28/11/2002 | 782

El Congreso del Partido Obrero

Cuando el próximo viernes se inaugure el XIII Congreso del Partido Obrero, los delegados duplicarán en una vez y media el número de los que asistieron al Congreso de julio del año pasado. Este crecimiento es algo más que un registro e incluso más que la manifestación de la enérgica intervención del PO en el combativo proceso político argentino. Es la expresión de una victoria política de características estratégicas a favor de la construcción del partido de clase de los obreros de Argentina en un cuadro político, no sólo nacional, que han pretendido dominar los planteamientos desorganizadores y movimientistas y todo aquello que tenga que ver con la sustitución de la actividad conciente por el espontaneísmo; el programa por la improvisación; la organización por el amontonamiento; la formación de cuadros por los francotiradores parlamentarios y el arribismo.


El Congreso se reunirá con una fuerte conciencia del acierto político del PO en la previsión de que el derrumbe del plan Cavallo, primero, y la bancarrota capitalista, después, darían paso a una situación revolucionaria. También perfectamente concientes del acierto en la caracterización del rol histórico que le cabría al movimiento piquetero en el cual el Partido Obrero ha jugado un papel de primera magnitud. Los piqueteros, las asambleas populares y las fábricas ocupadas tienen en común la característica fundamental de representar la tendencia de los explotados a reorganizar la sociedad sobre nuevas bases, sobre bases socialistas. Las asambleas populares, principalmente, han pasado con éxito la experiencia de la crisis nacional y de las grandes luchas y se han ido fusionando con el movimiento piquetero y las fábricas en lucha, lo cual acaba por completo con la campaña que los medios de comunicación, el Estado y toda la variedad de la izquierda democratizante libraron contra la politización revolucionaria de las asambleas, sea para integrarlas al Estado o para convertirlas en un apéndice electoral o de colaboración de clases.


El Partido Obrero ordena su actividad estratégica en torno al planteo de que el Argentinazo es una tendencia no nacional sino internacional. La bancarrota argentina ha representado un salto de fondo en la tendencia a las crisis internacionales, porque puso al desnudo que detrás de las grandes crisis financieras anida simplemente la bancarrota completa del régimen de explotación capitalista en todos sus aspectos. La crisis mundial del último cuarto de siglo, y más cercanamente la crisis de la deuda externa en la década del ‘80, y luego desde las crisis mexicana, asiática, rusa y brasileña de los ‘90, sin dejar de lado los dos estallidos en Estados Unidos (el estallido financiero del LTMC, en 1999, y las recientes quiebras iniciadas por Enron) y fundamentalmente el largo estancamiento de la economía de Japón; son manifestaciones concluyentes de que la llamada globalización financiera se encamina hacia bancarrotas económicas de las que Argentina ha pasado a convertirse en «modelo».


Es imposible comprender las crisis políticas internacionales cada vez más intensas y las guerras, sin esta caracterización de conjunto. El capitalismo mundial busca su salida en una esclavización mayor de las naciones sometidas y, por sobre todo, en la completa colonización de esos vastos mercados potenciales que son los países del ex bloque soviético y China. La ruta que arranca en los Balcanes y se interna por las ex naciones soviéticas de Asia, pasando por el Medio Oriente, Europa del Este y Ucrania, es la que transitaron los ejércitos de Hitler y hoy se empeñan en recorrer las huestes de la Otan. Las burocracias contrarrevolucionarias que han abrazado el capitalismo en nombre de la modernización, han llevado a sus naciones por el camino de la barbarie. De esta perspectiva no está excluida China: con su economía estatal en bancarrota, una extraordinaria impasse en las relaciones agrarias y la apertura internacional impuesta por su adhesión a la Organización Mundial de Comercio, el porvenir de 1.200 millones de chinos es el desempleo en masa y una inmensa insurgencia política y social.


La agitación de las masas va adquiriendo una amplitud nunca vista. Se movilizan centenares de miles y hasta millones de personas en Europa y en Estados Unidos; se renuevan las perspectivas de grandes huelgas. Razones no faltan cuando el capitalismo se plantea, en las mismas metrópolis, liquidar la previsión social y los sistemas de salud, para darle al Estado los medios para socorrer al capitalismo en quiebra. El caso Fiat es emblemático; hacen fila detrás del hundimiento de este pulpo numerosos bancos internacionales, las telecomunicaciones y grandes industrias. En Alemania y en Japón, la salida a la crisis capitalista pasa por la liquidación de gigantescos capitales. Estados Unidos enfrenta una crisis fiscal y previsional enorme, que afecta por sobre todo a sus principales estados.


