05/11/2021

La leche aumentó más del 480% en 5 años, cae el consumo y crece la exportación

Mientras avanza el déficit nutricional en el seno de las familias trabajadoras.

Con un índice de malnutrición en niñxs y adolescentes que orilla el 42,1%, en Argentina el consumo de lácteos se encuentra en los niveles más bajos de los últimos 30 años. Sucede que el precio de la leche ha trepado 480% desde el 2016 a esta parte, mientras que el ingreso de las familias trabajadoras viene en franco retroceso.

“Mientras en febrero pasado un trabajador registrado con un salario promedio podía comprar alrededor de 1.005 litros de leche, en marzo esa cifra cayó a los 969 y se ubicó un 7,4 por ciento por debajo de la media de la serie histórica (1.046 litros), según registros del OCLA” (Agencia Tierra Viva, 19/10). Así las cosas, el consumo de leche se encuentra estancado en los 185 litros per cápita por año, y, a su vez, existe una fuga hacia productos lácteos con menor valor agregado; a modo de ejemplo, familias que reemplazan el yogur en pote por yogur bebible, quesos duros por quesos blandos, etc. En ese sentido, según datos del Observatorio de la Cámara Láctea (OCLA), entre enero y agosto 2021 consumo de lácteos cayó un 6,6% interanual, y, en el caso de la leche, un 3,5%.

Ocurre que los aumentos en el sector han sido exorbitantes, mientras los salarios permanecen estancados. Según el Indec, en los últimos cinco años el sachet de leche aumentó un 480%, cuyo precio pasó de $16,07 a $93,73. El kilo de queso cremoso, por su parte, pasó de costar $117,97 en 2016 a $703,28 en la actualidad (+496,15%); y, en el caso del yogur firme, el incremento fue del 785,3% en cinco años (el pote de 195 cc. costaba $11,57 en 2016 y hoy lo encontramos a $102,44). A su turno, la canasta de productos lácteos que monitorea el organismo oficial mostró una suba del 67,3% entre septiembre 2020 y septiembre 2021, 14,8 puntos por encima de la inflación general. Por otro lado, la consultora Focus Market calculó que el precio de los lácteos escaló 2.655% en los últimos 13 años.

La imposibilidad por parte de la población trabajadora a acceder a un consumo adecuado de lácteos, debido a su encarecimiento, no ha afectado a los empresarios del sector quienes compensaron la caída del mercado interno con un aumento en los niveles de exportación. De este modo, el volumen de venta de lácteos al exterior aumentó un 11,1% interanual y ascendió un 19,9% la suma recaudada (Indec). En la actualidad, aproximadamente el 26% de la producción local de leche tiene como destino la exportación, generando divisas que, así como entran salen del país para el pago de vencimientos de deuda, entre otros mecanismos de fuga.

Incluso, la producción viene en ascenso: “en 2020 alcanzó los 11.113 millones de litros de leche y un crecimiento en el orden del 3,5 al 4 por ciento en el primer semestre, la lechería espera cerrar 2021 con una producción de 262 millones de litros más respecto al año anterior” (Agencia Tierra Viva, ídem). Es decir, se producen más litros de leche pero no pensando en abastecer la demanda local en función de revertir el déficit nutricional del país, sino para venderla al exterior. Paralelamente, cada vez menos argentinos tienen la posibilidad de comprar estos alimentos básicos, fruto del alza en los precios por el cual la cadena láctea incrementa su margen de ganancia. A fin de cuentas, son las contradicciones de un régimen social cuyo principio rector es la rentabilidad de los capitalistas en desmedro del interés general.

Cadena comercial

Volviendo a los precios de las góndolas criollas, es preciso señalar que los responsables de tamaña confiscación al bolsillo popular son los sectores capitalistas que intervienen en toda la cadena de valor y el propio Estado.

