La cesión de poderes especiales al jefe del partido que obtuvo el 8% de los votos en las últimas elecciones presidenciales y que fue derrotado más tarde en una elección local, constituye a todas luces un golpe de Estado. En un acto de subversión de la soberanía popular, Cavallo ha sido convertido en el verdadero jefe de gobierno, mientras que el candidato electo, el presidente de la Nación, se redujo a sí mismo a una mera hoja de parra constitucional. Pero Cavallo representa además la política económica de la última década, que es por definición la responsable del presente estado de bancarrota financiera de la Argentina, y es precisamente esta bancarrota el pretexto usado para imponer el golpe de Estado. Por otra parte, el plazo de los poderes concedidos excede el período del actual parlamento nacional y por lo tanto violenta por anticipado los derechos de la ciudadanía que deberá ejercer el voto en octubre próximo. Los legisladores se jactan de haber puesto algún límite, menor, a los poderes que Cavallo había pedido inicialmente, pero con ello demuestran una insuperable ignorancia política, porque los golpes de Estado ponen en pie un nuevo régimen político, el cual está obligado a violentar las vallas constitucionales y provocar cualquier tipo de situaciones excepcionales o de emergencia, para justificar nuevos atropellos, y asustar con el espantajo del caos o el vacío de poder.


Se trata, con todo, de un golpe «sui generis», porque ha tenido como víctimas a sus principales promotores. En lugar de un gobierno de unidad nacional, o al Chacho Alvarez como jefe de Gabinete, tenemos a una administración ahora aún más fraccionada. Ruckauf, que ya veía a Cavallo secundándolo para las presidenciales del 2003, se encuentra ahora a la rastra del ministro y hasta implorando su socorro para sortear la cesación de pagos de la provincia de Buenos Aires. Lo que los comentaristas llamaron el «voto transversal» en el Congreso a la hora de ceder los poderes, reveló el desbande de las tres principales fuerzas oficiales.


Cavallo, sin embargo, no ha inaugurado un gobierno fuerte. Su «creatividad» no es otra cosa que improvisación. No es un impuesto al cheque lo que pueda mejorar la competitividad o bajar los costos, mucho menos reactivar la economía. Una mayor recesión no superará el déficit fiscal. Aunque recaude más pesos, esto no le da los dólares para hacer frente a los 30.000 millones en capital e intereses de la deuda externa que vencen en el 2001. Cavallo promete reactivar el comercio exterior, pero comienza por darle otro golpe al tambaleante Mercosur. Dice que pretende salir de la cesación de pagos pero paga tasas del 11,25% anual por Letras a seis meses. Asegura que aumentará el ahorro nacional, pero se dispone a utilizar en mayor medida la plata de las AFJPs para financiar la deuda del gobierno. Para colmo anuncia un blanqueo de capitales cuando las investigaciones de lavado de dinero comprometen seriamente al Banco Central y a los principales bancos acreedores de la Argentina. Jura que mantendrá la paridad cambiaria, pero dice que el peso está sobrevaluado en un 20%, y escamotea que los capitales se fugan de la Argentina. O sea que se ufana de tener la sartén por el mango y el mango también, pero apenas tiene una guitarra que pulsa sin oído. Lamentablemente, las dos CGTs le han abierto, nada menos que a Cavallo, una línea de crédito.


Ante esta situación, la única salida democrática es la convocatoria a una Asamblea Constituyente soberana, es decir que asuma la dirección política del país.

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