31/10/1996 | 517

La Patagonia revisa la historia oficial

 Los ideólogos del capitalismo están empeñados en convencernos, desde hace algunos años, de que se ha terminado la historia de los conflictos y la lucha de clases, y que la humanidad ha entrado en el tobogán de la felicidad. Creen haber ajustado sus cuentas con el futuro, cuando aún están muy lejos, sin embargo, de haberlas saldado con el pasado.


 Vecinos de Bariloche, miembros de la comunidad mapuche, acaban de tapar un monumento a Roca, colonizador, conquistador, esclavizador de la población aborigen del sur argentino. Roca es el símbolo del desprecio a la población indígena, pero también es el político que consolidó la dominación oligárquica: expandió el área latifundista, llevó al país a la especulación, la corrupción y el endeudamiento, solidificó la dependencia con el imperialismo inglés, fijó la política limítrofe con Chile e intentó la integración del movimiento obrero al Estado a través de una ley de sindicatos.


 A Roca le cabe un lugar preponderante en la construcción de esta Argentina oligárquica y dependiente. Por eso, el diario La Prensa, de la que el lector de Prensa Obrera ha escuchado hablar últimamente por motivos menos teóricos, y Rosendo Fraga ponen el grito en el cielo ante la ‘insolencia’ mapuche y reclaman una reparación. Para estos fósiles, se está destruyendo ‘nuestra historia’, es decir, la de ellos. Para nosotros, en cambio, este simple hecho es una muestra de que se comprende que el exterminio de mapuches y araucanos, o sea, la conquista del desierto de los colonizadores, los rosistas y roquistas, sirvió para la formación de la Argentina oligárquica y cipaya, es decir, que impidió su desarrollo nacional.


 Otros hechos, aparentemente no relacionados con éste, apuntan en la misma dirección. Un alumno de secundaria, en Rawson, lee un discurso el 12 de octubre, denunciando la colonización española que vino a «devastar, saquear y matar a los pobres indios». Con gran lógica, relacionó la crueldad de la conquista con el autoritarismo reinante por ejemplo… en su misma escuela. Para confirmar que estamos en una sociedad inicua, que sabe de qué lado están las tradiciones, las autoridades lo sancionaron.


 Otro: a una pareja aymará no se le permite inscribir a su hija con un nombre propio de su lengua: Amankaya Wiñay. La antidemocrática ley de nombres en la Argentina impone una lista taxativa de nombres. Quien se sale de la ‘tradición’ católica debe pasar por la burocracia o por la justicia y no perderse en su laberinto.


 Otro más: conflictos de tierras entre comunidades mapuches en la cordillera patagónica. Los grupos de los caciques Ñancucheo y Nahuel son acusados por otras comunidades de ocupar tierras que no les pertenecen. Pero aquéllos denuncian que los organismos oficiales «premian a los mapuches amigos y reprimen a los que luchan por sus derechos. Esto es una práctica desintegracionista que ya utilizó Roca». Otra vez Roca. Y una continuación de lo que fue el sometimiento de los aborígenes en el siglo pasado: tierras pobres y áridas, llamadas ‘reservaciones’, para conservar en formol y sin que se salga de sus límites una cultura condenada a la desaparición forzada.


 La ‘colonización’ española y la conquista del ‘desierto’, la cruz y la espada, las dos caras de una misma moneda de opresión nacional. ¿No es esto, acaso, el resurgir de una conciencia nacional? Y sin embargo, no es una expresión de nacionalismo, pues los nacionalistas, como Jorge Abelardo Ramos, insisten hasta el hartazgo en la reivindicación del catolicismo y de la Argentina oligárquica como «fuentes y partes integrantes» del incorregible «ser nacional».


 Esto es una expresión de conciencia nacional, entendiendo por tal el despertar de las masas hacia la libertad y a la comprensión del abismo irreconciliable que se levanta entre ella y la clase dominante. La sociedad capitalista, sólo después que se impuso a sangre y fuego, empieza a hablar de concordia y convivencia. Detrás del arcabuz español llegaba el violín de los misioneros. Pero pasan los siglos y la integración no se termina de producir. La clase que oprimió ayer es la misma que oprime hoy, con otros trajes, pero la misma tez y el mismo odio. Como en Brasil, un país con un 60% de población negra, pero con un solo ministro negro en el gobierno: el de Deportes.


 La única manera definitiva de revisar las historias oficiales es que sean los pueblos quienes hagan y rehagan la historia. El capitalismo sólo concibe la opresión.

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