09/12/1999 | 650

La unidad de la izquierda debe ser revolucionaria

Altamira en una mesa-debate con la izquierda en el Teatro San Martín
Por Editor

Izquierda es una palabra vacía de contenido en el campo de la política; por eso se presta a todo tipo de manipulaciones. Escamotea el carácter de clase de la política, o sea que oculta que la lucha política es una lucha de clases. Esa indeterminación permite albergar en la expresión de izquierda a las tendencias más contradictorias, desde las tendencias pro-imperialistas hasta las obreras revolucionarias. Se ha llegado al extremo de afirmar que la izquierda es una identidad, es decir que existe fuera de la acción política concreta y de los partidos políticos. Se diría que tiene un origen familiar. La identidad está referida a valores culturales que cada cual define a su gusto, de modo que es la negación de la conciencia de clase, o sea de la comprensión que alcanza el explotado de su condición en la sociedad capitalista y que sólo se manifiesta en la acción y en la organización de un partido.

 

(La identidad es un vocablo de uso frecuente en la sociología moderna, que pretende definir colectividades a partir de atributos adjudicados artificialmente. Marca una enorme regresión respecto de la categoría de conciencia y de la determinación de esta conciencia de acuerdo con el desarrollo de la historia, o sea de la lucha de clases. Salta a la vista su carácter reaccionario porque pretende congelar la evolución social a partir de un concepto; se puede modificar la conciencia, nunca la identidad. De ahí su afinidad con el nacionalismo imperialista y el fascismo, los cuales siempre se han amparado en una justificación identitaria –racial, nacional–. En la Argentina se habla con abusiva frecuencia de la identidad peronista, para condenar a la clase obrera a una eterna parálisis política. Detrás de la identidad peronista se albergaron los jóvenes asesinados por la dictadura y sus verdugos de la triple A de López Rega, Isabelita, Osinde y Perón).

 

(Hay quienes pretenden diferenciarse de la izquierda proimperialista sin perder su identidad izquierdista, mediante un ajuste de vocablos. En Francia, por ejemplo, los adversarios de la izquierda gubernamental han hecho suyo el mote de extrema izquierda, por supuesto que sin una pizca de temor al ridículo. En consecuencia, promueven la unidad, no de la izquierda sino de la extrema izquierda. Esta distinción semántica no los ha hecho avanzar, naturalmente, ni un solo paso, porque se sigue escamoteando el carácter de clase de la unidad y del programa y de la estrategia que debe resultar de ese carácter de clase).

 

El carácter altamente manipulador de la expresión izquierda puede verse en el hecho de que el partido revolucionario históricamente más avanzado, o sea el bolchevismo, alcanzó su apogeo político en forma coincidente con la derrota que infligió a toda la izquierda realmente existente de su época, que se había pasado con todo su equipaje al campo del imperialismo y de la masacre de trabajadores.

 

La conclusión que emerge de aquí es que, cuando nos interesamos por la unidad de los luchadores que se reivindican de izquierda, debemos hacerlo para impulsar una unidad de definido contenido de clase, obrero revolucionario y socialista.

 

(Esto permitirá que esos luchadores no concluyan arrastrados por la ola de la izquierda pro-capitalista y, por sobre todo, incluir en el planteo a todos los luchadores actuales y potenciales que no son oriundos de la izquierda).

 

 

 

Contradicciones

 

Que la expresión izquierda alberga a las tendencias de clase más contradictorias, lo comprueba la realidad contemporánea. La izquierda que se encuentra en los gobiernos de Europa acaba de consumar la agresión imperialista a los Balcanes y se encuentra promoviendo por todos los medios la restauración capitalista en Europa oriental y Rusia. En esos gobiernos de izquierda, se encuentra el PC de Francia y los comunistas de Italia. Otros más a la izquierda, como la italiana Rifondazione Comunista, ha sostenido con sus votos parlamentarios al gobierno imperialista de centroizquierda y sigue haciéndolo en numerosas comunas. En España, Izquierda Unida apoya a la monarquía constitucional y al partido franquista de la Acción Popular contra ETA. En América del Sur, tenemos al Frente Amplio que no tiene reparos en repudiar abiertamente al socialismo, en defender las privatizaciones y el pago de la deuda externa, e incluso en reclamar un gobierno de «entonación nacional» al proimperialista Batlle. Algo similar vale para el PT de Brasil, que plantea un frente que incluye a los partidos del actual gobierno y que se compromete a no tocar las enormes privatizaciones ya realizadas. Ultimamente, gran parte de la izquierda mundial está impulsando un proyecto de regulación del capitalismo, cuya gestación reconoce como autores a sectores del imperialismo francés.

 

(En el movimiento Attac, que promueve el llamado impuesto Tobin al movimiento de capitales de corto plazo, militan hasta los trotskistas franceses del SU y los dirigentes del partido comunista de Argentina, en este caso junto al socialcristiano y delarruísta De Gennaro, secretario general de la aliancista CTA. Ofrecer una salida a las convulsiones del capitalismo y no aprovecharlas para derrocarlo, y hacerlo con una propuesta que sustituye el movimiento sin trabas del capital por la regulación, es manifiestamente reaccionario porque hace andar hacia atrás la rueda de la historia. La superación del imperialismo no es la regulación sino el socialismo).

