28/07/2011 | 1187

«Igualdad y desafío al poder son ideales de izquierda»

El constitucionalista Roberto Gargarella apoya el Frente de Izquierda

¿Por qué adherís o desde qué lugar adherís al Frente de Izquierda?

-Adhiero, en parte, porque me interesa afirmar un principio de igualdad a través del voto, dejando en claro por qué no voto a favor del oficialismo y por qué lugar se orienta mi disidencia. La afirmación de ideales de igualdad en la política y en la economía forman parte de lo que es, para mí, el núcleo del pensamiento de izquierda.

La igualdad política requiere democratizar la toma de decisiones y permitir que las decisiones dependan de una discusión entre iguales. Lo que hoy vemos como política dominante, en cambio, contradice dicho ideal -algo que se advierte, por caso, en el modo en que se toman las decisiones políticas. Lo que hoy uno ve es la concentración de la decisión en una persona que no dialoga, que decide en secreto, que decide a espaldas de cualquier discusión pública y sin atención a ella. La reivindicación de la igualdad política requiere el rechazo al modo de hacer política que hoy nos rige y marca un primer compromiso con ideales que yo creo de izquierda.

Lo mismo ocurre en el terreno económico. Del mismo modo que uno, en política, defiende una cierta idea de la expresión ‘una persona, un voto’, que implica que somos todos iguales y que debemos contar todos por igual, lo mismo uno debe decir desde la izquierda sobre la economía. Hoy, en cambio, el dominio de los valores del mercado y el Estado que hace negocios afirman el principio contrario: los más aventajados y los que están más cercanos al gobierno son los que obtienen ventajas, a costa de los desempleados y del empleo precario de la mayoría.

Uno defiende, por tanto, la democratización económica y el control colectivo sobre la economía contra un diseño de las reglas económicas como el hoy vigente: en vez de colectivizar la economía, hoy se deja -en los hechos- el control de la economía en manos de unos pocos grupos. Este es un dato decisivo del kirchnerismo. No quiero decir con esto que hay una absoluta continuación de lo que fue el proyecto económico del menemismo, sino que hay una versión renovada del elitismo económico, que en un punto tiene niveles de perversidad.

Ahora hay presencia del Estado, que se vincula con la burocracia sindical y empresas contratistas, no para llevar adelante políticas contra la desocupación, sino para garantizar la sobreexplotación obrera. Tanto lo que se ve en el caso Schoklender como en el caso de la Unión Ferroviaria, que termina con el asesinato de Mariano Ferreyra, son dos ejemplos de cómo opera esta nueva vertiente del capitalismo.

Reforma política

-¿Qué pensás de la reforma política? ¿Qué conclusiones sacás?

-Uno de los datos fundacionales del kirchnerismo, que estuvo presente en el minuto uno, fue una propuesta de reforma política que tenía un componente muy importante de transversalidad en el discurso. Fue enseguida muy notable cómo se dejó de lado esa aspiración que se invoca todavía hoy, que fue legitimadora del kirchnerismo naciente y que le dio buena parte de su atractivo inicial.

Creo que ahí hay un elemento que se deja ver que es muy común en la dinámica política argentina: que las agrupaciones políticas que tienen un costado de alternativa, de desafío, etc. son ganadas inmediatamente por una vocación de estabilidad. La preocupación por la estabilidad política, el temor de que alguien pueda socavarle autoridad (en este caso, el propio PJ), lleva a establecer pactos, alianzas, que son contradictorios con esos impulsos iniciales legitimadores, desafiantes, alternativos, eso que aparecía en el momento fundacional del kirchnerismo.

El kirchnerismo prefirió entonces, frente al temor de la inestabilidad, no apostar a un pacto popular más amplio, sino aliarse con la burocracia sindical, con los referentes habituales y más cuestionados del peronismo bonaerense, con el PJ tradicional en los niveles provinciales. El kirchnerismo inmediatamente dio nota de cuál iba a ser su característica de largo plazo, que era contradictoria con lo que había anunciado en el primer minuto.

La reforma política más radical, que se insinuó en un primer instante, fue inmediatamente dejada de lado.

Lo que viene después es consecuencia de esta segunda etapa, que es la etapa larga del kirchnerismo, que son reformas, en todo caso, destinadas a consolidar el poder del que está en el poder. Deja con enorme capacidad de acción al oficialismo frente a las fuerzas alternativas que quedan maniatadas.

