26/11/2020
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Maradona encara a “las tropas” de la Reina

La rivalidad entre Argentina e Inglaterra, clave para entender el fenómeno de Diego.

Cuando Diego Maradona recibió la pelota de espaldas en la mitad del campo del Estadio Azteca, el mundo no miró asombrado, porque no sabía lo que estaba a punto de pasar. Argentina-Inglaterra. Clásico de titanes. Un jugador nacido en el seno de la clase obrera de una nación oprimida estaba a punto de trazar una de las obras de arte más poderosas de todos los tiempos, ante los ojos del planeta, frente a la selección de la reina de Inglaterra.

La rivalidad de la Argentina contra Inglaterra encontraba en la antesala del duelo por los Cuartos de Final de la Copa del Mundo de México 1986 una raíz profunda, en varias dimensiones.

En primer lugar, la Argentina venía de ser derrotada en la Guerra de Malvinas de 1982, ícono de la ocupación pirata británica. La dictadura militar, al mando de Galtieri, realizó una suerte de simulacro de nacionalismo enviando a jóvenes sin abrigo ni recursos a morir mientras negociaba con el imperialismo yanki e incluso el inglés y mantenía todo un país al servicio del capital financiero internacional (esquema que dura hasta hoy). La victoria bélica le dio aire a una Margaret Thatcher acicateada por el descontento de las masas y la crisis económica en la isla británica. Aquel pasado reciente traía el espíritu cercano de una pelea con el imperialismo facilitada por una capitulación inmensa del gobierno de turno.

El partido se jugó cuando la burguesía argentina de la mano de Alfonsín había acordado con el imperialismo yanqui enmendar el “error” de Galtieri y recomponer las relaciones con el gobierno de Thatcher y la reina Isabel II. Esto implicaba sin dudas la renuncia al reclamo de la soberanía sobre las islas y la búsqueda de un acuerdo para una asociación en la explotación de petróleo y otros recursos, bajo al dirección del imperialismo. Es decir, que el triunfo futbolístico coincidió con un proceso político vivo.

Un sometimiento histórico

La relación con la corona inglesa siempre estuvo supeditada a la lógica imperial de una burguesía nacional entregada a los fines del imperialismo. Ejemplos sobran: desde Malvinas al “Empréstito Baring” y el “Tratado de Amistad, Comercio y Navegación” en la década del 20 del 1800, hasta el famoso “pacto Roca-Runciman”. En aquella década infame de los 30, el abogado conservador Martín Sánchez Sorondo resumió la política de toda la clase dominante argentina: “aunque esto moleste nuestro orgullo nacional, si queremos defender la vida del país tenemos que colocarnos en situación de colonia inglesa”.

Algo similar (aunque los tiempos históricos nunca son iguales) podría decirse de la penetración del capital inglés en el período posterior a 1880. Hasta el día de hoy buena parte de la clase capitalista y los partidos patronales plantean la necesidad de “atraer inversiones” y “seducir a los mercados”, que no es otra cosa que pisarle la cabeza a la clase obrera. Si hoy el capital inglés está menos en el centro de la escena argentina solamente es porque el protagonismo desde hace unos años lo tiene el imperio yanki, pero no porque haya cambiado esa impronta entreguista de la clase capitalista del país.

Argentina, entonces, se encontró siempre subsumida al imperialismo que encontró en las Islas Británicas un gran protagonista, fruto de una burguesía capituladora. La necesidad de imponer una gesta antiimperialista, incluso en una competencia deportiva, encontraba un valor incalculable. Tan es así que tenía un antecedente futbolero. En 1966, Argentina quedó afuera del Mundial de Inglaterra. El conjunto albiceleste jugaba de igual a igual ante el local hasta una injusticia futbolística: la expulsión de Antonio Rattin en Wembley, por “mirar mal”. Según el mito, el volante central se retiró y luego se sentó en la alfombra de la reina, en claro desacato a la orden monárquica. No hay ninguna prueba y no se sabe si ese gesto es verdad, pero ya su leyenda indica que la necesidad imperiosa de un antagonismo frente al poderoso imperio ya había llegado al mundo del fútbol.

No los salva ni Dios ni la Reina

Pensar que un partido de fútbol puede compensar semejante relación imperial sería ridículo, pero escindir por completo un duelo deportivo de tal canal geopolítico resulta también bastante absurdo. Maradona y la Argentina de Carlos Salvador Bilardo lograron una victoria frente a la selección inglesa de fútbol de Gary Lineker que se traduce, en los hechos, a una hazaña frente a ese imperio opresor, por más carácter efímero que el racionalismo pueda darle al deporte.

Fueron más ellos que la burguesía fracasada que no hizo más que bajar la cabeza una y otra vez ante las potencias imperiales. Le dieron alegría a un pueblo atravesado por crisis sistemáticas fruto del deterioro sistemático de un régimen político patronal que fue el denominador común de la historia argentina.  Será por eso, tal vez, que Bobby Charlton o Michael Jordan (por más destacados que sean) no son Maradona.

Diego lo hizo, además, en un partido de eliminación directa en un Mundial, con dos apariciones históricas. Primero, con una picardía propia del potrero rioplatense, anticipando al arquero Peter Shilton en el gol con la mano más conocido de la historia. Solamente cuatro minutos después, convirtió un tanto magistral no solamente por las gambetas y la apilada histórica, sino por una capacidad de visión divina. El gol del siglo es un cuadro de Picasso y un canto de Gardel, todo a la vez. Cuando la pelota la tenía Maradona el fútbol se convertía en otra cosa. Era algo así como arte.

El que no salta

El diario inglés The Guardian publicó hoy un dibujo en forma de caricatura que tiene a Maradona abriéndose paso como en su jugada histórica frente a figuras conocidas de la cultura británica como los Beatles, David Bowie y Shakespeare. También, en la escena pasaban de largo el rey Enrique VII, Churchill y la Reina Isabel. No podía ser más acertada la muestra de revancha frente al imperialismo pirata de la Corona.

Seguramente esa es la razón por la que el canto más escuchado en la Av. de Mayo hoy, antes de entrar al funeral de Maradona en el microcentro porteño, haya sido: “el que no salta es un inglés”. A veces a un pueblo que no tiene justicia solo le queda la revancha, aunque esta sea en un partido de fútbol.

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