19/09/2001 | 722

La situación mundial después del atentado

Sin reunir pruebas de ninguna naturaleza (el secretario general de la Otan, Richardson, declaró que desconoce la identidad del responsable del atentado contra las torres gemelas), simplemente por «sospecha», el gobierno norteamericano decidió, en menos de lo que canta un gallo, que el saudita Bin Laden es el autor del ataque a las torres de Manhattan, y en consecuencia ha reclamado al gobierno de Afganistán su entrega, bajo la amenaza de una represalia militar e incluso la invasión de ese país. Ha dispuesto también la movilización hacia esa región de la VI Flota, mientras el Congreso votaba un incremento del presupuesto militar en 40.000 millones de dólares (lo que es más del 10% de toda la asignación militar anual). En la misma línea de escalada represiva, la CIA será autorizada oficialmente a proceder al asesinato de adversarios políticos que puedan ser vinculados al «terrorismo», siguiendo en este terreno lo que hace el gobierno sionista en Cisjordania y Gaza. Luego de obtener el apoyo de la Otan, el gobierno yanqui consiguió el de la ONU, es decir de Rusia y China, y naturalmente el de sus títeres latinoamericanos; pretende también lograr el apoyo de los gobiernos musulmanes, árabes y no árabes. El atentado a las torres se ha transformado, de esta manera, en el pretexto de una gigantesca cruzada imperialista, que, se promete, será de «larga duración».


Lo menos que se puede decir de la identificación de la responsabilidad de Bin Laden, es que la velocidad con que se ha procedido delata que el gobierno norteamericano debía haber estado en conocimiento previo de la posibilidad de un ataque terrorista de ese origen y también de sus características. La Reppublica, de Roma, del domingo pasado, asegura que la CIA estaba al tanto de ello a partir de la colaboración de un egipcio, detenido en Estados Unidos, que había estado vinculado a la red de Bin Laden durante mucho tiempo. Otros observadores señalan que, incluso hasta la víspera del atentado, existía una relación estrecha entre la CIA y el gobierno de Kabul, y que la CIA prefería por lejos al régimen talibán, a diferencia del Departamento de Estado, que aconsejaba apoyar a los guerrilleros opositores encabezados por el recientemente asesinado general Massoud.


Los supervisores financieros de Estados Unidos y Alemania, por otro lado, acaban de declarar que habían detectado la venta masiva de acciones de las empresas que podían ser perjudicadas por un ataque terrorista como el que tuvo lugar, lo cual supone que la información de esa posibilidad era manejada incluso por operadores financieros de envergadura. La velocidad con que Bush y compañía han decidido culpar a Bin Laden delata por lo menos una complicidad también culposa. Son muchos, por otra parte, los especialistas en seguridad que han señalado que el atentado debió haber contado con una «conexión local», que ningún sector del gobierno se ha preocupado, sin embargo, por identificar. Lo que es más claro, todavía, es que hasta el día de hoy no se conoce ninguna información independiente del atentado, sino sólo las que han provisto los servicios norteamericanos, exactamente como ya ocurriera durante la Guerra del Golfo o los bombardeos de la Otan a Yugoslavia.


Afganistán no es un tigre de papel


La identificación de la responsabilidad de Bin Laden está fuertemente en contradicción, sin embargo, con la propaganda imperialista que anuncia «el comienzo de una guerra mundial» o una «guerra» contra el terrorismo, o que caracteriza a la masacre como «un Pearl Harbour». Es que la lucha contra una red terrorista, por perfeccionada que ésta sea, no pasa de ser un operativo policial, más allá de su sofisticación o poder. Circunscribir lo ocurrido a la maquinación de un Bin Laden delata, por lo tanto, una fuerte tendencia en la burguesía y los Estados imperialistas a rechazar el planteo de una escalada militar contra supuestos Estados «delincuentes» o incluso una guerra, porque esto iría más allá de las posibilidades políticas del momento del imperialismo mundial, y hasta de sus conveniencias. Por lo tanto, la personalización del atentado en Bin Laden podría ser, en parte, un intento del gobierno norteamericano de salirse por la tangente. Lo contrario, organizar una guerra en gran escala, sería ir hacia una militarización de los países que integran la Otan y apostar a una vía de desarrollo explosiva para la estabilidad del capitalismo mundial. No es casual que luego de la invocación al artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que establece la obligada solidaridad de los firmantes con cualquier Estado agredido, los gobiernos europeos hayan tomado distancia de una eventual intervención militar en el Lejano Oriente. Lo mismo puede decirse de la presión que ha ejercido el gobierno de Bush sobre el terrorista Sharon, para que establezca una tregua en la política de masacre contra el pueblo palestino. La pretensión de formar una coalición mundial «contra el terrorismo» que no excluye casi a nadie, diluye su alcance. El imperialismo se enfrenta a los límites que le imponen su propia crisis mundial y la creciente movilización de los trabajadores.


