03/11/2021

Las causas de la inflación

Imposturas y realidades.

La disparada de los precios ha puesto a la orden del día la discusión sobre las causas de la inflación. El gobierno y la oposición se han lanzado acusaciones cruzadas sobre el origen de la inflación que lejos de esclarecer el punto tienden a ponerle un velo y un manto de encubrimiento. Frente a las acusaciones de un exceso de emisión monetaria que los neoliberales atribuyen como causa de la inflación y que la oposición hace suyas, el gobierno ha salido a defenderse señalando que la base monetaria creció muy por debajo de la inflación.

Este hecho admitido por el gobierno es una prueba de que el ajuste está en marcha y a todo trapo; mientras se habla de que se abriría la canilla para poner platita en el bolsillo de los argentinos, esa canilla se la ha ido dosificando en sintonía con lo que venía reclamando el Fondo. Estamos ante una réplica respecto de lo ocurrido con el déficit fiscal; mientras para la tribuna se condena el ajuste, Guzmán fue mucho más lejos en el achicamiento del gasto público. Luego de la paliza electoral, hasta la propia Cristina, que hasta ese momento había mantenido un silencio cómplice, salió al ruedo a señalar que el ajuste de las cuentas era mayor que el previsto en el presupuesto.

Asistimos ahora a una segunda impostura. Aunque no lo admiten en público, en el Ministerio de Economía reconocen que “el plan platita está alejado de la realidad, como también la emisión monetaria descontrolada que denunció sin datos el candidato a diputado de Juntos por el Cambio en la provincia de Buenos Aires, Diego Santilli”. En el equipo de Guzmán señalan que la base monetaria crece en 2021 al 28%, “muy por debajo de la inflación y del PBI nominal”. La realidad es que en 2020, por las necesidades de la pandemia, la asistencia del Banco Central al Tesoro se disparó a $ 2 billones y este año llega a 1,2 billones (en términos contables está incluso en $800.000 millones después de que Economía le cancelara $400.000 millones con los DEG (Diario AR, 31/3). Las estimaciones prevén que el año finalice en $1,5 billones, o sea, menos que en 2020, pero advierten la aceleración entre el primer semestre, con $330.000 millones, y el segundo, con una previsión de $1,2 billones. Es decir, el gran salto recién se ha producido estos últimos meses, luego del revés de las Paso. Es decir, que la cartera de Economía no fue inmune a las presiones del FMI en esta materia tampoco y fue “administrando” la emisión en los primeros siete meses.

Más aún, los datos revelan que Alberto Fernández no tiene nada que envidiar en su performance en 2021 al macrismo. Lucio Garay Méndez, economista de la consultora Eco Go, calcula que “la asistencia del Central al Tesoro bajó del 6% del PBI en los primeros diez meses de 2020 al 2,5% en el mismo periodo de 2021”. También señala que cada peso que se inyectó después fue absorbido por las Leliq y los pases. Por eso, ha caído la base monetaria en términos reales (ajustados por inflación) a niveles que solo se vieron en los primeros tres años del kirchnerismo (2003-2006) o en 2019, cuando el gobierno de Macri aplicó la regla de la emisión cero. «El ‘plan platita’ fue demasiado austero, pero alentó las expectativas de inflación y devaluación” (Diario AR, 31/10).

Una de las tesis más usuales y difundidas es que el origen de la inflación reside en el déficit fiscal. Pero esta tesis oscurece más de lo que clarifica pues encubre y, más aún, termina invirtiendo la realidad. El Estado capitalista, no solo en Argentina sino mundialmente, se ha convertido en una fuente clave de rescate del capital. No es el Estado el que vive a costilla del capital y le impide desempeñar su actividad sino que este último subsiste a costilla del Estado. Los fondos públicos vienen siendo utilizados para sostener un sistema parasitario. El rubro energético es muy elocuente; en él, el sector privado, en todos sus eslabones, vive a costas de subsidios. Este año se estima que por ese concepto se irán unos 9.000 millones de dólares. El sistema jubilatorio es quizás el más emblemático pues los recursos propios del sistema que deberían financiar a los jubilados han sido desviados sistemáticamente a sostener a la clase capitalista. La historia de las últimas décadas consiste en el vaciamiento de las cajas previsionales y el desvío de sus recursos para destinarlos a otros fines, ya sea subvenciones al capital o al pago de la deuda. No es exagerado decir que medio PBI les fue robado a los jubilados. Entre tanto se desfinanció la Anses mediante la rebaja o directamente la supresión de los aportes patronales, lo que constituye un subsidio indirecto a los empresarios.

