20/12/2001 | 734

El pueblo dice BASTA

Asamblea constituyente - Asambleas populares

Durante el miércoles se desarrolló en Argentina una auténtica rebelión popular. 


Una rebelión popular que es el producto directo de toda la incapacidad del régimen dominante para garantizar las condiciones elementales de subsistencia del pueblo.


Una rebelión que es la consecuencia de un largo proceso de crisis política y de descomposición económica, tan largo que alguien lo calificó como «el más lento» de la historia. Es decir, un proceso que agotó una paciencia popular que parecía infinita.


La rebelión ha sido engendrada por todo un desarrollo histórico. No es un capricho, ni un complot: es una culminación de la completa incapacidad de la burguesía nacional para dirigir el país y el resultado más acabado de un largo saqueo imperialista.


La gigantesca rebelión que se desarrolló el miércoles 19 fue atizada, al final, por el congelamiento de los depósitos bancarios, decidido para salvar a los grandes bancos de la quiebra y como un recurso último para seguir con el pago de la deuda externa. Estas últimas medidas provocaron miles de despidos y suspensiones, la indisponibilidad de los salarios, el cese del pago a los trabajadores informales o en negro y la bancarrota de la escasa asistencia social del Estado.


Los supermercados no solamente representan a los monopolios alimentarios; son también los mayores explotadores de la juventud y de la mujer; han llevado a la ruina a una enorme cantidad de pequeños comercios.


Los Ruckauf, los Rozas, los De la Sota y los Sobisch, es decir todo el arco patronal, pretendían que el pueblo se conformara con patacones, pero sin capacidad de asegurar su valor. La rebelión puso al desnudo la completa impotencia y la total inutilidad de los gobernadores que se llenan la boca con el federalismo.


Los trabajadores no solamente fueron a los supermercados a tomar lo que les corresponde. También marcharon con la consigna unánime de Fuera De la Rúa-Cavallo. La consigna que, primero que nadie, el Partido Obrero señaló que sería la consecuencia inevitable de toda la crisis de poder que se estaba desarrollando.


El asalto a los supermercados estuvo marcado por una definida conciencia política; todos los registros de la televisión muestran a las trabajadoras y a los trabajadores diciendo claramente que pretendían con sus acciones resolver, por sus propias manos, lo que ni éste ni el anterior gobierno resolvieron *la alimentación y la vida de sus familias*; y que respondían con sus actos al fracaso político del gobierno y al saqueo sufrido por el país.


La movilización popular obligó a numerosas instituciones municipales del Estado, a organizar la recolección y distribución de alimentos.


El pueblo se hizo cargo, por medio de la acción directa, de cobrarse el «salario de empleo» que los centroizquierdistas sólo cacarean y hasta presentan como la panacea de la transformación social.


Las manifestaciones populares no se agotaron en los supermercados; hubo marchas docentes y de estatales; cacerolazos de comerciantes y profesionales; huelgas y ocupaciones obreras; cortes de ruta; agitación callejera. El país asistió a un movimiento multitudinario, en muchos casos desesperado, pero inconfundiblemente popular y masivo. En muchísimos barrios, las acciones fueron decididas en asambleas. En muy pocos casos hubieron enfrentamientos o roces entre los manifestantes.


¡¡Abarcó a to-do-el-país!!


Puso al desnudo la completa incapacidad del Estado capitalista en todas sus manifestaciones *nacionales, provinciales y municipales.


La policía combinó la represión, que se cobró la vida de numerosos trabajadores, con «inteligencia» política para desviar la rebelión popular. Al final, como en el cordobazo, se quedó sin balas *lo que refleja la magnitud de la insurgencia del pueblo.


Los asaltos a los supermercados constituyen apenas un primer paso, porque es indudable que la profundización de la crisis obligará a nuevas movilizaciones, al inicio de nuevas etapas, a la lucha por objetivos mayores. Esto demuestra que es falso que se haya producido un movimiento inconciente: se han puesto de manifiesto las tendencias de una lucha cada vez más conciente.


Mientras el pueblo explotado se levantaba en todo el país, la Cámara de Diputados votaba… la cancelación de los superpoderes que ella misma cedió hace pocos meses. No se levantó desde ninguna bancada una consigna política alternativa y para nada la exigencia de echar al gobierno y convocar al pueblo a que elija una Asamblea Constituyente. Cuando en ese mismo momento el gobierno declaraba el estado de sitio, los diputados no lo derogaron sino que pasaron a cuarto intermedio. Desde 1983, el Parlamento avaló todos los estados de sito declarados por decreto y hasta las intervenciones federales a las provincias, por ejemplo cuando se produjo el santiagueñazo (cuando el Frepaso debutó, en 1993, votando la represión al pueblo).


El Congreso ni siquiera se animó a derogar el congelamiento bancario y la intervención estatal de los bancos, apenas votó la disponibilidad de los salarios, incluso sabiendo que el gobierno ya había ignorado un decisión similar de un juez federal. El podrido parlamentarismo argentino no planteó la cuestión del poder; está más lejos que nunca de la realidad política y de las exigencias populares. No es capaz siquiera de exigir la expulsión de Cavallo en forma abierta; lo está negociando entre bastidores como trofeo que ayude a contener la rebelión popular.


La rebelión popular ha planteado la cuestión de echar al gobierno y producir un giro político completo, que debe empezar con el cese del pago de la deuda y la intervención estatal de los bancos y las AFJP. La oposición patronal de peronistas y centroizquierdistas sólo es capaz de producir una devaluación del peso y una disparada en espiral de toda la crisis. Planteará, a lo sumo, un gobierno de «concertación», o sea que aplicará el libreto del FMI, que viene exigiendo una «solución política».


El Partido Obrero plantea más que nunca que hay que echar a De la Rua-Cavallo y convocar a una Asamblea Constituyente. Pero para este objetivo es necesario que la rebelión popular genere una autoridad política de los explotados: las Asambleas Populares por barrio, provincia y nacional.


Llamamos a las organizaciones obreras a lanzar la huelga general contra el estado de sitio, la derogación integral del ajuste, la nacionalización de los bancos y el fin del pago de la deuda externa.