16/04/2020

Ni los meteoritos son virus, ni las comisarías hospitales de campaña

“Si un meteorito cayera sobre la Tierra, podrían decirse muchas cosas, acerca de cómo la organización social preexistente asimila su impacto devastador, pero no podría decirse del mismo modo que esta lo hubiera engendrado” (Jorge Altamira, Política Obrera, 10/ 4). Lo afirma luego de enfatizar lo siguiente sobre el origen del coronavirus: “Para que la pandemia pueda ser caracterizada como un fenómeno causado por el capital, habrá que investigar la relación entre la pandemia con la embestida del capital con el medio ambiente, como el factor eminente de la serie de epidemias de los últimos años” para luego de decir en forma peyorativa y autosuficiente: “Capitanich García se indigna porque afirmamos que la pandemia no está engendrada directamente en las leyes del capital”. 


Altamira y sus seguidores niegan de plano este vínculo de modo soberbio (no por lo destacable como conclusión de un razonamiento, sino por el modo petulante en que se formula). Sin embargo, investigaciones de biólogos de la Universidad de Marsella, de Burgos, del Conicet y otros (sobre los cuales me explayo en el artículo de Prensa obrera “El capitalismo y el origen de la pandemia del coronavirus”) ponen de relieve que las investigaciones científicas constatan este vínculo, en cuya base encontramos el comercio legal e ilegal de animales exóticos, el desmonte por parte de los capitalistas dedicados al agronegocio y la explotación petrolera, gasífera y minera en el Círculo Polar Ártico, todo lo cual ha hecho reaparecer virus mortales desaparecidos hace centenares de miles de años, algunos de los cuales han sido sometidos a pruebas de laboratorio. 


La mínima actitud de un marxista hubiera sido inquietarse sobre esta circunstancia, plantearse una hipótesis y, como mínimo, dedicarse a leer para fortalecer política e ideológicamente, al menos a sus pocos simpatizantes. El socialismo científico ha tenido la virtud de establecer un nexo ineluctable entre la acción del capital con el daño a la naturaleza en numerosos textos, entre los cuales se destacan Dialéctica de la naturaleza y Antidühring, ambos escritos por Engels, que establece un nexo entre aquel y el daño a la naturaleza y a la humanidad como parte de ella. “Las fuerzas activas de la sociedad obran, mientras no las conocemos y contamos con ellas, exactamente lo mismo que las fuerzas de la naturaleza: de un modo ciego, violento, destructor. Pero una vez conocidas, tan pronto como se ha sabido comprender su actividad, su tendencia y sus efectos, depende solo de nosotros, supeditarlas cada vez más de lleno a nuestra voluntad y alcanzar por medio de ella nuestros fines. Tal es lo que ocurre, muy especialmente con las fuerzas productivas modernas. Mientras nos resistamos obstinadamente a comprender su naturaleza y su carácter -y a esta comprensión se oponen el régimen capitalista de producción y sus defensores- estas fuerzas actuarán a pesar de nosotros, contra nosotros y nos dominarán como hemos puesto bien de relieve”, (Antidühring, sección tercera, Socialismo). 


Altamira no ha tenido siquiera en cuenta el legado teórico de Marx y Engels para poner un signo de interrogación sobre la influencia del capital en esta pandemia y partir de esa hipótesis para indagar sobre ella, y simplemente leer sobre los hallazgos e investigaciones científicas que la han constatado. De este modo ha blanqueado al capitalismo de su responsabilidad en esta catástrofe sanitaria, como si se tratara de un castigo divino. Su negación lo convierte en lo que Engels llama defensores del régimen capitalista de producción.


Desde luego que no ocurre lo mismo con un meteorito, cuya diferencia es que la acción del capital no actúa sobre su origen, en la medida en que son desprendimientos de remanentes de la formación del sistema solar que han salido de su órbita y no se han disuelto en su recorrido. No tiene nada que ver la comparación, porque en su origen es imposible la injerencia humana, aunque esta sí tiene las posibilidades de impedir su impacto, como es el caso del Geostationary Lightning Mapper, que detecta meteoritos en la atmósfera de la Tierra para evitar su choque contra el planeta, o el funcionamiento de 160 radares del sistema nacional meteorológico norteamericano que detecta bólidos, como así también el proyecto Aida para impactar sobre un asteroide al que llaman Didymos que se encuentra a once millones de kilómetros. Desde luego que a estos avances científicos se opone la escasa inversión en relación con los gastos armamentistas norteamericanos. Por otra parte iniciativas europeas en ese sentido están paradas por falta de presupuesto. Ni que hablar de la situación de los países semicoloniales de Asia, África y América Latina cuyo sometimiento al imperialismo les impiden resolver problemas básicos y vitales como el hambre, la desnutrición, el desempleo y tantos flagelos más. Con todo, darles una salida a todos ellos, más allá de las urgencias correspondientes, implica terminar con el régimen capitalista de producción, para liberar a las fuerzas productivas que encuentran límites insalvables en el marco de las relaciones sociales capitalistas.


Las analogías caprichosas de Altamira han llegado a establecer un parangón entre un hospital de campaña y la presencia represiva de la policía, la gendarmería o cualquier fuerza armada, atribuyéndoles funciones benefactoras en el marco de la cuarentena, solo para justificar su intervención, aun cuando abundan las denuncias sobre torturas, golpizas y represión en varias provincias y localidades del país. El abordaje de Altamira, que raya en el ridículo, constituye parte de su retroceso personal y se expresa en lo ideológico porque en solo un artículo ha abandonado la dialéctica materialista, que inevitablemente encuentra su traducción práctica en el respaldo a la acción del aparato represivo. Una expresión de esa declinación es no haber repudiado con la abrumadora mayoría de las organizaciones de derechos humanos y de izquierda reunidos en el Encuentro de Memoria Verdad y Justicia, la acción represiva del gobierno, de la policía y la gendarmería, con una sola deshonrosa compañía, la del PCR. De esto a su disolución política hay un paso. Quienes tengan en su vida el propósito de luchar por la revolución socialista deben abandonar a este deriva a su suerte y construir una verdadera herramienta revolucionaria: el Partido Obrero. 



 

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