Pero, además, lejos de ser el capital el que aporta los fondos públicos es el que los extrae. No se nos puede escapar que la estructura impositiva es regresiva. La recaudación tributaria proviene de los impuestos al consumo (en primer lugar del IVA). Quien sufre la “presión impositiva” y en forma descomunal es la población, en tanto es secundario lo que se recauda por los gravámenes a las ganancias y patrimonios capitalistas, a los que habría que agregar la evasión impositiva. Eso no ha sido un impedimento para que con total desparpajo se sostenga la necesidad de reducir impuestos a los empresarios -y que eso sería el incentivo para promover la inversión- cuando eso es lo que viene ocurriendo en la actualidad y no ha redundado en un despegue económico. La huelga de inversiones está dictada por un impasse capitalista de grandes dimensiones que hunde sus raíces una crisis de producción y sobreacumulación de capitales y no hay incentivo impositivo que lo revierta.

Sintetizando, el rescate del capital está en la base del déficit fiscal pero habría que agregar del déficit cuasifiscal, o sea, de las cuentas del Banco Central. Pues el rojo del Tesoro es financiado con emisión. Ese emisión se ha vuelto tan pronunciada que podría desembocar en una hiperinflación; para evitar ese riesgo, el Central se ha visto obligado a esterilizar gran parte de esa emisión y la vía para ello ha sido absorber los pesos en manos de los bancos comerciales, entregándole a cambio Leliqs y pases que han ido transformándose en una bola de nieve.

¿A dónde va a parar la emisión?

De modo tal que el destino principal de la emisión monetaria ha pasado a ser al pago de las Leliqs y pases que han llegado a la friolera de 4 billones. Con tasas que llegan hasta el 38%, se calcula que el Central deberá pagar en 2021 1,4 billones de pesos en concepto de intereses. Esto acapara todo los pesos y por supuesto se hace a expensas y en detrimento del financiamiento de otras erogaciones, en primer lugar, de los llamados gastos sociales. No nos debe sorprender que “la platita” ha quedado reducida a un bono para los jubilados que ni siquiera alcanzan el umbral de la indigencia y a un aumento del mínimo no imponible para los asalariados. Ni siquiera ha salido la nueva tanda del IFE que ya había quedado reducido a 3 millones de beneficiarios en lugar de los 9 millones que lo recibieron el año pasado. Con toda furia y viento a favor. El desembolso por el paquete social oficial, en el mejor de los casos, alcanzaría 400.000 millones de pesos. Esto mientras se mantienen jubilaciones de indigencia y los salarios, empezando por el propio Estado, se actualizan por debajo de la inflación. En el dilema presentado por Alberto Fernández en la campaña electoral, los ganadores son las Leliqs y no los jubilados. No olvidemos que los bancos son los tenedores de las Leliqs y pases, quienes hacen un negociado, sacando su tajada (spread) en los préstamos que hacen al Estado del dinero que reciben de los ahorristas.

Es necesario advertir que las Leliqs vencen a lo sumo mensualmente y los pases en apenas una semana. O sea, estamos en presencia de una deuda de cortísimo plazo que no da respiro. Esto se ha transformado en una verdadera aspiradora de toda la emisión y agreguemos, en una bola de nieve. Todas las semanas, el dinero que le adelantaron los bancos debe ser devuelto en forma incrementada. El BCRA no tiene más remedio que ir renovando las Leliq: caso contrario ese dinero disponible se desplazaría hacia el dólar o echaría más leña al fuego a la inflación.

A la hora de abordar la cuestión de la inflación, por lo tanto, hay que poner en la lupa el déficit cuasifiscal, y no solo el fiscal. No se nos puede escapar que el stock de las Leliqs y pases que se ha ido acumulando, no es más que una emisión encubierta. Incluso se podría decir que es más grave porque en lugar del dinero contante y sonante, es un pasivo que debe ser remunerado.

