27/10/1999 | 647

El partido obrero, a prueba

El Partido Obrero sufrió, el domingo pasado, un revés electoral.


Los hechos desmintieron nuestros pronósticos políticos, que preveían una duplicación de los sufragios (y hasta una triplicación) con relación a los resultados de las elecciones pasadas, aunque nuestra tendencia electoral a mediano plazo ha seguido creciendo. Si se comparan los votos obtenidos hace 48 horas con los de las parlamentarias de hace dos años, el PO retrocede 35.000 votos, de 150.000 a 115.000 sufragios. Este recule se concentra en la provincia de Buenos Aires y en Córdoba, donde perdimos 50.000 votos. Esto quiere decir que en otros distritos hubo algún progreso, en especial en la Capital Federal y Tucumán, donde pasamos de 15.000 a 24.000 votos y de menos de mil a 3.500 votos, respectivamente. Si el cotejo se realiza con las últimas presidenciales, de 1995, cuando el PO obtuvo poco más de 30.000 votos, los resultados del domingo pasado significan un incremento de un poco menos del 300% (incluso respecto de los 50.000 votos de 1989 se manifiesta un crecimiento). Si bien toda la izquierda ha sufrido un retroceso electoral el domingo pasado, el PH nos ha quitado el primer lugar que habíamos logrado en este campo en 1997, aunque seguimos al frente del resto de los llamados partidos de izquierda considerados individualmente (FR e IU son coaliciones de partidos y grupos políticos; tomarlos como una unidad política significa que se han disuelto cada uno de sus integrantes).


Pero un pronóstico desacertado constituye, en política, un asunto serio, porque supone que ha habido una inadecuada caracterización política y que esto podrá manifestarse, por lo tanto, en una orientación más o menos equivocada del trabajo político. ¿En qué consistiría, entonces, la naturaleza del desacierto de la caracterización de la situación política del Partido Obrero?


Para realizar una crítica de sus caracterizaciones, el Partido Obrero tiene, sobre todas las demás organizaciones, la inigualable ventaja de que ha dejado documentadas sus posiciones en Congresos anuales y en la política fijada por los editoriales de su periódico y su revista.


 


De caracterizaciones y pronósticos


¿Ha sido desacertada, entonces, la caracterización a la que arribamos en nuestro último Congreso, a principios de julio, de que la situación política del país era «excepcional»? ¿No fue correcta la afirmación de que se combinaban en el país una tendencia a la rebelión ‘de abajo’ con una tendencia a la división y a la desorientación ‘por arriba’? ¿Partió de aquí el error de prever un crecimiento de la influencia electoral y de la organización partidarias que se apoyaba en esa caracterización?


Desde antes de principios de julio, sin embargo, la plaza del aguante en Corrientes y los cortes de rutas de las patronales habían constituido indicios típicos del acierto de aquella caracterización. Con el correr de los días, esa tendencia, en muchos aspectos, se profundizó. En Tucumán, una verdadera rebelión popular provocó nada menos que la virtual caída del gobierno de Bussi y desbarató además el intento del gobernador electo del peronismo, primero, y del subsiguiente acuerdo radical-peronista-bussista, después, de imponer una ‘superley’ que establecía despidos masivos y rebajas de salarios y una entrega de la suma de los poderes públicos al gobierno que asumirá el 29 de octubre. En Neuquén, se desarrolló durante algunas semanas una huelga conjunta de estatales y docentes e incluso funcionó un cuerpo de delegados de ambos sindicatos. Ya en el plano directamente político, se agravaron las contradicciones de la campaña política del peronismo, que en definitiva explicarían el derrumbe de Duhalde el domingo pasado.


