágica» para enderezarlo.

Una «nueva forma» de aplastamiento del sujeto y por sobre todas las cosas del psicoanálisis como disciplina: así las cosas, nos ahorramos la dichosa y angustiosa tarea de escuchar al sujeto sobre su deseo (inconsciente) y todo lo que eso arrastra: sus pulsiones, sus tendencias parricidas e incestuosas y por sobre todas las cosas los esfuerzos denotados para sostener al «gran Otro» camuflado. En síntesis, su sexualidad (no reducida a su genitalidad).

El mismo Freud demostró durante 1904 en «Psicopatología de la vida cotidiana» cómo el «olvido de nombres propios» (tan frecuente en nuestra cotidianeidad al igual que los «lapsus») responde a causas inconscientes sin lesiones ni tomografías computadas. ¿Quién podría decir que estos fenómenos no son cognitivos? En estas «fallas», Freud rescata (y analiza) al sujeto, su alienación, su inconsciente, su deseo por fuera de la «combinación de proteínas y moléculas».

Así, los «sepultureros» de hoy del psicoanálisis son los los «machistas» (por Mach) de ayer que bien supo Lenin delimitar y criticar en su «Materialismo y empirocriticismo», de 1908.

Rieznik cierra su artículo parafraseando a Steven Pinker, quien curiosamente nos habla de «experiencia subjetiva interna», donde admite que la teoría «podría ser demolida en el momento en que un genio aún no nacido -un Darwin o un Einstein de la conciencia- aparezca con una asombrosa nueva idea que de repente nos haga verlo todo claro». Amigo Steven, sin negar la brillantez de un Einstein o Darwin, para clarificar estos interrogantes, ya ha nacido -hace más de 150 años-un genio ignorado por usted… el «inconsciente» Sigmund Freud.

Hernán Scoro

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