24/07/2008 | 1047

El secretario de ‘doble piso’

El flamante secretario de Agricultura, Carlos Cheppi, viene machacando desde hace tiempo con un tema para el cual no tiene salida: el peso de la renta del suelo en la producción agraria argentina. Habla de ‘renta de doble piso’, porque también califica como renta a lo que es el beneficio industrial, o sea el beneficio del capitalista que efectivamente explota la tierra.

No solamente para Cheppi, la renta que cobra el terrateniente arrendador es el principal ‘costo de producción’ en el agro. Pero según Cheppi, «en las mejores zonas», la renta del propietario es de 600 dólares la hectárea, en tanto que la ganancia del arrendatario sería de solamente 100 dólares (Pagina/12, 22/7). De nuevo según Cheppi, este ‘doble piso’ existiría casi exclusivamente en Argentina.

Exagera, claro, porque Brasil y Uruguay, por lo menos, son paraísos de terratenientes. Su mensaje es, sin embargo, tan claro como antiquísimo: si suprimimos al terrateniente los ‘costos’ podrían caer drásticamente. En realidad no se trata de un ‘costo’, porque lo que le importa al capital que se invierte en la producción agraria es la tasa de beneficio que obtiene sobre su inversión; es así que chacareros y arrendatarios en general, incluidos los Grobocopatel están ganando ahora por encima de la tasa media de beneficio.

De todos modos, para suprimir la renta del suelo tendría que ocurrir algo que difícilmente se logre bajo el capitalismo (aunque teóricamente admisible): no solamente que el terrateniente sea al mismo tiempo el capitalista, lo que ha sido y es bastante frecuente,  sino que al mismo tiempo el valor del capital invertido haya alcanzado una magnitud considerable y que por eso le interese ampliar la escala de la producción hasta el punto en que el total del beneficio obtenido (o sea, incluida la renta del suelo) iguale a la tasa media de beneficio del conjunto de la economía.

Esta condición adquiriría más potencia si el capital invertido en gran escala en el campo es al mismo tiempo el que produce sus  insumos, o sea que sirve para maximizar los beneficios de la totalidad de la inversión de capital. No es lo ocurre con la estructura agraria argentina, que ha conservado el predominio del terrateniente y una baja dotación relativa de capital.

Conclusión de esto, que Cheppi no saca: solamente un gobierno de trabajadores podrá dar un impulso imparable al desarrollo de las fuerzas productivas en el agro. Más grave aún ha sido la posición de la izquierda campestre retrucha, que usó el argumento del ‘costo’ del arrendamiento, no para reclamar la nacionalización de la tierra, sino la rebaja de los impuestos al campo y el aumento del precio de los alimentos que produce.

Lo que Cheppi sí ilustra es que la dominación de la clase terrateniente (70% de la producción, entre los que producen directamente y los que arriendan sus tierras) frena la inversión en tecnología. «Como el arrendamiento es tan caro, señala Cheppi, dejo de fertilizar. Total la pampa húmeda todavía aguanta, tiene carbono y nutrientes que podemos seguir extrayendo sin reponer.

«Pierdo un poco de rendimiento pero ahorro costos». Si las cosas son así, por qué el flamante secretario, ex titular del INTA, no plantea la nacionalización de la tierra o de los latifundios? Simplemente porque defiende la propiedad privada y porque le teme a la onda social de una revolución agraria. Los límites del nacionalpopulismo son evidentes. Ni siquiera reclama elevar el valor fiscal de la tierra, y sobre esta base constituir un fondo de rescate de la propiedad fundiaria o de inversión estatal en el campo.

Cheppi espera que el capitalismo haga su obra solo, como en Estados Unidos a lo largo de más de dos siglos, pero para ello no solamente deberá seguir esperando, además deberá enfrentar la resistencia de los terratenientes y los límites que impone la época de decadencia del capitalismo.

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