Ahora bien, en forma paralela a lo anterior, tenían lugar también otros fenómenos que contradecían la tendencia a una polarización de la lucha de clases. El PJ registraba importantes victorias provinciales, en particular en Santa Fe y en Córdoba, e incluso lograba triunfar un elemento tan desprestigiado como el neuquino Sobisch. En los editoriales de Prensa Obrera se caracterizó que estos resultados no llegaban a contrarrestar la tendencia de conjunto—y, en definitiva, sostenemos que tampoco habrán de lograrlo las victorias de De la Rúa y de Ruckauf el último fin de semana—. Pero incuestionablemente, con todas las limitaciones que el futuro próximo se encargará de mostrar, las elecciones provinciales pusieron en evidencia la enérgica acción de los partidos patronales y del imperialismo para contener la evolución de las masas dentro de sus propios confines políticos. En todas las provincias, se dejó para después de las elecciones nacionales la adopción de medidas de ‘ajuste’ que pudieran desatar una fuerte reacción popular; los casos más claros se produjeron con Sobisch en Neuquén y aun más con De la Sota en Córdoba; e incluso, en Tucumán, el ‘superajuste’ fue postergado para noviembre.


Un proceso de contenido similar y que, por cierto, condicionó al conjunto del proceso político, se manifestó en el campo huelguístico. Ni en Tucumán, ni en Corrientes, ni en Neuquén, se produjo el salto hacia la formación de un polo dirigente de la huelga, ni tampoco, consecuentemente, a la huelga indefinida. Esto fue objeto de un cuidadoso análisis en nuestros editoriales. Desde el punto de vista subjetivo, ni la burguesía perdió la confianza de que podría controlar los acontecimientos, ni los explotados pudieron arribar a la conclusión de que debían buscar una salida fuera de los senderos tradicionales. El 24 de octubre, cuando era ya un hecho el reflujo huelguístico en Tucumán, un 48% de los electores votaron por la lista de diputados del PJ de ¡Julio Miranda! Si el Partido Obrero le hubiera adjudicado un mayor peso a este bloqueo que se manifestaba en la conciencia de todas las clases, seguramente habría considerado (no lo consideró) que al menos una de las alternativas de las elecciones podía ser su propio retroceso electoral.


La evolución que vaya adquiriendo la conciencia de las masas constituye el asunto más serio en un período de características «excepcionales». Este es el punto central del presente balance. Pero que la subjetividad de los trabajadores pase a ser una cuestión central prueba, precisamente, la excepcionalidad del momento histórico. La inadecuada apreciación de este componente de la situación política indica de por sí una inadecuada relación del Partido Obrero con el movimiento de las masas, incluso una insuficiente penetración en sus filas. Pero la penetración en las masas sólo es tal cuando se realiza por medio de un programa. Solamente un programa puede darle a las masas la fuerza que le falta (conciencia y organización) para derrotar a la burguesía. Sólo una penetración en las masas de carácter principista, es decir, basado en la delimitación de los intereses históricos antagónicos entre las clases, puede permitir la construcción de un partido obrero que sea realmente revolucionario.


 


Un impresionismo colectivo


Las victorias de De la Rúa y de Ruckauf y el «resultado satisfactorio» que la prensa le adjudica a Cavallo no son un testimonio de que la situación política de la Argentina sea estable. De aquí en más se pondrá de moda, aunque por poco tiempo, la necesidad de gobernar ‘por consenso’, con el argumento de que hay que conciliar el triunfo nacional de la Alianza con los provinciales del PJ o la victoria a la gobernación de Ruckauf con la mayoría de la Alianza en la Legislatura. Pero una cosa es la estabilidad que se origina en la ausencia o atenuación de los conflictos entre las clases, y otra es la que se deriva de la neutralización de las fuerzas en pugna. Empantanamiento no es sinónimo de estabilidad y sí un pasaje seguro a la exacerbación de la crisis política. Que la capacidad de acción de cada fuerza se encuentre limitada por las contradicciones con la fuerza rival, llevará a la larga a que el próximo gobierno no consiga desarrollar una capacidad de acción adecuada a los problemas que enfrenta. Esta última variante, la del empantanamiento, es la que prevalece en la Argentina en la actualidad. Si estas condiciones se mantienen, De la Rúa podrá gobernar un tiempo mayor o menor, pero siempre dará la impresión de encontrarse a una distancia no muy lejana del abismo. Situaciones como ésta habrán de dar lugar a diversas impresiones de ‘caos’, pero la gobernabilidad todavía no estará cuestionada. Para ello hará falta un cambio radical en el punto de vista de las masas.


