16/09/2020 | 1605

Fracaso en el BID: arrugue de Alberto Fernández y el Grupo Puebla

El gobierno sufrió un revés en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) al frustrarse el nombramiento de Gustavo Béliz como presidente del organismo. La Casa Rosada venía fisgoneando su nominación hace varios meses y tuvo que ceder a las pretensiones de Washington: Donald Trump logró imponer un hombre de su confianza y de su riñón íntimo, Mauricio Claver-Carone. Se trata del primer estadounidense en ser elegido presidente del BID, rompiendo con la tradición no escrita de que la presidencia de la institución debería quedar en manos de un latinoamericano.

La designación de Béliz, exhibida por sectores del kirchnerismo como una cruzada «anti-imperialista», terminó desinflándose. El gobierno argentino intentó una última jugada de postergar la votación apostando a un cambio político en Estados Unidos con las miras puestas en que un triunfo demócrata crearía condiciones más favorables a las aspiraciones de Argentina. Esta expectativa no deja de ser bastante vidriosa: “Una derrota (de Trump) dejaría a Claver-Carone en el aire por tener que convivir con una administración demócrata y con un Congreso que condicionaría los fondos que Estados Unidos aporta a la capacidad crediticia del BID. Sin embargo, es poco probable que un eventual gobierno de Joe Biden resigne el avance ya concretado sobre la conducción de la entidad. ¿Con otro nombre? Se verá llegado el caso” (Ambito, 15/9).

Pero más allá de ello, lo cierto es que la movida se evaporó rápidamente. Luego de que México confirmara su participación, Argentina también decidió no caer en el papel de oveja negra.

El Grupo Puebla no pasó la prueba y depuso su resistencia. El progresismo latinoamericano no está dispuesto a sacar los pies del plato y chocar con el imperialismo norteamericano. Esto no debe sorprender, pues López Obrador acaba de ratificar el tratado de libre comercio con Estados Unidos, adaptándose a las nuevas exigencias planteadas por la Casa Blanca. México, respondiendo al pedido de Trump, viene jugando un papel de Estado tapón respecto al desplazamiento de los migrantes centroamericanos. Los Fernández, a su turno, encarrilan al país en la ruta de un pacto con el FMI, luego del arreglo con los bonistas. La política exterior no es más que una prolongación de la política interna y, en ese sentido, la agenda oficial está presidida por el rescate de los acreedores y el condicionamiento impuesto por el capital imperialista, en especial el norteamericano.

Guerra comercial

El afán de Washington por presidir el BID está directamente relacionado con los pasos que viene dando el imperialismo norteamericano por reforzar su presencia económica, diplomática y militar en América Latina y contrarrestar la creciente injerencia china en la región.

La guerra comercial ha metido su cola con inusitada virulencia en el continente. Estados Unidos no está dispuesto a ceder su hegemonía en lo que constituye su» patio trasero».

El volumen de comercio entre China y América Latina se ha multiplicado por veinte desde 2002, según cifras del Congreso norteamericano. En la actualidad, China es el mayor acreedor de la región y se ha convertido en un importante socio comercial para países como Argentina, México, Colombia, Chile o Perú e incluso Brasil, lo que Estados Unidos no ve con buenos ojos.

El control directo del BID bajo su total dominio no es un detalle menor. El BID es el mayor proveedor de fondos para proyectos de desarrollo en América Latina. Su labor depende, en gran medida, de fondos estadounidenses. Este banco ha sido el encargado de otorgar préstamos a los países latinoamericanos con el fin de construir obras de infraestructura, como carreteras, puertos y redes eléctricas.

La apuesta de Fernández con la frustrada nominación de Béliz era contar con más autonomía para negociar préstamos sin que pasaran por el filtro político de Washington, cuando se vienen las negociaciones con el FMI, en el que Estados Unidos tiene una incidencia determinante y condiciona cualquier crédito a los acuerdos y plan económico que se pacten.

Luego del traspié sufrido, la Casa Rosada rápidamente ha tratado de poner paños fríos y limar los roces con el gobierno de Trump. Alberto Fernández, en persona, ha tomado contacto con Claver-Carone para restablecer relaciones y cicatrizar heridas. Lo cierto es que el país ha quedado más rehén que antes del imperialismo. La aproximación a Washington, sin embargo, no va a salvar al país de las imposiciones del FMI. Del mismo modo que los contactos establecidos con los líderes de la Unión Europea y la relación amigable con las autoridades del Fondo no nos salvó de los condicionamientos y el chantaje de los bonistas.

Un alineamiento mayor con Estados Unidos aumenta aún más las tensiones internas, pues sectores enteros de la burguesía dependen del comercio con China, desde el agrícola-ganadero, cuyas exportaciones tienen al gigante asiático como principal destinatario, hasta la industria, que tiene a este como proveedor privilegiado. El gobierno ha procurado estrechar relaciones con China mediante el ingreso del país al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura.

Estas contradicciones se replican también en lo que se refiere al swap con China. El gobierno está barajando la posibilidad de canjear dicho préstamo por dólares, con el propósito de reforzar las reservas, pero una operatoria de esa naturaleza no es gratuita. Pekín ata eso a que Argentina se integre a “la ruta de la seda” y una penetración mayor en la vida económica del país, acaparando en su favor obras de infraestructura estratégicas. En el momento actual están en danza emprendimientos clave, como la postergada financiación de las represas Néstor Kirchner y Jorge Cepernic en Santa Cruz; una cuarta central nuclear, que según anunció Alberto Fernández antes de asumir, se ubicará en Campana; obras de la Hidrovía y emprendimientos en el Paso Agua Negra de San Juan y en el Corredor Bioceánico, que une nuestro país con Chile. Las ambiciones de China van más lejos y apuntan a utilizar la base de Neuquén como una punta de lanza para un avance geopolítico en el país. Todo esto, naturalmente, tropieza con el recelo yanqui.

Washington ya marcó reparos respecto de la intención de China de desembarcar con la tecnología 5G en la región y del uso presuntamente militar de la estación espacial en Neuquén, que Pekín asegura que es solo para fines científicos en su plan de exploración espacial. Frente a esos reparos, la Casa Rosada ratificó que no habrá cambios en Neuquén y mantuvo encuentros recientes con representantes de Huawei, la compañía líder en redes 5G, vetada por Estados Unidos por supuestas fallas de seguridad.

Por otra parte, las propias autoridades del FMI son reacias a que Argentina haga uso del swap chino (que depende, agreguemos, del visto bueno de ese organismo). El hecho de cerrarle las puertas a una fuente de financiamiento alternativa, como podría ser ese recurso, obliga al país a pasar por el embudo del Fondo y a quedar más condicionado y a merced de sus exigencias.

La ilusión del gobierno de adoptar una «tercera posición» en la disputa entre China y Estados Unidos hace aguas y su desmoronamiento es proporcional a la pérdida de capacidad de arbitraje del gobierno, sobrepasado por la crisis que se agrava cada día que pasa y sometido al fuego cruzado de todas las clases sociales.

El Partido Obrero, de entrada, caracterizó al gobierno de Fernández como de un bonapartismo en tiempo de default, de vacas flacas. Viendo el escenario actual, salta a la vista el acierto de la misma.

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