En primer lugar, las cerealeras vienen trasladando los altos precios internacionales del maíz y la soja al mercado interno (en un año tuvieron un aumento del 152,9% y del 99,1% respectivamente), granos que forman parte de la alimentación del ganado bovino. A su vez, el 50% de la producción lechera se lleva a cabo sobre superficie arrendada, donde los terratenientes suben constantemente los alquileres, los cuales generalmente se ajustan al precio del quintal de soja.

Por otra parte, la remarcación de precios en toda la cadena comercial salta a la vista, teniendo en cuenta que, según datos del Ministerio de Agricultura, un tambero recibía en agosto un promedio de $32,5 por cada litro de leche, cuando en las góndolas el sachet no baja de los $80. Esta práctica se ve favorecida por el alto grado de concentración que ostenta la industria láctea, donde por ejemplo, el 90% de las ventas de leche fluida en el país está en manos de la firma Mastellone. Si bien los principales perjudicados por este manejo monopólico son los sectores populares a la hora de hacer las compras, cabe destacar que también ha provocado la quiebra de otros sectores patronales que intervienen en el rubro: sin ir más lejos, desde 1988 a esta parte cerraron 20.000 tambos.

El gobierno es responsable de esta situación ya que no solo fracasaron todas su políticas para controlar los precios producto del carácter inocuo de las mismas, sino que además descarta de plano la posibilidad de abrir los libros de toda la cadena de valor a fin de evaluar los reales costos. Por otro lado, mantiene intacto el dominio de un puñado de pulpos internacionales sobre el comercio exterior de Argentina, y, en ese sentido, habilita que el auge del precio internacional de las commodities se traslade a los precios internos.

Pero, además, Alberto Fernández tiene una incidencia directa en el encarecimiento de la leche, desde el momento que resolvió reponer el IVA sobre los productos que componen la canasta básica; un impuesto completamente regresivo al consumo popular, que, a su turno, tiene una participación del 16,3% en la cadena de valor de los lácteos, según la información recolectada por OCLA. Por el contrario, el IVA que le toca pagar a las patronales de la cadena láctea fue absorbido por el Estado durante el primer semestre del 2020, a condición de que se mantuvieran estables los precios de la leche, algo que, como vimos, no ocurrió (Bichos de Campo, 2020). 

Una orientación antiobrera por donde se la mire. La frutilla del postre es que, según trascendidos periodísticos, el oficialismo está a punto de otorgarle un préstamo a la empresa SanCor para que pueda incrementar la capacidad de procesamiento diario de leche; premiando así a una compañía que viene de protagonizar un desguace de sus unidades productivas, dejando en la calle a miles de trabajadores.

Lo que ocurre con este alimento tan esencial como la leche constituye un retrato de los antagonismos sociales que reinan en un país donde un puñado de empresarios embolsan fortunas explotando los recursos naturales de nuestro suelo, despojando a millones de trabajadores y condenándolos al hambre, a ellos y a sus hijos. Debemos pelear para que se abran los libros de la cadena comercial, supeditarlos al escrutinio popular, y, de esa manera, establecer precios que guarden relación con los costos reales y las necesidades del pueblo. Por otro lado, es fundamental recomponer el ingreso de los trabajadores, defendiendo el salario mínimo igual a la canasta familiar (hoy $100.000), el trabajo bajo convenio para todos, la prohibición de despidos y suspensiones, el reparto de las horas de trabajo para que no haya desempleo y la abolición de impuestos al consumo como el IVA.

A su vez, es necesario proceder a una reorganización económica asentada sobre el interés de las mayorías, y, para ello, hay que nacionalizar bajo control obrero el comercio exterior y la banca, así como también romper con el FMI y repudiar la deuda usuraria. Es un programa para garantizar que la producción láctea deje de priorizar el lucro capitalista y se ponga al servicio de llenar las tazas de nuestros niñxs. Al mismo tiempo, lo anterior consiste en un planteo de salida a la crisis por parte de los trabajadores.

 

 

               

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