Durante la campaña electoral, la ‘explosividad’ potencial o latente de la situación política se manifestó en la inusitada atención que la prensa le dio al voto en blanco, al 501 o a la certeza de que «la gente está cansada de los políticos». Cuando se abrieron las urnas, se comprobó que esa supuesta tendencia de rechazo al sistema se había agotado en sí misma. La asistencia electoral fue una de las más altas desde el ‘83, los votos en blanco de los más bajos y el repudio a los políticos se limitó a un registro ciertamente original: por primera vez, que se sepa, los votoblanquistas cortaron boleta al revés, pues lo hicieron más para presidente (De la Rúa) y menos para los diputados. La aversión a los políticos asumió, de este modo, un carácter literal: se limitó a los que se sientan en las bancas y cobran las dietas. Demostró, de paso, el carácter confusionista del voto en blanco, ya que nada menos que el 66% de los que no quisieron meter las boletas de diputados sí lo hicieron para el conservador-clerical que encabezó la Alianza. Los izquierdistas que identifican al voto en blanco nada menos que con la revolución son, por lo tanto, unos simples farsantes.


La izquierda democratizante y el PH (y Mussa y Patti) hicieron un eje casi excluyente en destacar una sensación de defraudación del electorado respecto de los partidos oficiales. No se explicaba entonces por qué las encuestas no registraban una intención de voto a favor de estos autoconsagrados intérpretes del sentimiento popular. Pero la sensación de defraudación política no es igual o siquiera parecido a un cambio radical del punto de vista de las masas en relación con la situación política y con las fuerzas políticas que están presentes en ella. El llamado ‘fastidio’ con la política y con los políticos, por sí mismo, puede y suele convertirse en un factor favorable al desarrollo reaccionario de la subjetividad popular (supone un retorno a un período pre-parlamentario) y de ningún modo constituye un paso hacia la conciencia de clase o revolucionaria, ni tiene que ver con esta conciencia.


Semejante desarrollo reaccionario se infiltró incluso en la campaña de Izquierda Unida, dado que Patricia Walsh reiteró en más de una oportunidad que el carácter «extrapartidario» de su candidatura obedecía a que el ‘fastidio’ con los políticos incluía también, según su bloque, a los políticos de la propia izquierda. Es decir que IU hizo el planteo de «construir unidad» (son sus propias palabras) en términos apolíticos, o sea fuera de una perspectiva de poder, es decir reaccionaria desde el punto de vista de la lucha de clases del proletariado. La reducción de la subjetividad popular a un fastidio con la ‘política’, o sea con la democracia, puede ser manejado de manera electoralista (como lo hace la izquierda democratizante cuando aboga por las manos limpias o proclama sus intenciones honestas) o de manera fascistizante (como lo hacen, aunque sólo hasta cierto punto, un Patti, un Mussa y hasta un Ruckauf) e incluso de manera petardista (lo que no quiere decir revolucionaria).


Pero es un hecho de que el sentimiento de que el electorado se ‘zarparía’ y abandonaría a los partidos tradicionales fue manifiesto en la Capital, lo cual creó seguramente una cierta sensación de que la izquierda, por ejemplo, y el Partido Obrero podrían hacer una gran elección. Fue, efectivamente, el distrito donde el corte de boletas para la izquierda fue mayor. Los votantes de Capital por el PO hicieron pública su intención de voto en diversos medios de prensa, lo cual sí es un progreso de la conciencia revolucionaria, ya que el elector abandona la actitud pasiva y adopta la del propagandista o agitador. En la Capital, una parte del frepasismo se repartió entre De la Rúa y la lista de diputados del PH o IU, es decir que éstos fueron reconocidos como apéndices de izquierda de la Alianza. El microclima izquierdista en la Capital puede ser un indicio de la evolución futura del electorado. Será necesario seguir con atención la evolución de esta tendencia.