Hay una enorme perversidad en los modos en que se habló, se presentó, se expresó la reforma política en un primer momento y lo que se hizo después. Es un hecho muy importante, deja ver a las claras la naturaleza dominante del kirchnerismo.

Intelectuales

-¿Cuál es el papel que deberían jugar los intelectuales en la vida política?

-Pensar a los intelectuales, primero, en su relación con el poder. Uno espera del intelectual, fundamentalmente, encontrar una visión crítica al poder, distanciada del poder, que no dependa en ningún sentido del poder. También con una visión compleja del poder. Obviamente, que yo pienso muy especialmente en distancia y crítica respecto del poder político. Pero uno debe mantener el mismo principio con otros poderes centrales en la Argentina: el poder económico, que está muy habitualmente de la mano del poder político. Los grandes poderes económicos y el gobierno, en este caso en particular, hacen un enorme esfuerzo por cooptar intelectuales, no porque estén interesados en conocer puntos de vista distintos o porque estén interesados en «pensar mejor», sino porque están interesados en buscar el silencio y la justificación de lo que hacen. En este sentido, hay un uso muy manipulador del intelectual.

En el caso del alfonsinismo, obviamente que había operaciones de cooptación y que también era dañosa la cercanía entre intelectuales y política. Pero también reconozco una vocación por aprender de los intelectuales. Había en el alfonsinismo, no lo digo para defender al alfonsinismo, sino por un ejercicio de comparación que me interesa; había una vocación por escuchar algo distinto, sabiendo que para el que está en el poder se hace muy difícil pensar en cosas diferentes, porque está todo el día apagando incendios o presionado por distintos sectores.

Ahora yo no veo la vocación por aprender o escuchar cosas distintas: veo un gran ejercicio de cooptación.

En esto, los intelectuales de Carta Abierta, en el 99% de los casos no tienen acceso a la discusión presidencial. Y tales intelectuales, en su mayoría, tienden a formular un discurso que, en los hechos, es de justificación de lo existente, un intento de reconciliar a la sociedad con el gobierno y asegurar el conformismo social frente a situaciones de crisis. Veo lo que ellos hacen como a personajes que se acercan a una mujer golpeada para decirle «de qué te quejás, si tenés algo de comer cada noche. Agradecé a tu marido, que finalmente no te pega tan fuerte como te podrían pegar otros». Es eso: borrar las críticas, pedir que nos aguantemos los golpes porque los de afuera son peores. Esta situación nos refiere, también, a una nota muy saliente del kirchnerismo en sus etapas diferentes, que es de poco diálogo, de poco deseo de aprender y, claramente, una inconformidad con el discurso diferente. Es muy extraordinaria esa hostilidad al discurso diferente. El caso del Indec es el caso más ridículo, escandaloso, pero es algo que se reproduce en diversos ámbitos: el discurso único en materia de derechos humanos, en materia de relato económico, en materia del relato histórico.

Es la peor versión de un sistema político hiperpresidencial muy cuestionable y que ha traído ya grandes problemas. Entonces se va a un estallido político, porque es imposible luego de que se concentra toda la atención, la tensión, la energía en una sola persona, que esa persona en un momento no pierda la simpatía de la que goza en una particular coyuntura.

Y la cuestión es: cómo está parada la estructura del sistema económico para resistir la crisis y cómo está parada la estructura política para resistir las crisis.

El sistema presidencialista exacerbado, como el que aquí tenemos, es el que peor está parado, diría yo, para resistir cualquier crisis. Entonces, la primera crisis amenaza con llevarse de largo al gobierno, por lo tanto veo como un acto de absoluta irracionalidad lo que hacen el gobierno y sus servidores: ese estar colgado en este inmediatísimo plazo, donde lo único que importa es ganar la elección.

Están jugando con fuego. Hay un embrión de crisis que están dejando crecer. Todo parece estar preparado para que en algún momento llegue un estallido. Tal vez hoy sea, todavía, el momento de ascenso de popularidad (aunque ya se ven signos importantes en dirección contraria). Pero, lamentablemente, la caída de popularidad va a llegar y va a ser catastrófica para todos. En tal sentido es que podemos decir que hoy domina, en nuestro juego político, un nivel muy alto de irracionalidad política.

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