17/03/2016 | 1403

La crisis política llega a la Policía Federal

La caída de Di Santo y la asunción de Roncaglia, sospechado de diversos delitos


“¿Pusieron a Roncaglia? No te puedo creer. Es una señal fuerte para Jaime (Stiuso), porque él lo hizo comisario cuando no le daban los años”. El asombro del agente de la AFI (ex Side), quedó impreso en la nota periodística (Clarín, 12/3). La misma fuente habla de los vínculos del nuevo jefe de la Policía Federal, Néstor Roncaglia, no sólo con Antonio “Jaime” Stiuso; también con Pedro “Lauchón” Viale, mano derecha de Stiuso en la Side y asesinado por el grupo Halcón de la Bonaerense cuando estalló una interna por cuestiones de drogas, desarmaderos de autos robados y operativos fraguados. Jorge Rodríguez, un ex agente del Ministerio de Seguridad, denunció a Roncaglia por “robo de bienes y sustancias, coimas, gastos de comidas del personal, reparaciones de vehículos y arreglos edilicios, horas extras y comida y vacunas para los perros” (ídem).


 


El nuevo jefe de la Federal, como se ve, hace honor a las tradiciones de la fuerza. También a la política de espionaje de Mauricio Macri, recostado en el viejo aparato de la SIDE, heredado de la dictadura, que comandaba Stiuso; es decir, repite la alianza que en su momento anudó Néstor Kirchner con los resultados conocidos.


 


Como gato entre la leña, Roncaglia intentó despegarse de Stiuso y dijo que el espía “no es mi amigo” (Urgente24; 16/3), pero nadie dijo que lo fuera; y que Stiuso “no tuvo nada que ver con mi nombramiento” (ídem), pero tampoco en ese caso se dijo que “Jaime” lo hiciera designar jefe de policía, sino que lo hizo ascender a comisario “cuando no le daban los años”. Por su lado, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, atribuyó los cargos contra Roncaglia “a que hay gente que no lo quiere”. Todo un argumento, como se ve.


 


La interna policial


 


El jefe renunciante, Román Di Santo, perdió una interna feroz derivada del caso Nisman y del traspaso de lo más sustancioso de la Federal a la Ciudad de Buenos Aires; esto es, la fusión con la Metropolitana de las 54 comisarías de la PFA, con sus patotas de calle y las divisiones de Homicidios y Robos y Hurtos, al punto que personal de la (¿ex?) Federal se entrena en el Instituto de Seguridad Pública de la Policía Metropolitana. Es más: los diarios ya hablan de “tensiones” por ese asunto entre el gobierno nacional y el de la CABA, de modo que el asunto golpea de lleno en las grietas internas del macrismo. La crisis política se desenvuelve imparable, y en la policía eso se siente de un modo particular.


 


La interna en la Federal la perdió Di Santo con quien es y seguirá siendo el hombre más poderoso de la fuerza: el comisario general Guillermo Calviño, jefe de la omnipotente Superintendencia de Seguridad Metropolitana que controla las comisarías de la CABA. “Calviño tiene la calle, y el que tiene la calle tiene el poder”, dice una fuente policial citada por esa misma nota de Clarín. Es una pelea mafiosa por el control del territorio. Calviño, que no disimula su proximidad política con Macri, está citado para el 14 de abril por el juez Sebastián Casanello, quien tiene a su cargo una denuncia contra el jefe policial por haber encubierto a dos efectivos que coimearon a un dealer y le robaron una bolsa con marihuana.


 


Di Santo estaba en la cuerda floja desde el día en que Alberto Nisman apareció tirado en el baño de su departamento con un tiro en la cabeza. En principio porque él tenía diez hombres asignados a la custodia del fiscal, que debían protegerlo durante las 24 horas todos los días; pues bien, ninguno de ellos estaba con Nisman cuando le llegó el tiro del final. Además, Di Santo estuvo con Sergio Berni, la fiscal Viviana Fein y personal de su propia fuerza y de Prefectura en la casa de la víctima, o sea que fue uno de los que se dedicaron a contaminar la escena del crimen y arruinar evidencias.


 


Sin embargo, no es por eso que la jueza Sandra Arroyo Salgado, ex mujer de Nisman y querellante en la causa, carga contra Di Santo, sino por la difusión de fotos íntimas que el fiscal muerto guardaba en sus electrónicos. Esos aparatos fueron procesados por gente de Apoyo Técnico de la Federal, y de allí se filtraron para la campaña contra Nisman que en su momento organizó el kirchnerismo. Ahora, se dice que esas filtraciones fueron una maniobra (¿de Calviño?) para voltear a Di Santo. Si así fue, lo lograron.


 


En definitiva, la caída del jefe y del subjefe de la Federal (Héctor Tebes, reemplazado por la comisaria mayor Ester Franco, que viene de Asuntos Internos y luego Violencia Familiar) son recursos de crisis. Apuntan a un reamado mafioso de la Federal para ponerla bajo control político del gobierno, pero esto no hace más que reavivar las internas dentro de la policía y del propio gobierno.


 


Ahora, los 17 mil federales que se fusionan con la Metropolitana -una policía militarizada y particularmente brutal- se dedicarán, claro está, a su función natural de organizar el delito, pero sobre todo a responder a las necesidades gubernamentales de reprimir a los trabajadores que se alzan contra los despidos, la carestía y los tarifazos. En otras palabras: de llevar a la práctica la aplicación de la ley antiterrorista del kirchnerismo y del protocolo macrista.


 

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