 


Derechización y situación política


Una elección donde ganen De la Rúa y Ruckauf, pierda la Fernández Meijide y retroceda la izquierda, significa un pronunciamiento hacia la derecha. Una combinación entre el FMI y el clericalismo ‘liberal’ de De la Rúa, de un lado, y el clericalismo de derecha y los servicios de Ruckauf-Cavallo-Patti, del otro, no es precisamente lo que se llamaría una evolución hacia la izquierda. Patti boicoteó la distribución de sus boletas en cerca del 70% de las mesas bonaerenses para favorecer la elección de Ruckauf. Pero es necesario evitar que esta manifestación a la derecha ocasione otra irrupción de impresionismo político.


Cuando las masas no logran superar sus frustraciones por intermedio de las instituciones representativas y de sus propias organizaciones y direcciones, suelen darle la espalda al parlamentarismo o confiar en un demagogo, siempre que éste no cuestione, al menos en el momento actual, la necesidad que tiene y que manifiesta el imperialismo de seguir con la ficción de la democracia. La demagogia de Ruckauf apunta a la solución represiva de la inseguridad cuidadana y a la defensa de los aparatos, en severa crisis, de seguridad (y de chantaje) del Estado. Curiosamente, al lado del ‘opaco’ De la Rúa se ha consagrado el ‘histriónico’ Ruckauf. El cogobierno de ambos deberá conciliar al Congreso nacional y a la policía bonaerense. El capítulo del‘gatillo fácil’ está muy lejos de haberse cerrado.


El período democrático ha sido generoso en manifestaciones de derechización política. Ahí están para recordarlo Ruiz Palacios, de Chaco; Ulloa, de Salta; y, por supuesto, los tres mosqueteros de la dictadura —Bussi, Rico y Patti—. Reflejan la convulsionada situación política y los constantes cambios de frente de las propias masas, que ven cómo se empantanan sus luchas para salir de una situación social desesperante. Hay que decir que el Partido Obrero, después de que fueran tumbados Romero Feris y Bussi, había considerado cancelada por un tiempo la posibilidad de un escenario político de estas características. Pero éste se hizo parcialmente presente el domingo en la Provincia de Buenos Aires.


Esta derechización del escenario político, el cual importa políticamente por breve que pueda ser su duración, confirma el carácter «excepcional» de la situación política del país. Pero ninguna caracterización adecuada puede agotarse en ese señalamiento ni, menos, limitarse a ‘deducir’ en forma lineal las implicancias políticas que pudieran derivarse. Estamos seguros de que la experiencia ruckaufiana habrá de terminar a corto plazo y con peores resultados que los que conoció Bussi, pero para ello será necesaria una acción política adecuada a estas circunstancias. Las contradicciones de la nueva situación política bonaerense deben estallar no por sí mismas sino como consecuencia de una actividad real de las masas; esperar a que la fruta madure significa aceptar que caiga en el regazo de otro. Hay que emplazar al poder del Estado bonaerense a que dé solución perentoria a la gravísima situación de las masas de la provincia y es necesario desarrollar desde ya la agitación y la organización contra la iniciativa que buscará retomar la represión. Ruckauf ya ha comenzado a mostrar sus cartas con el anuncio de que pondrá a un policía en la jefatura de la Bonaerense.


La experiencia principal del país se procesará, por cierto, en torno de la furiosa política fondomonetarista de De la Rúa. Ya se encuentran agendados paros docentes y de médicos, que tienen que ver con el próximo ‘ajuste’. La política del gobierno nacional agudizará en forma extraordinaria las crisis provinciales. Se plantearán crisis de poder dentro del propio Estado, sean constitucionales como extra-constitucionales. Por eso, De la Rúa no puede privarse del apoyo del Frepaso, incluso después de las catastróficas derrotas de Fernández Meijide y de Pinky. Aunque el escenario político se derechizó, la gobernabilidad del próximo gobierno fondomonetarista será cuestionada desde la izquierda, no desde la derecha. El Frepaso continúa siendo imprescindible para la estabilidad política del nuevo gobierno y más todavía lo es el apoyo de las burocracias sindicales, en especial del Mta y de la Cta.