Una invasión imperialista a Afganistán no solamente podría convertirse en un «replay» de Vietnam o en la tercera edición de las descomunales derrotas que sufrieran allí los dos cuerpos expedicionarios ingleses en el siglo XIX los rusos recientemente. Ocurre que una invasión a Afganistán golpearía enormemente a Pakistán, que atraviesa una gigantesca crisis política y enfrenta la posibilidad de la caída del gobierno militar. El imperialismo norteamericano fue convirtiendo a Pakistán en una plaza fuerte suya desde los años ‘60, para dirigirla, primero, contra la alianza entre la India y la ex Unión Soviética y, segundo, contra la ocupación soviética de Afganistán. La perspectiva de una desintegración política de Pakistán afectaría de inmediato a la India, un país de mil millones de habitantes, con el que Pakistán está enfrentado militarmente por el control de la región fronteriza de Cachemira. Por la otra vertiente, la invasión a Afganistán plantearía la amenaza de un definitivo control de los accesos y salidas del petróleo del mar Caspio por parte del imperialismo yanqui, lo que afectaría a las naciones asiáticas de la ex URSS, a la propia Rusia, a Irán, y que ya es objeto de una terrible guerra en el norte del Cáucaso (Chechenia). Si Estados Unidos enviara un cuerpo expedicionario contra Afganistán, se confirmaría el dicho de que «los dioses ciegan a quienes quieren perder».


El atentado a las torres gemelas no ha provocado, de ningún modo, la presente crisis mundial, pero incuestionablemente la ha puesto al desnudo. El imperialismo yanqui está apremiado, por un lado, a ejercer un «acto de autoridad», pues de lo contrario dejará en evidencia su incapacidad para defender al capitalismo mundial, no ya ante las masas o ante el derrumbe financiero, sino ante el simple terrorismo. Pero de otro lado corre el inmenso riesgo de que ese «acto de autoridad» acentúe la crisis mundial y mine esa misma «autoridad» de un modo decisivo en un plazo no muy largo. Es indudable que el imperialismo capitalista ha integrado a todos los regímenes sociales contemporáneos a las mallas del capital financiero, pero esto solamente significa que esos regímenes no tienen ninguna posibilidad de evolución independiente del imperialismo. Lo que el imperialismo no puede, de ningún modo, es imponer su propia realidad social a las naciones atrasadas o anular las contradicciones propias de éstas. Al revés, ha agravado estas contradicciones y las ha integrado a las contradicciones del capital financiero internacional. Así, un derrumbe financiero en Moscú, Ankara o Buenos Aires puede provocar, y provoca, la debacle en Wall Street; las crisis políticas en Islamabad sacuden a Nueva York; las bandas terroristas armadas por el imperialismo para combatir a los pueblos, se vuelven contra el imperialismo y lo enfrentan con sus mismas armas. Es necesario tomar en cuenta este conjunto de factores, para evitar el impresionismo en lo que se refiere a las posibilidades del imperialismo.


El derrumbe de Wall Street


La delimitación política y el rechazo del atentado que ha cobrado la vida de miles de trabajadores norteamericanos, deben ser claramente diferenciados de las «condenas» que lo convierten en un factor absoluto (y por lo tanto abstracto) de la política mundial, al que se debería enfrentar y superar con invocaciones al respeto de la vida humana, y a cuya acción de lesa humanidad se opondrían las «reglas» de la conducta civilizada. En lugar de pontificaciones de dudoso valor moral, es necesario primero hacer el esfuerzo por caracterizar el atentado, y en segundo lugar decir que es una de las manifestaciones atroces de los antagonismos sociales insuperables del capitalismo imperialista, putrefacto y agonizante, que no podrán ser eliminadas sin la abolición de este inhumano régimen social que los engendra.


