19/09/2020

¿Faltan dólares?

La respuesta al interrogante planteado en el título, a primera vista, parece obvia. Pero si escarbamos un poco advertimos que lo que falta es una oferta de dólares, que no es lo mismo.

Este año el saldo favorable de la balanza comercial sería de más de 17.000 millones de dólares, e incluso podría ascender hasta 20.000. Pero no todas esas divisas ingresan a la economía argentina. En el primer semestre, el Indec registró un superávit de 8.000 millones y en el mismo período el Central computó 5.250 millones. La brecha entre el oficial y el paralelo es un incentivo para postergar y subfacturar exportaciones. Según algunos cálculos, en el campo estarían reteniendo 26 millones de toneladas de soja a la espera de una devaluación. Al mismo tiempo, estimula el adelanto y sobrefacturación de importaciones, a sabiendas de que se producirá un salto en el tipo de cambio.

Sobran dólares

Más allá de ello, en realidad, no se puede hablar de una escasez de dólares sino de un sobrante. Lo que ocurre es que ese excedente ha servido para financiar la fuga de capitales y el pago de la deuda.

 

Esto ha sido una constante durante todos los gobiernos, cualquiera sea el signo político, neoliberales o nacionales y populares. Bajo la presidencia de Alberto Fernández, el Banco Central ha dado a publicidad un trabajo que calcula que la fuga de capitales durante el mandato de Macri ascendió a 86.000 millones de dólares. Pero en él se omite el hecho de que en la década kirchnerista la fuga ascendió a 102.000 millones de dólares -el primer mandato de Cristina, 2007/11, concentró una huida que trepó a 70.000 millones de dólares.

Este drenaje permanente es lo que explica de dónde provienen los 400.000 millones de activos de argentinos que están radicados en el exterior. Las estadísticas oficiales sobre “formación de activos externos” comprenden la compra de dólares en el país de forma legal. Los especialistas sostienen que el monto total fugado duplica los cálculos del gobierno.

La fuga de capitales está concentrada, según el estudio citado, en las empresas líderes y entre los grandes capitalistas: Telefónica, Pampa Energía, Western Union, American Express, General Motors son los primeros cinco de la lista. Allí también se incluyen otras conocidas como el Grupo Clarín, Techint, Arcor, Aceitera General Deheza.

A nivel individual, entre los principales capitalistas están los amigos de Macri, pero también los socios del kirchnerismo como la familia Ezquenazi, con un retiro 100 millones de dólares. No olvidemos que Esquenazi se quedó de manera fraudulenta con el 25% de las acciones de YPF, en la cual pasó a ser su vicepresidente, bajo el gobierno de Cristina Kirchner. En el listado figura la familia Werthein, de vínculos estrechos tanto con los Macri como con los K.

Resumiendo, el 1% de las mayores empresas compradoras durante el gobierno de Macri (853 compañías) adquirieron el 73,8% de las compras netas de las empresas. Entre las personas físicas, de los 6.700 millones de dólares comprados, el 10% adquirió un 64%.

Viene al caso señalar que los bancos privados fueron el principal vehículo para esa fuga. El HSBC aparece en 4.040 cuentas investigadas por evasión y fuga de capitales, a pesar de lo cual fue puesto por Alberto Fernández como agente colocador en el canje de la renegociación de la deuda.

La fuga, por lo tanto, no proviene del “chiquitaje” (pequeños ahorristas), sino de lo más concentrado de la clase capitalista. Gran parte de las corporaciones nombradas integran la Asociación Empresaria Argentina que reúne a los principales conglomerados empresarios del país.

La deuda eterna

Simultáneamente, hubo un pago escrupuloso de la deuda. Cristina se ha jactado que en durante la década K cumplió con el pago serial de la deuda, por un monto de 170.000 millones de dólares. Bajo la gestión de Macri, se pagó puntillosamente hasta que las arcas quedaron vacías y se vio obligado a reperfilar los pagos e introducir el cepo cambiario.

Desde la dictadura militar hasta ahora se pagaron 600.000 millones de dólares de deuda. Sin embargo, el endeudamiento pasó de 45.000 en el final del proceso militar a los 400.000 actuales, si incluimos la deuda por todo concepto. Quiere decir que entre pago de vencimientos y activos fugados en el exterior nos aproximamos a una hemorragia equivalente a más de dos PBI argentinos. Lejos de haber un faltante, hubo un excedente de un billón de dólares -y posiblemente nos quedemos cortos. Las divisas que salen son más que las que entran, con lo cual más que un país deudor el nuestro debería ser catalogado como acreedor.