El grado de agudización de la crisis dependerá, aunque sólo en parte, de la evolución de la crisis internacional. Es que incluso una reactivación de los mercados mundiales, luego de la crisis asiática, lejos de sacar a la economía argentina de la actual recesión podría provocar una acentuación de la crisis, si esa reactivación internacional acentuara la competencia entre los pulpos y entre los países más fuertes y si provocara además, una desestabilización de los mercados financieros más comprometidos, como es el caso de la Bolsa de Nueva York.


 


Las organizaciones obreras y la izquierda


El papel de las centrales sindicales, no ya en las elecciones sino en los innumerables conflictos y luchas que tuvieron lugar este año, ha sido abyecto. Ninguna se molestó por las luchas de Corrientes, Neuquén y Tucumán; en esta última, todas ellas se incorporaron al pacto de la ‘superley’ del nuevo gobernador Miranda. Más todavía que los políticos atorrantes y que sus instituciones truchas, la política de todas las burocracias sindicales apuntó a estrangular las luchas obreras y a llevar al proceso político, como consecuencia de ello, al molino del FMI aliancista y del derechismo clerical-policial del peronismo. El balance, en el caso de la Cta, no hubiera podido ser más deplorable, pues si bien logró su objetivo de que De la Rúa llegue a la Presidencia, pagó el precio de la derrota de Fernández Meijide; de Mary Sánchez primero y Pinky después; y en la inmensa mayoría de las provincias, en algunas de las cuales, como Neuquén, había hecho fuertes inversiones políticas, no sólo en el Frepaso sino en la Ucr y en su candidato ‘Pechi’ Quiroga.


El caso del Mta es todavía más grave, esto porque se tragó lo del retorno a la justicia social que Duhalde sacó de la galera a último momento, y apoyó al bloque de fuerzas que determinó la victoria del ‘gatillo fácil’ Ruckauf. La invulnerabilidad que mostró esta camisa de fuerza de las burocracias frente a las grandes luchas que precedieron a las elecciones fue otra manifestación fundamental de la dificultad de las masas para imponer sus propias exigencias reivindicativas y para evolucionar políticamente.


La izquierda democratizante (nos referimos en especial a IU y a FR) forma parte del bloque dirigido por la burocracia sindical aliancista (la Cta) y del proyecto de ésta de constituir una «central alternativa» de características policlasistas, es decir anti-sindical, integrada al Estado y basada en la atomización de la negociación de los convenios y de la representación de las bases obreras. Por eso, la izquierda democratizante apoyó el freno aplicado a las luchas populares en el período previo a las elecciones e incluso en las elecciones sindicales, como el PC a De Gennaro, en Ate, o el Mst y Patria Libre a la burocracia del sindicato docente de Neuquén, con su abstencionismo. Desde el punto de vista político, no buscó proyectar la independencia de clase que se manifestaba en estas luchas, pues abolió el mismo concepto de independencia de clase en su campaña electoral. Solamente en Córdoba improvisó, a último momento, la consigna «meta trabajadores en la Legislatura», pero esto para promover la candidatura de ‘Monseñor Primatesta’ Bazán, el entregador de las luchas contra Angeloz y contra la privatización del agua, que buscaba una banca provincial porque se ha quedado sin sindicato.


Es decir que la consigna fue usada con un contenido anti-obrero. De modo que, cacareando todo el tiempo sobre la unidad, una, y sobre un patriotismo que no distinguía entre derecha e izquierda, otro, IU y FR fueron, claro que dentro de sus limitados horizontes y posibilidades, factores activos en el retroceso del subjetivismo obrero. En las dos oportunidades en que coincidieron, en Santa Fe y en Córdoba, IU y FR llevaron entre sus principales candidatos a patrones y a burócratas sindicales —en algunos casos, incluso, cuando ya no tenían sindicato.


