08/09/1994 | 427

El decreto de Menem es un fraude

Cabía esperar que Menem se mandara alguna de las suyas, con el ojo puesto en las elecciones del ’95. Más todavía cuando las declaraciones de una periodista rionegrina comprometen definitivamente al alto mando militar, al gabinete y al presidente de la República en el encubrimiento del crimen contra el soldado Carrasco. El muy católico riojano ha decidido facturar el asesinato en su beneficio, en lugar de hacer lo que hubiera correspondido, que es confesar su responsabilidad, presentarse a la justicia y renunciar a su cargo.  La maniobra menemista es clara como el agua, sólo resta saber si deberá pagar IVA por su impostura.


A tono con las decisiones de la reciente Constituyente reaccionaria, Menem decidió dispensar del servicio militar obligatorio, establecido por una ley nacional, por medio de un decreto. Pero esta vez no actuó para crear un hecho consumado, sino al revés, para que el hecho no se consume, adquiera un carácter provisorio (limitado a la clase 76), y luego pueda ser reformado, o mejor, deformado por un proyecto de ley. En efecto, la Comisión de Defensa de Diputados no se demoró en aprobar un proyecto de servicio militar voluntario, que prevé, sin embargo, el reclutamiento obligatorio en los casos en que el número de candidatos que se presenten no llene el cupo requerido para ese año. La norma legal, en caso de aprobarse, constituye de entrada una aberrante manifestación de arbitrariedad, esto porque deja la aplicación del derecho según los caprichos del gobierno de turno. El decreto del riojano y el proyecto del Parlamento es apenas una versión modificada de la actual ley Ricchieri, la cual prevé la posibilidad de que no cumplan con el servicio militar aquéllos beneficiados en el sorteo, esto cuando el cupo de esa clase estuviera superado.


Es decir que el servicio militar obligatorio sigue. ¿Es posible imaginar mayor truchaje?


El proyecto en cuestión no salva siquiera a los “objetores de conciencia”, pues los obliga a realizar un “sevicio social” de un año (por supuesto que gratuito), como si lo que estuvieran haciendo los colimbas en la actualidad fuera otra cosa. La oficialidad seguirá teniendo, entonces, mano de obra gratuita, que no podrá excusarse so pena de ser condenada a cuatro años de cárcel.  Menem y sus legisladores se mofan de la “objeción de conciencia”, sustituyendo el uso directo de las armas  por el apoyo logístico a los militaristas.


El engendro de mezclar un reclutamiento de voluntarios y forzados no podría ser más perverso. A la discriminación y al sometimiento actuales, se agregaría una nueva discriminación y un nuevo sometimiento, que enfrentaría a los permanentes contra los ocasionales. Esta canallada ha sido saludada por toda la prensa como un paso, si no hacia la democratización, sí al menos a la modernización de las Fuerzas Armadas. Incluso el semanario del Partido Comunista saluda el decreto, al que ve emanado de las luchas populares. La posición stalinista es curiosa, cuando se sabe que serán los voluntarios los escogidos para invadir Haití o intervenir en Yugoslavia, y (¿por qué no?) algún día acompañar a los yanquis en la “normalización” de Cuba.


En todo esto proponemos simplemente volver a Jean Jaurés, un reformista francés, de cuyo asesinato acaba de cumplirse el 80º aniversario, quien proponía sustituir al ejército por una milicia ciudadana, la cual no debería prestar ningún servicio a ningún oficial  sino adquirir los conocimientos del manejo de las armas en sus lugares de trabajo y de estudio, algo que hoy se encuentra favorecido, desde el punto de vista de la organización, por el desarrollo de los sistemas informáticos. Jean Jaurés creía que la milicia ciudadana era la forma más adecuada  a la democracia de la defensa nacional, esto porque la experiencia histórica de Francia le había mostrado que el ejército permanente había entrado en choques sistemáticos con el régimen republicano de gobierno. Sólo algunas Constituciones recogieron en parte la opinión del reformista galo; su planteo democrático sólo es posible arrancando las armas a la burguesía, a través de una lucha por el poder.


El servicio militar optativo es una forma disfrazada del viejo servicio militar y puede convertirse en más perverso que aquél. La necesidad de la juventud y la conveniencia para la mayoría trabajadora del país es la supresión lisa y llana del servicio militar y la sustitución del militarismo permanente por la educación militar y la instrucción en la defensa  periódicos, en los horarios de trabajo y de estudio, bajo la supervisión de técnicos supervisados por las instituciones representativas y las organizaciones populares.

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