23/08/2001 | 718

El salvavidas de plomo del FMI

¿El Tesoro norteamericano y el FMI «pestañearon» cuando vieron el abismo?


El martes 21, antes de que el FMI anunciara un nuevo paquete de «ayuda», la situación financiera se despeñaba sin freno. Se suponía que la mitad, por lo menos, de los plazos fijos que vencían ese día, se estaba retirando de los bancos. El llamado «riesgo-país», que mide en sentido inverso la cotización de la deuda pública argentina, se encaminaba a los 1.700 puntos. Esto significa que los intereses que se cobraban por un préstamo a la Argentina llegaban al 22%, frente a una tasa internacional del 5%.


Pulpos capitalistas importantes se veían privados de renovar los vencimientos de su propia deuda con bancos internacionales. Algunas como Impsat, la empresa de telecomunicaciones de Pescarmona y British Telecom, están a punto de declarar la quiebra. La misma amenaza pende sobre el «Grupo Clarín». Pocas compañías podían hacer frente a los 3.000 millones de dólares de deuda que vencen en los últimos seis meses del año.


La banca privada, afectada por la hemorragia de los depósitos, no conseguía tampoco financiamiento internacional. Sus casas matrices no estaban dispuestas a aportar nada. El reaseguro de liquidez contratado por Argentina en 1996, era repudiado por los bancos que lo habían comprometido, exactamente en el único momento en que ese reaseguro era necesario. La famosa «solidez» de «nuestro» sistema financiero, hacía agua por cualquier lado.


El único que «socorría» a los bancos, la mayor parte extranjeros, era el Banco Central_ de la Argentina, que no tiene plata. Los préstamos del Central a los bancos llegaban ya a más de 3.000 millones de dólares.


Un periodista económico entrevistado por Mauro Viale hablaba de «corrida» y del «final de la historia». Viale soltó, entonces, su enano menemista y conjeturó que podía caer el gobierno.


Fue al final de este día que se hizo presente la demorada «ayuda» del FMI. De repente, el Tesoro norteamericano encontró que la Argentina era «sustentable». Que la «reestructuración» de la deuda externa no era tan prioritaria como habían dicho los funcionarios de Bush. Que un derrumbe financiero de Brasil, Uruguay y hasta Chile, era posible.


Que De la Rúa podía caer sin sustitutos a la vista.


El espanto los llevó a pestañear.


Con la ayuda no pretenden ir muy lejos; sólo llegar hasta las elecciones de octubre. 50 días.


¡Pero no han puesto un peso!


Los cinco mil millones de dólares para apoyar las reservas en divisas, valen tanto como aquel reaseguro que no se hizo efectivo cuando fue reclamado.


Otros tres mil millones están condicionados al cumplimiento de objetivos políticos catastróficos, como el déficit cero, el corte drástico de la coparticipación federal a las provincias y municipios, la liquidación de la PBU de los jubilados, y la privatización del Pami y la salud pública.


¡Y eso es todo! Papel pintado… y una crisis política aún mayor.


Porque ahora los De la Rúa, Ruckauf y De la Sota deben demostrarle al imperialismo que el abismo no se volverá a presentar.


Una misión imposible.


Más acentuada que antes, sigue planteada una cuestión de poder.

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