Sobre el final de la campaña electoral, descubrimos, tardíamente, que esta izquierda es partidaria de la devaluación del peso, es decir, partidaria no de un‘ajuste’ sino del gran ajuste contra las masas, y no sólo de la Argentina sino de los países capitalistas que compiten con la Argentina en el mercado internacional. La posición devaluacionista los ha convertido en grupo de presión de los exportadores (incluida la ‘progresista’ Coninagro); de los afectados por la competencia extranjera (incluidas las Apymes); y del sector de la banca que teme su absorción por los bancos extranjeros (Credicoop y la banca cooperativa, a la que pertenece el ex diputado del Frente Grande y del PC, Floreal Gorini). Aunque IU, o mejor dicho Patricia Walsh, se pronuncióreiteradamente contra la devaluación, lo cierto es que los candidatos patronales que presentó en Santa Fe y Córdoba actúan en entidades empresariales devaluacionistas y que IU los reivindicó, no como luchadores que hacen del capitalismo un ‘hobby’ sino como capitalistas que defienden el mercado interno, o sea que lo quieren proteger mediante la devaluación.


Pero cualquier obrero se da cuenta perfectamente de que una campaña político-electoral que, desde el campo de la izquierda, reivindique la devaluación del peso, o sea la confiscación de las masas y la agudización de las rivalidades nacionales, constituiría simplemente una traición alevosa. Por eso, IU y FR se empeñaron en ocultar esta circunstancia cuando pactaron sus ‘unidades populares’ en Santa Fe y Córdoba.


Este episodio devaluacionista del tramo final de la campaña electoral, ilustra la contradicción que encierra una política de unidad de la izquierda revolucionaria y obrera con la izquierda democratizante. Desde 1996, el PO se empeñó en la unidad de la izquierda, la que fue sistemáticamente rechazada por los democratizantes con alegatos arbitrarios y que incluso fue calificada como electoralista —de lo que pueden dar testimonio los discursos del 1º de Mayo de 1997 en el acto común que tuvo lugar en la Plaza de Mayo—. En este mismo acto, reclamamos la participación de dirigentes de las direcciones obreras de base que se encontraban en lucha en ese período (Atlántida, TDO, Transportes Halcón, Fiat Concord y otros). Los que hoy se reivindican como campeones de los ‘referentes sociales’ expulsaron literalmente a esos luchadores de las reuniones preparatorias del acto. Es que la izquierda democratizante se interesa por los luchadores sociales cuando necesita disimularse detrás de ellos, usarlos demagógicamente, o sea para fines reaccionarios o de aparato, no para impulsar un libre desarrollo de la vanguardia obrera. La re-formación de IU, la tercera en diez años, lejos de constituir un paso de unidad fue un acto faccionalista para imponer desde un bloque sin principios sus condicionamientos electoralistas (o sea puestos) a los demás partidos de izquierda. Lo testimonia lo publicado por Patria Libre acerca de las discusiones para decidir si Reyna o Walsh debían ser los candidatos de la unidad, y de cuya lectura surge un panorama bochornoso de apetitos subalternos


Para superar esta contradicción entre el carácter democratizante, y por momentos más que eso, o sea burocrático, pro-patronal o devaluacionista de la izquierda argentina, de un lado, y la conveniencia e incluso necesidad de una unidad de izquierda para luchar contra los partidos patronales y del FMI, es necesario que esa unidad proceda por medio de la discusión pública, abierta y, en caso de elecciones, por medio de la elección democrática de los candidatos. ¡Es lo que hemos venido proponiendo desde 1985! En oportunidad del Frente Mas-PO de ese año, el Mas pidió en un acta que no hubiera asambleas comunes y que el PO no asistiera a las asambleas abiertas que realizaba el Mas. La discusión organizada y la lucha práctica común es la única forma de lograr una unidad de la izquierda que merezca ese nombre y la única que puede ayudar a remontar el retraso subjetivo de las masas y a reagrupar a su vanguardia. Que de esto se trata. Un avance en la representación parlamentaria de la izquierda que no sirva para el desarrollo del espíritu de combate y de organización independientes de los explotados sería otro lazo más en el cuello de su sometimiento. Es lo que ocurre con la unidad de izquierda en Europa y con el frente amplio de Uruguay. Dos administraciones consecutivas de Montevideo por parte de la izquierda unida uruguaya sólo han servido para profundizar las privatizaciones y para no resolver problema alguno de las masas, sino para agravarlos. Los arreglos de aparato sólo sirven al ‘lobby’ devaluacionista y a los burócratas desplazados que buscan una segunda oportunidad.