Quiebra del Banco Central

Otro aspecto clave que omiten tanto oficialistas como opositores es que este descalabro de las cuentas públicas está directamente asociado al pago de una deuda usuraria. A esta altura, es irrefutable que la deuda es impagable. No obstante ello, los K como los macristas han sido pagadores seriales de la deuda. En la década kirchnerista se pagaron 200.000 millones de dólares. Lo mismo se repitió bajo Macri. Aun así la deuda siguió creciendo, pues una parte fue refinanciada. Los K se jactan del “desendeudamiento” pero lo que omiten es que fue sustituido por endeudamiento interno con la Anses, utilizando la plata de los jubilados para pagar a los bonistas y en una escala más amplia con el BCRA (a lo que se suma la propia deuda en moneda local del Estado nacional). Asistimos a un financiamiento confiscatorio de una hipoteca ilevantable y, agreguemos, parasitario, pues esos recursos son sustraídos a la actividad productiva.

Por esta vía, el pago de la deuda usuraria, empezando por la deuda externa, se ha convertido en una de las fuentes principales de emisión. La derecha habla de recortar gastos, en especial las partidas sociales, educación, salud, pero defiende a rajatablas que continúe la sangría de la deuda. Más allá de la alharaca en contra, los K han terminado aplicando el mismo libreto. Las divisas que acumula el BCRA tienen como contrapartida una emisión de pesos que se vuelcan en el mercado para adquirirlas. Una parte, por cierto no despreciable, de esas divisas, ha sido cedida al Tesoro nacional para hacer frente a sus compromisos de la deuda externa. El superávit comercial del año 2020 y 2021 ha ido en gran parte a ese destino. En este operatoria, el BCRA termina recibiendo pagarés o bonos del Estado, la mayor parte de ellos letras intransferibles, que no pueden venderse en el mercado. Una abrumadora parte de los activos del BCRA ha pasado a ser activos incobrables, pues el Estado no está en condiciones de devolverlos. Las reservas netas están reducidas a una mínima expresión y es apenas una décima parte de la base monetaria. A esto habría que agregar que una parte de las reservas ha sido destinada a financiar la huida de capitales al exterior.

El patrimonio del BCRA (activo menos pasivo) es negativo, o sea, técnicamente está fundido. La quiebra del Banco Central significa que no puede seguir emitiendo moneda sin depreciar su valor, o sea, sin disparar una inflación que se puede volver imparable. Aquí se conecta la deuda externa con la interna pues el Central, para morigerar la emisión ante el peligro de un desborde hiperinflacionario, se endeuda con la banca local para obtener pesos y entra en acción el festival de Leliqs sobre el cual hemos hablado. El remedio, sin embargo, termina siendo peor que la enfermedad. De factor atenuante se convierte en un factor de agravamiento de la emisión y una fuente de depreciación de la moneda nacional.

Un enfoque marxista

Los voceros del gobierno sostienen que la emisión no produce inflación. Si fuera así por qué se han empeñado, ahora, bajo el gobierno de Alberto Fernández –y antes bajo el gobierno de Cristina- en esterilizar el dinero en circulación. La realidad es que el Banco Central bajo el mandato nacional y popular aplicaba a rajatabla la receta monetarista, a saber: controlar la cantidad de dinero mediante la esterilización monetaria, cosa que ha permitido un negocio excepcional para los bancos.

El Central, de acuerdo a la óptica nac & pop, podría emitir todo lo que se le antojase y con eso cubrir sus compromisos Lo más absurdo de todo es la afirmación de que hacerlo resultaría inocuo para la economía y no tendría ninguna consecuencia sobre el nivel de precios.

La crítica que aquí volcamos contra esta concepción no tiene nada que ver con la que sostiene el monetarismo. La teoría monetarista o teoría cuantitativa plantea que el nivel de precios tiene su origen en la cantidad de dinero. El marxismo se opone por el vértice a este enfoque: “los precios no son altos o bajos porque circule mucho o poco dinero, sino que circula mucho o poco dinero porque los precios son altos o bajos” (Marx, 1989: 129). Pero Marx también afirma que la emisión monetaria desvaloriza el billete. “Las dos afirmaciones están contenidas en la teoría de Marx y las dos son perfectamente compatibles. La primera afirmación es el eje de la crítica de Marx a la teoría cuantitativa. Esto es, dados los precios y dada la velocidad de circulación y la masa de mercancías, solo circula la cantidad de dinero necesaria, y el resto se atesora. Sin embargo, Marx también sostiene que la emisión de billetes sin el respaldo correspondiente los desvaloriza” (Astarita, extraído de Capitalismo zombi, Editorial Biblos, 2016).