Es una tendencia generalizada a nivel global. Lejos de ceder recursos, las metrópolis capitalistas se apropian y confiscan los de los países oprimidos. Estamos en presencia de una enorme transferencia de ingresos de la periferia a los centros imperialistas, bajo sus formas más parasitarias. Es usual que más que sea el propio capital financiero internacional el que aliente y hasta fuerce un endeudamiento de los países deudores. La liquidez internacional es la contracara de la gigantesca crisis de sobreproducción e impasse capitalista que provoca la existencia de un enorme masa de capitales ociosos que no encuentran un lugar redituable en la esfera productiva.

Una porción de la ayuda de la FED y de los bancos centrales, prácticamente a tasa cero, es utilizada por el capital financiero para redireccionarlo a la esfera especulativa recomprando sus propias acciones o buscando colocaciones financieras con tasas de interés más elevadas. En ese circuito han entrado usualmente los países emergentes por medio de inversiones corto plazo y ganancias muy por encima del estándar que obtiene en las principales plazas financieras del mundo (el denominado carry trade)

Existe un vínculo estrecho entre deuda y fugas de capitales. Una parte de la deuda tiene como destino pagar vieja deuda, pero otra parte es destinada a financiar la huida de capitales. Más aún, una cuota de los préstamos no son más que “autopréstamos”. Los capitales fugados vuelven al país bajo la forma de créditos, es decir que no es deuda ni externa.

Eso cumple varias funciones. En primer lugar, se blanquean recursos propios como si fueran recursos de terceros, permite achicar utilidades computando supuestos intereses e incluso girar utilidades disfrazadas de cola de préstamos, sorteando las restricciones que se establezcan para transferir divisas al exterior. Por eso no debe sorprender el lobby de la clase capitalista nativa para arribar a un arreglo por la deuda, pues ella está de los dos lados del mostrador. Una normalización de la deuda permite a las empresas acceder al mercado de capitales y refinanciar sus deudas, pero además cobrar, pues entre los bonistas hay que incluir a la propia burguesía nacional.

Una salida

La fuga de capitales retrata la incapacidad de la burguesía para sacar al país del atraso y opresión imperialista. Los dólares que ingresaron no fueron puestos al servicio de promover una industrialización y un desarrollo independiente de las fuerzas productivas, sino a perpetuar una estructura capitalista dependiente y semicolonial bajo la tutela de los acreedores y de una deuda usuraria y fraudulenta.

Los lacras ancestrales se potencian con la crisis capitalista en desarrollo, que ya se verificaba previo a la pandemia y que viene impactando de lleno en los países emergentes. Estamos asistiendo a una depresión mundial, que va de la mano de un escenario de deflación, pérdidas, quiebras y retraimiento de la inversión. Esto acentúa las tendencias a la huida de dólares en un marco en que el Estado no tiene los recursos ni la capacidad para un salvataje generalizado. Lo cierto es que hay un pelotón de empresas que están pidiendo pista para presentarse en convocatoria de acreedores. Por lo pronto, ya han cerrado sus puertas Molinos Cañuelas y Latam, entre otras.

El problema no reside en la escasez de divisas. Más bien como hemos señalado, hay un excedente. No estamos frente a una “cuestión cambiaria” sino ante las contradicciones insalvables de la crisis y gestión capitalista. Esas contracciones atravesaron la gestión de Macri como la del kirchnerismo en sus doce años, al igual que ahora la de Alberto Fernández. Es lógico que eso ocurra, porque son tributarios y prisioneros de la misma clase social, la burguesía.

Una salida superadora plantea la reorganización general del país sobre nuevas bases sociales, cuyo punto de partida pasa por el desconocimiento de la deuda y la nacionalización de la banca, el comercio exterior y los recursos estratégicos, de modo de colocar el ahorro nacional y administrar las divisas al servicio de un plan de industrialización y de satisfacción de las necesidades populares. Una transformación de esta naturaleza está reservada a un gobierno de los trabajadores.

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