 


La cuestión de la conciencia es la cuestión del partido


Un retroceso electoral no pone a prueba, por sí solo, a un partido revolucionario. Se podría decir incluso algo más: los retrocesos forjan la madurez política y el temple militante de semejante partido. Ni siquiera se puede decir que los retrocesos operen fatalmente como un refuerzo de las presiones sociales o políticas negativas o antirrevolucionarias, porque también un ascenso, en especial si es electoral, podría provocarlo, por ejemplo al desatar presiones de cooptación política al aparato del Estado. No se debe olvidar que el reformismo histórico (la socialdemocracia alemana) debutó como revolucionario, organizando contra viento y marea un partido obrero en condiciones de proscripción y represión, pero que se fue envileciendo en forma paralela a su enorme progreso organizativo y electoral. Algo similar ocurrió con Izquierda Unida desde que en 1989 consagrara a Zamora como diputado y obtuviera cerca de 600.000 votos. Las características derechistas del PC se han acentuado y ya dice abiertamente que, en lugar de un frente de izquierda, postula un frente de»izquierda-centro» (Echegaray en el lanzamiento de la campaña de IU). El Mst se ha convertido en un apéndice político del PC. Significativamente, Walsh y Reyna coincidieron en la campaña electoral en que no debían hacerse «planteos ideológicos» (programa de Nelson Castro). De conjunto, han quedado reducidos al liliputismo organizativo, al punto que casi no lograron reclutar fiscales para las elecciones y que evitaron con todo cuidado la realización de actos públicos como método de campaña político-electoral.


Pero, entonces, ¿en qué sentido el revés electoral y el inadecuado pronóstico político «ponen a prueba al Partido Obrero»? En el siguiente sentido: Para un partido que pretende desarrollar una fuerte organización revolucionaria socialista sobre la base de un programa y sobre la base de una metodología que toma en cuenta, como factor fundamental, a la experiencia de las masas y al desarrollo de su conciencia de clase, los desaciertos de análisis y previsión respecto de los resultados del domingo constituyen una advertencia. Hemos abordado con relativa superficialidad la cuestión del desarrollo de las masas, la cual, sin embargo, exige una atención absoluta. Lo del domingo es, incluso, un problema menor; lo que no es menor es el proceso político que enfrentamos de ahora en más, que sólo podrá ser superado asimilando la crítica a nuestras caracterizaciones. Aunque ya no es el momento de abordarlo, la insuficiencia de nuestra apreciación del desarrollo de las masas en el plano político, subjetivo, de la conciencia de clase, es seguramente el factor que ha hecho más lento y dificultoso el desarrollo del Partido Obrero en los últimos veinte años. Las elecciones del domingo han obrado como un catalizador de una larga experiencia teórica y práctica.


Un principio revolucionario dice: «la historia puede saltarse etapas, pero el partido revolucionario no puede saltarse las etapas del desarrollo de la conciencia de clase». Por eso, consideramos como un activo, y no sólo en la reciente campaña electoral, haber adoptado como eje la reivindicación demeter a todos los trabajadores en las fábricas y repartir las horas de trabajo. Para las masas, que no cuestionan todavía al capitalismo, eso significó plantear un método anti-capitalista para satisfacer un derecho típicamente capitalista: el derecho a ser explotado a cambio de un salario. Lejos de un planteo circunscripto al electorado de izquierda o, para el caso, circunscripto a cualquier electorado, el eje de la campaña del PO fue una consigna de conjunto, con alcance estratégico, que sólo puede ser resuelta por una lucha general y que responde a la necesidad más apremiante de las masas.