Marx distingue las leyes de la circulación del dinero (aquí encaja su crítica a la teoría cuantitativa) de lo que él llama la “ley específica de la circulación de billetes” (Marx, 1999: 156) que dice que la cantidad de papel moneda (estamos hablando del billete de curso forzoso) que ha de circular, representando simbólicamente al oro o la plata, habría de limitarse a la cantidad de oro o plata que circularían si no estuviera el billete. Si la cantidad de papel supera esa medida -o sea, la cantidad de monedas de oro o plata que dice representar- inevitablemente terminará por representar simbólicamente una menor cantidad de oro o plata (Astarita, ídem).

Esta distinción queda muy clara en otro pasaje de la obra de Marx: “la cantidad de los billetes de papel está determinada por la cantidad de dinero de oro que los mismos representan en la circulación y, puesto que solo son signos de valor en la medida en que lo representan, su valor está simplemente determinado por su cantidad. Por lo tanto, mientras que la cantidad del oro circulante depende de los precios de las mercancías, el valor de los billetes de papel circulante depende exclusivamente, por el contrario, de su propia cantidad” (Marx, 1980: 107-108).

En síntesis, el valor del billete depende de la relación entre su cantidad y el respaldo en lugar del cual circula. Las leyes de la circulación aparecen invertidas: “En la circulación de los signos de valor, todas las leyes de la circulación real de dinero aparecen invertidas y puestas cabeza abajo. Mientras que el oro circula porque tiene valor, el papel tiene valor porque circula. Mientras que, con un valor de cambio determinado de las mercancías, la cantidad del oro circulante depende de su propio valor, el valor del papel depende de su cantidad circulante. Mientras que la cantidad del oro circulante aumenta o disminuye con el aumento o la disminución de los precios de las mercancías, éstos parecen aumentar o disminuir con el cambio en la cantidad de papel circulante” (ídem: 110).

El monetarismo no pasa la prueba

El monetarismo no ha pasado la prueba de la realidad. Las evidencias empíricas desmienten sus premisas. Un ejemplo reciente es la experiencia recorrida en el gobierno de Macri. La base monetaria prácticamente no varió y sin embargo la inflación trepó a más del 50%. En la historia argentina hay muchos ejemplos similares al respecto.

También ha quedado desmentido que el aumento de los salarios sería el origen de la inflación. En la actualidad, la inflación se proyecta al 50% en tanto el costo laboral está por el suelo. Una variante de esto mismo es la tesis de la «puja distributiva» que no es más que un típico argumento patronal. El aumento del salario no afecta a los precios sino los beneficios, como ya lo expuso tempranamente Marx en su célebre obra “Salario, precio y ganancia”.

El monetarismo excluye una política monetaria autónoma. El Banco Central, de acuerdo a su criterio, debería restringirse a actuar como una suerte de caja de conversión. La base monetaria debería ser similar al nivel de reservas, lo cual no blinda al país en caso de una corrida, ya que el dinero en circulación excede holgadamente la base monetaria, si tenemos en cuenta que los bancos comerciales crean también dinero, a lo cual habría que agregar las colocaciones e inversiones financieras que rápidamente se pueden hacer líquidas.

La relación entre reservas y base monetaria no tiene por qué ser del 100 por ciento, como lo proclamaba Domingo Cavallo bajo la convertibilidad, sino que el nivel de ambas variables debería estar subordinado a las necesidades del proceso económico, dirigido a apuntalar un desarrollo independiente y soberano del país. Esto no ocurrió en los ’90, cuando las reservas fueron el reaseguro para que los acreedores pudieran disponer de las divisas necesarias en el momento que decidieran salir del país, que fue lo que terminó sucediendo, provocando el vaciamiento en pocos meses de la arcas del Banco Central. El corralito consecuente tuvo como destinatario al pueblo argentino, que fue el que terminó soportando la confiscación de sus ahorros.

La relación entre reservas y circulante no es una relación mecánica. Para sostenerse, la paridad establecida no necesariamente exige la convertibilidad de toda la base monetaria a la moneda respaldo. Se trata de una relación compleja y sometida a múltiples mediaciones, hasta políticas. Esto se aplica incluso al patrón oro. Durante largos períodos, durante el siglo XIX, el Banco de Inglaterra mantenía una reserva en oro relativamente pequeña con relación a la base monetaria. Sin embargo, en tanto se mantenía la confianza en la convertibilidad a la paridad establecida oficialmente, la libra conservaba su valor. Algo similar se aplica a la relación entre las monedas nacionales y las reservas internacionales.

