20/08/1998 | 597

Memorable discurso de Duhalde

Cualquiera que lea con un poco de atención los discursos de Duhalde, comprobará que hay algo que le preocupa más que el agotamiento del ‘modelo’: se trata del agotamiento del peronismo. Después de los cortes de ruta de los desocupados; de las puebladas en distintas provincias y localidades; de la rebelión de las manzaneras; de la derrota electoral de octubre pasado; y en especial ante la evidencia del derrumbe de Menem; después de todo esto, Duhalde teme que los días del peronismo se encuentren contados. Desde 1945 el peronismo jugó a fondo la carta de la burguesía nacional, que sus ideólogos presentaban como la posibilidad de un desarrollo capitalista independiente capaz de impulsar el progreso de todas las clases de la nación. Este planteo se agotó ya en 1955, cuando el peronismo se rindió sin lucha a la ‘libertadora’, que personificaba el cambio de frente de los patrones nativos a favor de una decidida alianza con el imperialismo. Ni el retorno de Perón en 1972-3, ni el más prosaico de la llegada de Menem en el 89, modificó esta situación; al contrario, el menemismo, respaldado por la totalidad del peronismo e incluso de su electorado, llevó al extremo los planteamientos entreguistas y anti-obreros de la burguesía nativa. El mito del 45, sin embargo, reforzado por el inacabado carácter de las experiencias de gobierno del peronismo y por las derrotas obreras (ambas como consecuencia de los golpes militares), sirvió para retrasar una completa superación del peronismo por parte de la clase obrera. Desde 1955 hasta la derrota de la guerrilla montonera en 1976, también la pequeña burguesía se empeñó activamente en mantener el sometimiento político de los trabajadores a la burguesía nacional con el cuento de que el ‘frente nacional’ era la única forma histórica viable de independizar a la nación.


La larga experiencia de los trabajadores con el menemismo replantea ahora la posibilidad de la superación del peronismo por parte de la clase obrera. Esta superación significa que deja de ser furgón de cola de los explotadores nativos, grandes y pequeños, para convertirse en líder político de las masas oprimidas en su conjunto. Para esto, la clase obrera debe organizarse en un partido propio, que la candidatee para tomar el poder político. Contra lo que se dice corrientemente por manifiesto interés ideológico, la clase obrera sale reforzada socialmente de la experiencia entreguista del menemismo, porque ella ha servido para concentrar al proletariado en un número menor pero más poderoso de pulpos capitalistas, y en esa medida reducir el peso de la pequeña burguesía. La aparición de una desocupación masiva sirve incluso como ariete para que la clase obrera reconozca las limitaciones de las acciones de presión sindical y comprenda la importancia de la acción política. Los trabajadores desocupados, por su lado, ya han demostrado que también son capaces de convertirse en uno de los factores más poderosos de la lucha popular.


A Duhalde le preocupa entonces el agotamiento del peronismo. Por eso llama a reconstituir una izquierda peronista que, al menos simbólicamente, sirva para emparchar el deteriorado mito del 45 y reemprender el desgastado camino del llamado ‘movimiento nacional’. La impostura de este planteo queda demostrada en el hecho de que Duhalde es la cabeza de uno de los pulpos capitalistas más ligados a la banca internacional, el que encabeza el Banco Provincia, que lidera además las AFJP, ART y sistemas de salud, que constituyen la santísima trinidad de la confiscación del bolsillo de los trabajadores. El jefe de la comisión laboral del Congreso, Attanasof, un duhaldista, lidera los esfuerzos para sacar adelante la ‘reforma laboral’ pactada con el FMI.


Eduardo Duhalde es muy conciente de esta situación y así lo puso de manifiesto en el discurso que pronunció en Puerto Madryn, el pasado 8 de agosto. Entrando en el corazón de la crisis del peronismo reconoció que en los términos de la actual política no tiene ninguna posibilidad de arrastrar a las masas. «¿De qué les íbamos a hablar (a los jóvenes)? ¿De equilibrio fiscal? ¿Del mercado? ¿De qué les íbamos a hablar que los pudiera entusiasmar en su militancia?» se interrogó Duhalde, pero sorprendentemente sin dar respuesta. Pero sí pronunció esta extraordinaria declaración, nunca antes señalada por un dirigente peronista. «Tenemos un lugar para ellos (los jóvenes), porque el justicialismo no nació para discutir como un partido patronal», pues «somos», dijo, «los legítimos representantes de los trabajadores». Varias cabezas por delante de toda la izquierda argentina, Duhalde se vio obligado a reconocer el agotamiento del peronismo en términos clasistas, es decir, que como partido patronal no tiene futuro. Pero el peronismo es un partido patronal, no de las mismas características de los otros, pero total e irrevocablemente patronal. El lenguaje extraordinario utilizado por Duhalde, convalida todo el análisis político del Partido Obrero.


La claridad de Duhalde lo condena, porque el duhaldismo no puede superar la contradicción que sin embargo reconoce. Pero, por otro lado, lo convierte en más audaz, porque admite que tendrá que ir muy lejos para evitar su disolución política.

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