17/07/2008 | 1046

La derrota del kirchnerismo ante la derecha

La clase obrera debe sacar sus conclusiones

El kirchnerismo cayó sin atenuantes frente a la patronal ruralista y a la derecha en la confrontación de actos del martes 15. El resultado revela la completa nulidad del kirchnerismo como referencia popular.

En el Zoológico

«Ya no vinimos por las retenciones», bramó De Angeli, mostrando que la convocatoria de la patronal sojera apunta a un cambio de régimen. Lo destacó, el mismo día, el neoliberal Carlos Rodríguez, del Cema, en Ambito Financiero, al decir que antes que un cambio en las retenciones había que cambiar el sistema político. Días antes, el chacarero emblemático había advertido que el bife de lomo estaba reservado para los que pudieran oblar 80 pesos. En el acto de Palermo no hubo la menor referencia a lo que al día siguiente Mario Cafiero intentaría destacar por enésima vez: el negociado con las retenciones por parte de las cerealeras con la complicidad del gobierno y, por lo que se ve, con la de los propios ruralistas -algo que Cafiero, también por enésima vez, se empeña en ocultar.

Apenas se escuchó un susurro de parte de Buzzi a los «entes exportadores» (sic) que «registran sus despachos con retenciones menores». Pero ni Buzzi ni Cafiero plantean la nacionalización del comercio exterior frente a un negociado que deja en segundo plano al de Marsans con Aerolíneas.

Buzzi sí se acordó, en cambio, de los desocupados que «sólo cobran ciento cincuenta pesos», con la innoble intención de seguir sirviéndose de la izquierda campestre como pantalla para la superexplotación del obrero rural, la cual es una de las principales bases para el desarrollo de la «burguesía rural» que Cafiero insiste en reivindicar. Como este desarrollo no tiene lugar a expensas de los terratenientes ni de los fondos financieros, deberá seguir ocurriendo a partir del subsidio de un peso devaluado y de los bolsillos de los consumidores. De cualquier modo, el lamento de Buzzi por los ‘planes sociales’ es harto sospechoso, pues cualquiera recuerda que fue la patronal rural la que más los combatió para conseguir mano de obra barata para levantar las cosechas.

Mientras kirchneristas y ruralistas se enfrentan por algunos puntos de las retenciones a la exportación, los gobernadores de uno y de otro bando están aumentando las alícuotas de ingresos brutos y el inmobiliario urbano o, como ocurre en Chaco y Córdoba, alterando el estatuto de las cajas de jubilaciones de las provincias para reducir los haberes de los jubilados.

Las alusiones de Buzzi y las banderas rojas de la izquierda campestre no le quitaron, sin embargo, la última palabra – que le quedó reservada por un acuerdo político- , al procesista Llambías. Al igual que Miguens, aseguró que después del voto en el Senado «la lucha continúa», amparado en el nuevo argumento liberal de que no alcanza la «legitimidad de origen» sino que hace falta la de «gestión», que es la que impulsa la derecha.

El escenario para un golpe de estado ya tiene su ‘racionalidad’. Seguirá el acaparamiento de granos (que llega a cincuenta millones de toneladas, todos los rubros incluidos) y se acentuará la especulación cambiaria, como lo asegura, por lo menos, la consultora de J.P. Morgan (Cronista, 16/7). De todos modos, señaló que esperaba ver «unidas a las plazas de Congreso y de Palermo», porque no olvidó que allí estaban los Scioli y los Gioja, y bastante más escondidos los Urtubey y Das Neves. Fue una invitación a la conspiración colectiva.

Mirando hacia atrás

El «campo» logró atraer a Palermo a su base social, la clase media y alta del campo y de la ciudad. El kirchnerismo, en cambio, no pudo llevar al Congreso a la clase obrera del conurbano. Se trata no solamente de una radiografía del kirchnerismo; además, denuncia su incapacidad irrevocable para enfrentar las amenazas que denuncia. Las columnas oficiales, nutridas por los aparatos, sólo cubrieron cinco cuadras hasta poco después de la calle Lima – nunca más de 60.000 personas. El proletariado no tenía ninguna razón para estar presente en el palco de la flexibilización laboral, del tope salarial, de la burocracia sindical y de la represión a las luchas obreras independientes.

Desde el palco de Congreso también se saludó a «las organizaciones sociales», evitando, como en Palermo, la palabra maldita: piqueteros. Pero se trata de las ‘organizaciones’ de la prebenda oficial.

En su discurso, el ex Presidente relató la «historia oficial» del lustro pasado, para no señalar las perspectivas porque ello entrañaría plantear una movilización contra el régimen social presente. Presentó como medidas nacionales el rescate económico de los privatizadores Suez (Aguas) o Marsans (Aerolíneas); habló de desendeudamiento, en momentos en que la deuda pública iguala o supera a la del año 2001; defendió la salud de las «cuentas públicas» en el país donde cuatro millones de jubilados no cubren la canasta de pobreza. Tuvo un solo gesto honesto: mencionó el ‘inicio’ de un plan de 200.000 viviendas, para no decir que apenas lleva construidas cuatro mil.