En el marco de esta relación compleja, existe la posibilidad de que se desencadenen procesos inflacionarios debido a la pérdida de valor del equivalente doméstico con relación a las divisas de respaldo. Una lectura interesante es la que hace el economista e historiador Guillermo Vitelli, cuando sostiene que las grandes rupturas de la estabilidad de precios en Argentina, al menos a partir de 1948, estuvieron vinculadas con las devaluaciones de la moneda, no a la emisión monetaria. El tipo de cambio inicia la estampida: “esta fue la mecánica impulsora de la ruptura que tiene validez de carácter universal, ya que en todo quiebre, cualquiera haya sido su explicación (…) el tipo de cambio fue el precio que siempre creció previa o simultáneamente a su inicio, anticipándose en su expansión a los restantes precios” (Vitelli, 1986: 90). Lo mismo se aplica a la inflación que arranca con la devaluación de 2001-2002 (Capitalismo zombi, Editorial Biblos).

Factores estructurales

Las tendencias inflacionarias recurrentes nos remiten también a problemas estructurales. La devaluación es utilizada por el capital nacional como un recurso para ganar competitividad o defenderse de la competencia externa en el marco de una economía capitalista atrasada y dependiente. Estas salidas, sin embargo, no pueden sostenerse en el tiempo sino que crea tensiones entre las fracciones capitalistas que se expresan en ajustes sucesivos de los precios relativos.

Alberto Fernández se ha acordado tardíamente de la estructura oligopólica a la cual adjudica, según sus palabras, el salto en el nivel de precios. Esta sentencia termina siendo autoincriminatoria de su propia gestión y de la década kirchnerista, que no solo convivieron sino que contribuyeron a que se consolidara un mercado altamente concentrado. No olvidemos que el modelo sojero tuvo en los Kirchner a uno de sus inspiradores. Todos los eslabones de la cadena de valor agrícola están en manos de un puñado de monopolios empezando por los proveedores de insumos, semillas, fertilizantes y agroquímicos, hasta las grandes cerealeras que controlan la comercialización, pasando por los contratistas, pools de siembra y grandes explotaciones agropecuarias que concentran la producción. Lo mismo vale para la industria, donde un grupo selecto de empresas líderes, ya sea nacionales o extranjeras, tiene una posición hegemónica. No está en el radar del kirchnerismo y menos aún del PJ alterar esta matriz. No hay ninguna interés ni voluntad de transformar las relaciones de propiedad y sociales de producción. Y lo mismo es extensivo, agreguemos, respecto a la estructura bancaria. Recordemos que el gobierno metió violín en bolsa su proyecto de estatizar Vicentin. En este contexto, el control de precios está destinado a fracasar como ya ocurrió con los precios cuidados y máximos. La medida anunciada no contempla la apertura de libros y cuentas bancarias de modo de poder determinar los costos reales de las empresas formadoras de precios y las grandes cadenas de supermercados. Ni un control real que debería estar en manos de los trabajadores y el personal de las propias empresas en lugar de inspectores externos, como se lo pretende instrumentar ahora.

Inflación y bancarrota capitalista

Las presiones inflacionarias, agreguemos, se potencian por la huelga de inversiones. Aunque la caída de la inversión es una tendencia general a escala global, que tiene como telón de fondo las crisis de sobreproducción y sobreacumulación capitalista y la caída de la tasa de beneficio que se registra en la economía mundial, eso se expresa con especial agudeza en Argentina, que atraviesa un retroceso de su PBI per cápita. La inversión capitalista está muy por debajo de lo necesario para compensar la depreciación del capital fijo. En lugar de una reinversión de utilidades, asistimos a una fuga de las mismas al exterior. El dinero radicado en el extranjero asciende a una suma equivalente a un PBI. Cuando se registran caídas de los márgenes de rentabilidad, la clase capitalista apela a subir los precios, aprovechando su posición dominante en el mercado, por un lado, y reducir los costos laborales, por el otro, atacando el salario y avanzando en la precarización y flexibilización laboral.