 

Es un hecho, por otra parte, que la inmensa mayoría de los partidos que en los diversos países se parapetan en la rúbrica izquierda evolucionan aceleradamente hacia la derecha y tienden a reemplazar al thatcherismo y al reaganismo mundial como vanguardia de la política capitalista. Más aún, esa izquierda también busca la unidad, pero se trata, claro está, de una unidad contrarrevolucionaria. Hablar de la unidad de la izquierda, en estas condiciones políticas, sin precisar, constituye un confusionismo criminal.

 

La conclusión que impone todo esto es la necesidad de repudiar el frente imperialista que la izquierda mundial va constituyendo de hecho y definir a la unidad de izquierda con un programa político bien delimitado. Los puntos estratégicos de ese programa deberían ser: el gobierno obrero y de los trabajadores, capaz de intervenir despóticamente contra el capital (sinónimo de dictadura proletaria); señalamiento de la bancarrota del nacionalismo burgués y planteamiento de la Unidad Socialista de América Latina; construcción de un partido realmente obrero (o sea revolucionario y socialista), como la forma histórica más completa para desarrollar la lucha de clase independiente de los explotados, su conciencia de clase y la conquista del poder.

 

 

 

Elecciones

 

La explicación de los resultados marginales que ha obtenido el conjunto de la izquierda el pasado 24 de octubre hay que buscarlo en la lucha de clases y no en las supuestas impericias para conformar una lista electoral única. Las masas ya se encontraban políticamente dominadas por la Alianza y el PJ cuando decidieron darles su voto. Esta subordinación política, en un período de importantes luchas y de grandes crisis políticas, es, por una parte, el resultado de que esas luchas en su conjunto han sido derrotadas, lo cual no niega que su sola manifestación haya conseguido imponer retrocesos al menemismo. La responsabilidad por esas derrotas recae casi enteramente en las direcciones capituladoras del movimiento obrero, en particular las frepasistas y nacionalistas, como las que se albergan en el MTA y la CTA.

 

Por otro lado, las masas han seguido atadas a sus verdugos porque esas luchas no han permitido aún producir una modificación real de la conciencia política y, por lo tanto, de la organización de su vanguardia. La izquierda que ha participado de esas luchas no lo ha hecho con una política común; es aquí donde reveló sus diferencias estratégicas. Por eso, la unidad de izquierda debe tener como referencia estratégica una política común en las luchas, para llevarlas a la victoria y, en todo caso, para que las masas puedan sacar de ellas conclusiones revolucionarias. La unidad circunscripta a las elecciones no es revolucionaria y puede ayudar a convertirla en contrarrevolucionaria, como lo demostró la unidad que partió en 1991 del Frente del Sur y cuyos principales contingentes se encuentran hoy en la Alianza.

 

La conclusión es que hay que hacer una unidad para impulsar un Plan de Lucha y una Huelga Nacional; para luchar en los sindicatos con una política revolucionaria; y para oponer a las burocracias sindicales, sin excepción, un Polo Clasista. La participación en las elecciones deberá dar una expresión a esta política y deberá servir para desarrollarla. En estos términos se resuelve el enigma del escaso progreso electoral, es decir del cambio de tendencia política de las masas.

 

 

 

Movimientismo o Partido

 

La pretensión de unir a la izquierda sin un programa sino albergando a todos es lo que propone el planteo de formar una izquierda plural, que respete, ni hace falta decirlo, a todas las identidades, desde la católica hasta la anticlerical, desde la democratizante a la revolucionaria, y así de seguido. Este planteo refuerza su propuesta con el argumento de que la viabilidad del partido está agotada. Como corresponde a un guisado político, argumenta a su favor tanto el fracaso de los partidos comunistas-stalinistas en el poder, como el de los trotskistas para desarrollar la IVª Internacional. Esto no le impide defender el partido único de la cubanidad en las reuniones habaneras.

 

Se trata, por supuesto, de una propuesta de parálisis universal que, sin embargo, se define movimientista. Pero no hay en esto la menor contradicción, porque no existe nada más paralizante que un movimiento que no sabe a dónde va. El movimientismo sirve de cueva transitoria para el sector derechista de la izquierda que no osa declarar su objetivo y para paralizar al sector izquierdista de la izquierda que es incapaz de despejar el suyo.

 

(El movimientismo, a diferencia del partido, no le ha dado nunca nada a la clase obrera mundial en ninguna parte. La vía del partido sí, por eso merece otra oportunidad. No hay que olvidar que si el partido arribó a su apogeo aplastando en el campo de la política a la izquierda democratizante proimperialista, conoció lo más profundo del pozo aplastado por la contrarrevolución staliniana; no fue superado aun por ninguna otra alternativa).

 

El movimientismo es naturalmente electoralista, no tiene una perspectiva de poder independiente. Por definición, no puede dar una dirección física y organizada a las masas en lucha. Es el último recurso de una izquierda que pretende salir del desprestigio y del peligro de extinción.

 

La conclusión es que una agenda para discutir la unidad de la izquierda debe incluir el planteo de construir un partido realmente obrero, es decir revolucionario y socialista.

 

Las cuatro conclusiones expuestas son la agenda que el Partido Obrero ofrece para discutir la unidad de la izquierda propuesta como el tema de la mesa redonda.

 

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