El discurso sólo miró «hacia atrás»; no pudo interesar al pueblo en ninguna iniciativa transformadora. No denunció a la patronal sojera, la explotación del peón rural, el envenenamiento del suelo, la expulsión de los campesinos, la evasión y los fraudes contra el fisco por parte de los monopolios cerealeros y el capital agrario.

omo Buzzi en Palermo, pataleó contra «los pooles», a sabiendas de que confundía al auditorio, porque este gobierno ha batido los récords de fideicomisos con la patria contratista para evadir al fisco u ocultar negociados o, como en el caso de Enarsa, sustraerla al control público. Reivindicó su «política de alimentos baratos», pero sólo en alusión a los precios internacionales, no al salario de indigencia de cuatro millones de obreros en negro.

Un economista K, de los que firman «contra el lock-out patronal», acaba de revelar que «la participación de los asalariados en el ingreso en el año 2007 (28%) es significativamente inferior a la vigente en 2001 (31%), (Eduardo Basualdo, «La distribución del ingreso en la Argentina»). Los alimentos o tarifas más baratas no enriquecieron «la mesa de los argentinos», sólo les facilitó salarios más bajos a los capitalistas industriales y rurales.

Kirchner eligió como orador de semifondo al menemista Scioli, cuyo asesor en materia de seguridad – Juan Carlos Blumberg-  se paseaba a esas horas por Palermo. Para mostrar la «cohesión» oficial, Scioli señaló que «no es momento de internas. Ya habrá tiempo en el futuro» (sic, Clarín, 16/7),  anotándose así en el mercado de futuros de las conspiraciones políticas.

Crisis política

Kirchner anticipó que «respetará, cualquiera sea, la votación en el Senado». Mintió, incluso a sí mismo: una Presidenta que pone sus decisiones en manos del Congreso y que renuncia al derecho de vetar las leyes con las que no concuerda, actúa como lo hace un primer ministro en un régimen parlamentario. Es decir que está obligado a renunciar o a pedir un voto de confianza; o sea, un plebiscito. Kirchner no puede esquivar una crisis política con una frase. El kirchnerismo cree que puede abordar la crisis política con los métodos del Indek, o sea disimulando la realidad.

Desde ya que una votación ajustada será tomada como pretexto por el capital agrario para continuar «la guerra por otros medios». El solo hecho de que el ‘campo’ reivindique ahora «el mandato de la calle», la categoría política que el liberalismo más ha repudiado en la historia, demuestra que la crisis no se arregla con eufemismos.

En la nueva andanada, se sumarán los lobbys de la aviación, también los petroleros y mineros, que reclaman para sus inversiones el mismo tratamiento que pide De Angeli para el lomo. En la primera fila de esos lobbystas, están los Esquenazi, Cristóbal López, Britos o Taselli, e incluso Zapatero y Marsans, o sea la burguesía nacional kirchnerista y sus aliados.

De cara a esa perspectiva de crisis, la jornada del 15 puso de manifiesto la completa incapacidad del gobierno para desarticular la escalada derechista.

Para el kirchnerismo, «la reconquista de las calles» siempre fue la lucha contra las expresiones que protagonizaron el Argentinazo. Vino a ‘recuperar’ el ‘espacio público’ y a ‘reivindicar la política’, o sea las trenzas. La derecha lo acosó desde el comienzo para que despejara las rutas y las calles de piqueteros y de manifestantes. Hasta las instrucciones para convertir a Buenos Aires en un ‘espacio cultural’ alentaban con ello la ‘reconquista’ de ‘lo público’. Las demostraciones callejeras del martes, y antes la infinidad de cortes de rutas ‘chacareras’ y del ‘transporte’, han puesto en evidencia que la burguesía en su conjunto ha fracasado en el propósito de devolver al Estado ‘calidad institucional’.

Hay que sacar las conclusiones. El kirchnerismo no constituye ningún canal para combatir al bloque derechista y a sus conspiraciones golpistas, ni para animar una lucha nacional.

Llamamos a sus seguidores más honestos a la reflexión. En oposición al inmovilismo oficial, planteamos una deliberación política que saque a la clase obrera de su confusión y de su parálisis política, barrio por barrio, en cada lugar de trabajo y de estudio, y a preparar, sobre la base de un trabajo amplio, asambleas populares capaces de desarrollar planes de lucha. Tenemos por delante un panorama contradictorio de características explosivas: una movilización popular dirigida por la derecha, mientras las condiciones nacionales e internacionales del capitalismo se fracturan como el glaciar Perito Moreno.

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