Es necesario no olvidar la inflación importada. Sin ir más lejos, estamos frente a un repunte de la inflación a escala mundial. Esto se da sin que la economía haya salido de la anemia que la caracteriza en las últimas décadas. La recuperación actual, en el mejor de los casos, está haciendo volver la economía mundial a los niveles prepandemia, que, en ese entonces, estaba entrando en recesión. De modo tal que estamos frente a un escenario de estancamiento con inflación (stagflation). La inflación está asociada a los rescates gigantescos puestos en marcha a escala global y en primer lugar en las principales metrópolis capitalistas. Este rescate no ha logrado sacar al capital de su crisis, pero ha sido suficiente para disparar la inflación. La emisión no ha sido inocua sino que ha terminado por provocar una desvalorización del dólar. Y de paso, desmiente a los apologistas nacionales y populares de la emisión ilimitada, que ponían como argumento que la emisión en los países industrializados no había redundado en inflación. Según las reflexiones de algunos de los referentes nac & pop, si nos aferráramos al mismo parámetro que se utiliza para juzgar la situación del BCRA, habría que concluir que “estaría quebrada la mayor parte de los bancos centrales del mundo”. Pero eso es precisamente lo que está ocurriendo. La economía mundial está sentada en un tembladeral, porque el defol inicial de los bancos y empresarios se ha transformado en un “defol soberano” -es decir, un virtual estado de cesación pagos en que han entrado los Estados y sus bancos centrales. El Estado norteamericano acaba de estar al borde del defol hasta que el Congreso aprobó aumentar los topes de endeudamiento que habían llegado a su techo. Habría que agregar que esto se potencia por la ruptura de la cadena de suministros y la crisis energética (que ha llevado el precio de los combustibles a las nubes) y que expresan la envergadura que ha adquirido la crisis mundial capitalista. La conjunción de todos estos factores está trayendo un encarecimiento de los insumos y bienes importados, impactando en los costos internos que luego se trasladan a los precios locales.

Una salida de los trabajadores

Las tendencias inflacionarias y deflacionarias se alternan entre sí en el marco de las oscilaciones inherentes a los ciclos económicos que se registran bajo el capitalismo. Cualquiera sea la tendencia que prevalezca, la tentativa del capital es descargar sus consecuencias sobre los trabajadores. El escenario de stagflation que hoy atravesamos hace que los efectos de una y otra tendencia se combinen: a los flagelos propios de una depresión que va de la mano de pérdida de puestos de trabajo y despidos, se le une la licuación del poder adquisitivo de los salarios derivados del aumento de los precios. La ofensiva capitalista le da más actualidad que nunca a un programa de defensa integral de las condiciones de vida de los trabajadores que debe partir de la reivindicación de un salario que cubra la canasta familiar y su actualización de acuerdo al costo de vida, ningún despido, defensa de los convenios en oposición a la precarización -que promueven las patronales- de las condiciones de trabajo. Este programa básico y elemental ha sido abandonado por la burocracia sindical, que viene amoldándose a las exigencias capitalistas, aceptando techos a los salarios y acuerdos muy por debajo de la inflación y la introducción de cláusulas de flexibilización laboral. En este marco, el control de precios (cuyos límites insalvables señalamos) al que se ha sumado la dirigencia sindical es simplemente una cortina de humo para disimular esta capitulación.

La lucha contra la inflación no puede ser encarada como un compartimento estanco y disociado de una salida de conjunto. No olvidemos que los planes de estabilización puestos en marcha históricamente por la burguesía han traído aparejados brutales golpes a los trabajadores. La clase capitalista se vale de la inflación o la estabilización, según las circunstancias, pero el pato de la boda siempre son los trabajadores.

La inflación responde a distintos factores pero tiene como base común y hunde sus raíces en desequilibrios y contradicciones irreprimibles y cada vez más explosivas de la gestión capitalista. A los problemas generados por la bancarrota capitalista en curso se le unen problemas estructurales originados en el carácter atrasado y dependiente de Argentina. La salida pasa por una reorganización integral del país sobre nuevas bases sociales. Tarea que está reservada a los trabajadores. La creación de una moneda estable plantea antes que nada poner fin al régimen de saqueo vigente, lo que plantea como punto de partida el cese de la sangría que representa el pago de la deuda usuraria, la nacionalización de la banca y el comercio exterior para evitar la fuga de capitales al exterior y un saneamiento y recapitalización del BCRA, revirtiendo la quiebra en que se encuentra mediante un impuesto extraordinario al gran capital. A través de estas medidas, se podrá disponer y hacer uso del ahorro y las divisas bajo una nueva perspectiva y orientación social. Una moneda estable, en este caso, será parte y estará al servicio de un plan económico general de transformación social que tendrá como prioridad las necesidades sociales y un desarrollo independiente del país, en contraste con las salidas capitalistas en danza que apuntan a profundizar un ajuste y son una fuente recurrente de confiscación y despojo del país y de la población laboriosa.

 

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