La consecuencia de este abordaje de la campaña electoral ha sido inmensa. El Partido Obrero realizó más actos públicos que nadie; tuvo una importante concurrencia en la inmensa mayoría de ellos; ganó numerosos fiscales para el control de las elecciones; fue un factor programático en la campaña al punto que su consigna pretendió ser copiada, y deformada, por muchos otros, incluso Duhalde; incorporamos muchos obreros al Partido; por primera vez, nuestro electorado defendió en forma pública su voto. Nos viene a la memoria una afirmación que reitera en cada elección la organización trotskista francesa Lutte Ouvrière: crecimos electoralmente, pero no ganamos militantes. El PO, al revés, retrocedió electoralmente, pero nunca como ahora se han incorporado obreros a la organización. Fue, entonces, la consigna más adecuada al momento que atraviesan las masas desde el punto de vista de sus necesidades y conciencia. Otra cosa fue creer que a partir de esta reivindicación estaban reunidas las condiciones para un desplazamiento político enérgico de una parte de esas masas. El Partido Obrero enfrentará con éxito «la prueba» a la que ha sido sometido si supera sus limitaciones para ayudar a la evolución política de la clase obrera, a partir del bajísimo nivel presente de ésta e incluso del propio retroceso de ella con relación a las luchas que protagonizó recientemente; pero todo esto para asegurar y profundizar la caracterización que el PO hace del actual período histórico y de la actualidad de la estrategia política de la revolución socialista y de la refundación de la IVª Internacional.


¿Pero por qué hablar de «prueba»? Por una razón metodólogica de la mayor importancia; no somos una secta. Las sectas se cotejan con sus propias premisas; les alcanza con haber actuado lógicamente a partir de algunos postulados. Para el Partido Obrero, esto es idealismo de la peor especie, por supuesto que un pasaje sin retorno al fracaso y un peso muerto para el desarrollo de la vanguardia obrera.


El PO se mide con la realidad histórica; fuera de esto, «todo lo que (parece) sólido se desvanece en el aire». Le dijimos a todo el país que íbamos a dar el primer gran paso para convertirnos en alternativa a los partidos oficiales y esto, aunque habrá de ocurrir, no ocurrió. Analicemos el problema, discutamos, saquemos las conclusiones hasta en sus menores detalles, reformulemos un plan de acción para superarnos.


 


Prolegómenos de una nueva etapa


Hemos sido forzados a atravesar otra experiencia política más de gobierno capitulador ante el imperialismo. Pero no hay que esperar este ataque; es necesario tomar la iniciativa. El subsidio de 500 pesos a los desocupados y el reparto de las horas de trabajo son un reclamo a la orden del día, incluso si la Cta, por ejemplo, lo limita a los «jefes de familia». El reclamo de los 450 pesos a los jubilados y el aumento a los maestros, lo mismo, aun si Duhalde había dicho que a los jubilados había que darles 300 y si De la Rúa plantea condicionar ese aumento a los maestros. Es necesario un aumento general de salarios y el establecimiento de un salario mínimo, que duplique el de los básicos de convenio. No son consignas sacadas del contexto de la situación política, sea nacional o internacional: los obreros automotrices de Estados Unidos y Canadá y los obreros de las plantas automotrices de San Pablo acaban de obtener gran parte de estas reivindicaciones. La realización de estas reivindicaciones debe materializarse a partir de un plan de lucha.


Pero la realización de estas reivindicaciones exige también agrupar a los trabajadores que han salido a la lucha en los últimos años y que necesitan con urgencia sacar una conclusión clara de esa experiencia. Es, por lo tanto, necesario organizar un polo clasista que tome la iniciativa de reclamar a los sindicatos un plan de lucha y prepare el surgimiento de una nueva dirección para el movimiento obrero. Es necesario denunciar el estado mortal en que se encuentran las centrales sindicales y reclamarles una renovación por medio de un congreso de delegados con mandatos derivados de asambleas. De la Rúa está obligado a explotar la expectativa popular que rodea a cualquier nuevo gobierno; aprovechemos esta situación, de duración harto breve, para desenvolver espacios democráticos en los lugares de trabajo y estudio, que nos sirvan para discutir reivindicaciones y planes de lucha, y para unir a la clase obrera al conjunto de los explotados. Convocamos a la izquierda que quiere unirse para luchar a unir esfuerzos en la formación de un polo clasista en todos los sindicatos. No se trata de la tarea para un solo partido político.


A la izquierda la invitamos también a organizar la discusión de un balance electoral para sacar conclusiones. A establecer un plan de acción común para intervenir en todas las luchas. A acordar procedimientos de contenido político y características democráticas para nuevas confrontaciones electorales.

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