11/10/2007 | 1013

Hablemos claro sobre Von Wernich


El cura criminal de Suárez Mason, Camps y Etchecolatz acaba de recibir la esperada condena a reclusión perpetua. Kirchner se declaró “satisfecho” y Bergoglio “conmovido” —en las horas siguientes al comunicado del Episcopado una mayoría mediática protestaba o simplemente se quejaba de la “tibieza” del pronunciamiento clerical. ¿Esto es todo?


A partir de ahora, el chacal con sotana irá a reunirse con sus pares de tortura, pero para continuar conspirando con toda comodidad desde la cárcel, en combinación con los aparatos represivos oficiales que siguen operando con completa impunidad. El propio Presidente acaba de hablar de “facciones” y “facciosos” que estarían impidiendo esclarecer la desaparición de Jorge Julio López. Varias denuncias, en los últimos meses, dejaron constancia de la libertad operativa que gozan los torturadores recluidos en el penal de Marcos Paz. Uno de los denunciantes fue nada menos que Chabán. El fallo no proscribe de la sociedad al cura asesino, simplemente lo recicla. Las actividades de Von Wernich pasan a contar desde ahora con la protección del Servicio Penitenciario Nacional.


¿Justicia? Hasta cierto punto. Los Von Wernich de uniforme siguen torturando en todas las comisarías del país, y no solamente en ellas. En Argentina funciona un sistema de represión privado, que goza de completa impunidad, al estilo del Blackwater norteamericano en Irak. Para este sistema rige un código legal especial. Que lo digan sino los grupos privados que mataron compañeros el 20 de diciembre de 2001, o los chicos desnutridos asesinados por sustraer naranjas en los predios del Ingenio El Tabacal en Orán. Sin embargo, los bloques legislativos oficialistas de Salta se han opuesto a formar una comisión investigadora. Fuentealba fue asesinado hace seis meses, pero su ejecutor, Poblete, sigue gozando de la protección de la policía neuquina. El kirchnerista Varizat está privado del goce de la libertad, es cierto, pero solamente hasta el 28 de octubre —condicionado a que Peralta gane las elecciones.


Bergoglio esperó la publicidad del fallo para abrir la boca, como si los afanes y quehaceres de un capellán de la policía hubieran sido algo desconocido para la cúpula clerical. Desde el Vaticano para abajo, la Iglesia es una gigantesca red de informantes —la envidia de la superelectrónica Central de Inteligencia de Estados Unidos. O sea que desde Roma hasta Buenos Aires estuvo siempre instalada una red de complicidad con los Von Wernich —¿de qué se podría arrepentir el Episcopado recién ahora? Los que reprochan hipocresía a la Iglesia por limitarse a expresar su ‘conmoción’, no le van a la zaga a ella con tal pedido. La Iglesia tiene una responsabilidad que supera por lejos a la del criminal condenado, porque formó parte del aparato de conjunto que sustentó la gobernabilidad de la dictadura militar. ¿Alguien puede olvidar la complicidad del papa Wojtila en la conspiración que culminó con el asesinato del obispo tercermundista y derechohumanista de El Salvador, Oscar Arnulfo Romero? El Vaticano y la Iglesia argentina fueron los peores verdugos de sus propios feligreses.


Si la Iglesia actuó de esa manera fue para apoyar a todo el régimen social imperante sobre el cual se asienta su propia dominanción y sus propios privilegios. El régimen social que reclamó la instalación de una dictadura militar para proteger sus intereses. La UIA, la Sociedad Rural, la Asociación de Bancos exigieron el golpe y lo financiaron, y lo sostuvieron hasta último momento. Sin embargo, Cristina y Lilita se pasean orondas por los hoteles de cinco estrellas para codearse con los representantes de la clase social que nunca se declaró ni siquiera “conmovida” por lo ocurrido, sino más bien lo contrario: le sigue exigiendo a los ‘demócratas’ que han venido a ocupar el lugar de los déspotas asesinos que cumplan con los compromisos contraídos por la dictadura —desde la protección de esos pulpos contra el pueblo hasta el pago de subsidios y deudas externas. ¡La mitad de la legislación que se encuentra hoy vigente en Argentina fue establecida por la dictadura militar! ¿De qué hablan, entonces, estos gobernantes y legisladores de la democracia cuando dicen que se está haciendo justicia? De ningún modo: están echando lastre, para salvar el barco o repintarle los blasones.


Si no hubiera sido por todos los movimientos populares que lucharon contra la dictadura militar desde el comienzo, y que luego continuaron esa lucha bajo todos los gobiernos pseudodemocráticos y proimperialistas, los Etchecolatz y los Von Wernich nunca hubieran ido a la cárcel. Pero esta condena no es un pasaporte de inocencia ni de impunidad para todo este régimen político y social, ni para todos y cada uno de sus representantes.


Importa mucho que hablemos claro en momentos en que se reúne el Encuentro de Mujeres en Córdoba. Porque en este Encuentro funciona un frente único de hecho entre todos los partidos patronales y el clero contra las reivindicaciones de la mujer —desde el derecho a una educación sexual libre, o sea emancipada del oscurantismo y del poder estatal, hasta el derecho al aborto y el goce de los derechos sociales en plenitud que permitan a cada mujer satisfacer realmente su aspiración a la maternidad. El gobierno nacional y popular sostiene, como lo hace la Iglesia, que el derecho al aborto sería inconstitucional, y luego de la victoria de Macri apunta hacia un compromiso con los intereses clericales que el macrismo intentará imponer en la Ciudad como sea.


Para terminar en forma real y no en forma simulada con los Von Wernich, es necesario desmantelar los aparatos represivos, separar a la Iglesia del Estado, convertir a la religión en un asunto privado y concentrar en los trabajadores la totalidad de los medios de poder político para encarar una profunda transformación social sobre nuevas bases.


Los crímenes que se han cometido no son crímenes de responsabilidad individual sino social; esto es lo que los gobiernos de turno y sus secuaces nos quieren ocultar.

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