El método de los piqueteros, de las fábricas ocupadas y de las asambleas tiene también un contenido internacional; no es casual que la experiencia ya ha sido tomada simbólicamente en numerosos países. Ese método plantea la cuestión del poder y la reorganización social sobre nuevas bases. La gestión obrera colectiva significa, principalmente en América Latina, territorio privilegiado del nacionalismo de contenido burgués, la superación del estatismo capitalista y el planteamiento del gobierno de los trabajadores. La expropiación del capital deja de confundirse con la estatización –que es el recurso último para rescatar al capitalismo de su disolución– y se transforma en la consigna política del gobierno obrero. El Partido Obrero defiende, en Argentina, a todas las fábricas ocupadas, cualquiera sea su modalidad de gestión obrera, contra los ataques del capital, pero plantea ligar las ocupaciones de empresas a la cuestión del poder obrero, mediante su unión más estrecha para luchar, económicamente, por la expropiación de los capitalistas y contra el poder bancario, única vía para subsistir, y políticamente por la conquista del poder estatal. En el plano de la lucha de ideas y de programas, el proceso revolucionario en Argentina ha mostrado que la izquierda democratizante es estatizante y de ningún modo socialista, y que se presenta en nombre de las «soluciones o salidas económicas» y no del método de la revolución social.


La tendencia mundial del Argentinazo ha acelerado el proceso de degeneración política de la izquierda democratizante, como lo demuestran el PT de Brasil y el FA de Uruguay, que han pasado a convertirse en sostenes insustituibles del Estado capitalista. Los empuja a ello el pánico hacia la revolución social, o sea, el temor a perder las migajas que reciben de la superexplotación de las masas de sus países. El temor a una bancarrota capitalista y a la rebelión popular ha empujado definitivamente a Lula al campo del FMI, de la Bolsa de São Paulo y de la reforma laboral y sindical que exige la Federación de Industrias.


Con la victoria de Lula, sin embargo, llega al gobierno uno de los principales exponentes del movimiento contra la globalización, poniendo de manifiesto al mismo tiempo los límites insalvables de éste. Por eso mismo, precisamente, se ha acelerado también la tendencia a la convergencia entre el Foro Social, que quiere salvar al capitalismo de sus «excesos» globalizadores, y el Foro de Davos, que representa a la globalización del capital imperialista. El Congreso del Partido Obrero pondrá de relieve en sus deliberaciones esta convergencia contrarrevolucionaria entre la pequeña burguesía democratizante y el imperialismo, y llamará a todos los luchadores a sacar las conclusiones correspondientes. Estas son: la lucha cosmopolita contra la globalización no puede sustituir a la lucha por la destrucción efectiva del Estado capitalista y su reemplazo por un gobierno obrero, una lucha que es formalmente nacional; el método de la lucha contra la explotación capitalista y toda forma de opresión es la lucha de clases; la unidad internacional de las luchas debe tener por base la lucha de clases; la vanguardia de esta lucha debe organizarse en un partido diferenciado capaz de expresar sistemáticamente los objetivos estratégicos y poder adaptarse a todos los giros y vaivenes de las crisis políticas y a la comprensión que de ellas desarrollen las grandes masas.


El Argentinazo ha inaugurado una etapa que no se cerrará rápidamente. La incapacidad del peronismo para reconstituir el capital y el Estado atacados por la bancarrota de las relaciones económicas y la rebelión popular anuncia nuevas crisis y luchas aún mayores. En relación a este análisis el Congreso del PO discutirá a fondo la preparación de las jornadas del próximo 19 y 20 de diciembre. Precisamente porque se trata de una etapa de luchas y de crisis, el Partido Obrero defiende un conjunto de reivindicaciones transicionales que prepare al conjunto de las masas para una lucha final y decisiva. Entre ellas ocupa un lugar excepcional la reivindicación de una Constituyente soberana, porque encara revolucionariamente la llamada crisis de representación política e impulsa la unión de los sectores más concientes con los más rezagados y la clase media pobre. El Partido Obrero aborda la Constituyente desde las reivindicaciones de transformación social de la clase obrera y del gobierno de los trabajadores.


El Congreso rematará varios años de lucha contra el movimientismo y por la construcción del partido y la reconstrucción de la IV Internacional. La principal corriente que reivindica el nombre de la Cuarta, el llamado «secretariado unificado», ha confirmado la caracterización fundamental del PO –a saber, de que se trata de una tendencia contrarrevolucionaria–, con su apoyo al imperialista Chirac en las últimas elecciones francesas y con su sostenimiento del Estado capitalista en las experiencias estaduales del PT en Brasil. Nuestro Congreso registrará todavía pequeños progresos cuantitativos a nivel internacional, pero un gran avance en el cotejo práctico de sus planteos fundamentales y, por lo tanto, de su influencia política.


Saludos, compañeros piqueteros, asambleístas, ocupantes de empresas, activistas y sindicalistas combativos – delegados al XIII Congreso del PO.

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