23/11/2000 | 689

La ciudad necesita un salario mínimo

¿Responde la autonomía política obtenida por la Ciudad de Buenos Aires, hasta ahora parcial, a las necesidades de las grandes masas que viven y trabajan en ella?


Su gestación, como la mayoría de las creaciones institucionales argentinas, se procesó fundamentalmente por arriba. Está vinculada a una tendencia descentralizadora que se manifiesta en las privatizaciones en gran escala del patrimonio productivo y financiero del Estado, de las prestaciones de salud, de la educación y hasta de la protección social. Se trata, verdaderamente, de una política de atomización política y social. Que la autonomía porteña no es el último gran grito del federalismo argentino lo demuestra que tiene lugar cuando las provincias se desmoronan en todo sentido y desde el Banco Mundial se reclama sustituirlas por regiones.


El propio presidente de la Nación dejó muy claro el contenido social de la autonomía porteña cuando dijo, en ocasión del aniversario de la Bolsa de Comercio, que «nuestra idea es hacer de Buenos Aires un gran centro financiero internacional». Es que para pagar los intereses de la deuda externa, la última ‘joya de la abuela’ que queda es el patrimonio inmobiliario público de la Capital. Que no se trata sólo de palabras lo demuestran el proyecto Retiro-Puerto y los que alberga la Corporación del Sur, todos de alto valor inmobiliario y de enorme interés para los bancos.


En la ciudad de Buenos Aires, sin embargo, la desocupación es del 11% y mayor aún la sub-ocupación, la cual afecta a unas 300.000 personas. El 51% de los que trabajan en la ciudad ganan desde 400 pesos para abajo; las jornadas de trabajo superan con mucho las ocho horas legales sin que sean pagadas como extras. La seguridad laboral es virtualmente inexistente. Los indicadores de desnutrición infantil en el sur de la ciudad son comparables a los de Africa. A esta realidad se ha respondido con más ataques a las conquistas sociales, como la ley de empleo público y la derogación de los estatutos profesionales, como el docente.


Es por todo esto que el proyecto de salario mínimo de 600 pesos mensuales por una jornada de ocho horas, que presenté en la Legislatura junto con Alexis Latendorf y Lía Mendez, tiene un alcance estratégico. Plantea el desafío de poner fin en el ámbito de la ciudad al congelamiento de hecho, en 200 pesos, que existe desde 1990 con alcance nacional y que tiende a descender por debajo de los 150 pesos como consecuencia de la creciente utilización de los planes Trabajar, en las construcciones financiadas por el Estado. El proyecto pone a prueba la realidad de la autonomía política y pondría un límite a la ofensiva contra los trabajadores. Deberán pagarlo principalmente los grandes grupos bancarios, comerciales y de servicios que operan en Buenos Aires.


La vigencia de la jornada de ocho horas es un fuerte instrumento de lucha contra la desocupación si se arbitraran los medios para que el tiempo de trabajo que quedase disponible sirva para la contratación de los desempleados. Según el consultor laboral Ernesto Kritz, un asalariado privado trabaja en la Argentina un 30% más que en los países desarrollados; exactamente el mismo porcentaje que existe de desempleo. En consecuencia, presentaré otro proyecto, de reparto de las horas de trabajo, que prevé tambien un empadronamiento de los desocupados.


Como integrante de la Comisión de la Vivienda, debo decir que con la amenaza de 150.000 desalojos y una población villera de 100.000 personas, el problema habitacional en la ciudad se agravará aún más con la presente situación salarial y ocupacional.


El congelamiento del salario mínimo en 200 pesos ha facilitado el pago de los salarios en negro por encima de esa suma, con grave perjuicio para la seguridad social.


Si el primer mundo nos debe servir de referencia, sepamos que los trabajadores británicos consiguieron el año pasado el establecimiento del salario mínimo, en 700 libras; que los norteamericanos lograron que Clinton subiera el mínimo horario a 6,50 dólares; y que los franceses están a punto de obtener uno de 8.500 francos. Promedian 1.200 pesos. Pero la ciudad más cara no es Nueva York, Londres o París sino, convertibilidad mediante, Buenos Aires.

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