17/12/2014 | 1345

La descomposición de la camarilla K estalla en los servicios de inteligencia

Echaron al jefe y al subjefe de la ex SIDE


El verdadero despido en la Secretaría de Inteligencia (SI, ex Side) es el del subsecretario del área, Francisco «Paco» Larcher, no el del titular del organismo: «Héctor Icazuriaga, el ‘señor 5', como la jerga de los servicios llama al director de la Side, es un dibujo» (Prensa Obrera N° 1.277, 8/7/13, «Los K organizan una Side paralela…»). Por otra parte, Larcher, ex hombre de confianza de Néstor Kirchner desde los tiempos de Santa Cruz, tampoco tenía mayor importancia por sí mismo, sino por su vínculo con el «gran pesado» de la Secretaría: Jaime Stiusso (a) «Stiller», director de Operaciones.


La salida de Larcher, después de más de dos años de conflicto con él, es un síntoma más de la descomposición y disgregación del gobierno. Al poner ahí a Oscar Parrilli, que intentará no ser un dibujo, el gobierno procura meter mano en un sumidero que se le ha ido de control. Es un acto defensivo, casi desesperado frente al hostigamiento judicial, porque todo indica que de la SI han salido buena parte de los informes sobre corrupción que terminaron luego en despachos tribunalicios o en la mesa de trabajo de Jorge Lanata: «Los jueces que investigan a la Presidenta están impulsados por un sector de la ex Side que tiene vínculos con abogados y operadores de la Justicia» (La Nación, 16/12). Cuando se dice que una parte del aparato de inteligencia del Estado conspira contra el gobierno, se está ante una crisis terminal.


Según funcionarios gubernamentales, Larcher trabaja ahora para Sergio Massa. En julio del año pasado se develó que, según los informes del subsecretario de Inteligencia, Massa no se presentaría a las elecciones legislativas. En el gobierno piensan que se trató de una mentira intencional, no de un error. En su momento, La Nación aseguró que un ministro había dicho de Larcher: «Ese hijo de puta nos desinformó durante varios meses» (La Nación, 14/7/3). La pregunta cae por su propio peso: ¿por qué lo echan recién un año y medio después? Ese dato indica, por sí solo, hasta qué profundidades de podredumbre llegan las internas en lo más sensible del aparato estatal y hasta dónde está descompuesta y sometida a chantajes la camarilla gobernante.


 


De rehenes


En cuanto a Stiusso, fue el encargado, por cuenta de Néstor Kirchner, de organizar una amplia red de espionaje, escuchas y conspiraciones. Gustavo Béliz, ex ministro de Seguridad, declaró en tribunales que Stiusso y Kirchner armaron en la Side «una agencia paralela, una Gestapo». Béliz añadió que él le advirtió al entonces Presidente que Stiusso lo convertiría en un rehén. «Vos no te metas», le habría contestado Kirchner.


Todo parece indicar que el conflicto interno en la SI, que se desarrollaba sordamente desde hacía mucho, estalló con la firma del frustrado acuerdo con Irán. Stiusso, junto con el fiscal Alberto Nisman, fue el autor de la novela que pretendía involucrar a los iraníes en el atentado a la Amia. Ese armado fue confeccionado sobre la base de informes suministrados por la CIA y el Mossad, con los cuales Stiusso está vinculado al punto que ya no se sabe bien para qué servicio trabaja.


En definitiva, la SI está fuera de control. Ahora el gobierno, que armó un aparato de inteligencia paralelo con el represor César Milani a la cabeza, intenta, si no recuperar ese control, por lo menos ponerle algún límite. Stiusso sigue ahí, intocado e intocable al menos por el momento. Con seguridad, «Stiller» sabe tantas cosas que no se irá sin una negociación importante. Por otra parte, Stiusso tiene todavía la sangre en el ojo porque la Bonaerense, en una disputa por drogas, le asesinó a uno de sus laderos de confianza: Pedro Tomás Viale, (a) «Lauchón», agente de contrainteligencia e íntimo de Stiusso, en septiembre del año pasado.


Hace un año y medio, sobre este mismo asunto, decía Prensa Obrera: «Mientras luchan entre ellos, los servicios de inteligencia operan renovadamente contra el enemigo común de todos ellos: los militantes populares, la izquierda política, las organizaciones sociales, los periodistas molestos (…) El desmantelamiento de los servicios de espionaje y represión (que son, además, antros organizadores del delito) es simplemente una utopía bajo el Estado capitalista, que no podría subsistir un minuto sin un sistema de conspiración contra la ciudadanía. Por eso es fundamental reforzar la lucha y la organización popular, para poner fin a los servicios y al Estado que los organiza y encubre».

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