El derrumbe de Wall Street en la sesión de reapertura dejó bien claro que estamos asistiendo a un episodio sangriento de la crisis mundial del capitalismo, con todos sus adornos morales, de yapa. Porque a pesar del patriotismo y la bandera, los capitalistas «operaron» como verdaderos buitres. Vendieron a la baja acciones que no tenían, para recomprarlas más baratas en el futuro; los directorios de las empresas recompraron sus propias acciones, para no afectar el bolsillo de los accionistas, y para eso utilizaron los «generosos» 300.000 millones de dólares que emitieron a bajísima tasa de interés los principales bancos centrales; el gobierno norteamericano prometió usar la plata de los contribuyentes para subsidiar a las compañías aéreas o del seguro, pero no para impedir los 100.000 despidos que siguieron al atentado.


La destrucción de las torres de Manhattan provocó un derrumbe financiero que ya estaba latente en todas las bolsas con anterioridad. Incluso luego de haber caído un 40% en el último año, las acciones de las empresas tecnológicas se encontraban sobrevaluadas debido a las caídas aún mayores de sus ganancias, al crecimiento espectacular de sus deudas y al aumento aún mayor de su capacidad industrial ociosa; la utilización de los tendidos de cable de fibra óptica, por ejemplo, por parte de las empresas de telecomunicaciones, ha caído al 10%. La crisis de las tecnológicas ha afectado al sistema bancario, que no tiene ya condiciones de seguir financiando a este sector. La economía mundial ha entrado en una recesión generalizada, que puede transformarse rápidamente en un crac, sea a partir de la depresión japonesa o del ingreso de Estados Unidos en una depresión. La situación de los países «emergentes» se aproxima a la catástrofe, en especial Argentina, Brasil, Turquía, Pakistán y Nigeria, pero también Corea del Sur, Taiwán, Tailandia, Sudáfrica.


En estas condiciones, ¿una militarización del gasto público serviría para sortear la crisis? Los economistas convencionales responden a esto con la afirmativa, pero desconocen que el déficit fiscal acentuaría los problemas financieros, que son el eje de la crisis económica del momento debido a las enormes deudas que se han contraído. Por otro lado, el gasto público puede inyectar demanda a una economía que ya se encuentre en depresión, pero no puede evitar que se ingrese en ella, como lo demuestra Japón; esto porque la condición de una recuperación es que la economía se desprenda antes de las empresas que sobran desde el punto de vista del mercado. Así se explica que los ruidos de tambores bélicos hayan contribuido a la baja de Wall Street. Si hay algo nuevo en la configuración internacional posterior al atentado, es la acentuación de la inestabilidad política y el agravamiento de la crisis económica.


No a una policía mundial, fuera el imperialismo


Es claro que el slogan de la «alianza mundial contra el terror» aspira como mínimo a comprometer a los Estados nacionales y sus servicios de seguridad en una represión de «tolerancia cero», bajo la dirección de la CIA. Aunque por esta vía ya se ha recorrido un largo camino con anterioridad, su realización cabal no deja de ser tan utópica como cualquier otra fantasía de «gobierno mundial».


Desarrollar Estados policiales, incluido EE.UU. por sobre todo, es la tendencia más importante que habrá de desarrollarse luego del atentado. Al fracaso del espionaje y de la seguridad, el imperialismo no tiene otra respuesta que más del uno y de la otra. La «defensa de la libertad y de la democracia», que es ritualmente invocada contra el terrorismo, apunta a liquidar, precisamente, las libertades democráticas. La respuesta del imperialismo es una amenaza a la libertad mucho más seria que la que representa el terrorismo para-estatal o de los Estados marginales.


Por eso, en oposición a la «alianza mundial contra el terror», es necesario plantear la defensa de la independencia nacional de los países agredidos y la expulsión del imperialismo, o sea la confiscación de los medios económicos y políticos de su dominación, como los acuerdos militares y económicos, y especialmente la deuda externa. El «pueblo de Seattle, Praga, Niza y Génova», y el conjunto de la clase obrera internacional, tienen que plantear la lucha contra sus propios gobiernos imperialistas, la defensa de las independencias nacionales de los países sometidos, la nacionalización de las industrias de guerra y de los bancos, bajo control obrero, y el gobierno obrero. Transformar la menor tentativa de guerra subterránea o abierta del imperialismo contra los trabajadores, en una guerra civil de los trabajadores contra el imperialismo.

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