15/08/2002 | 767

No es una meseta, es un pantano

Desde hace un par de semanas el gobierno viene pregonando que la economía habría dejado de caer, o sea que habría encontrado una meseta. El valor político de esta caracterización es que mostraría que la pesificación habría puesto en marcha una reestructuración económica que oficiaría como salida al derrumbe de la convertibilidad. Según algunos diarios, Duhalde estaría incluso arrepentido de haber adelantado las elecciones, pues con los nuevos datos económicos hubiera podido quedarse hasta el final y quizás hacerse reelegir (!!). No hay duda que Dios ciega a quien quiere perder. Es claro, sin embargo, que se pretende respaldar el plan político-electoral del gobierno en un cambio de tendencia de la economía.


En apoyo de su tesis el gobierno esgrime un crecimiento del consumo de energía y el aumento de la recaudación impositiva, así como una recuperación de los depósitos en los bancos y, por supuesto, la estabilidad de la cotización del dólar. Pero esto, más que una meseta, es un pantano.


 


Depresión, deflación, quiebras


Antes que nada hay que señalar que el PBI cayó un 13%, una cifra de completo colapso industrial, aunque el derrumbe es todavía mayor porque no computa el valor de este producto en dólares o cualquier otra moneda constante. En efecto, existe una deflación enorme de los precios, lo cual llevaría la caída a un 50%. Lo que importa en una economía capitalista no es la masa física de los productos sino el valor de esa masa. Este nivel de caída implica una fuerte quiebra de capitales; después de la feria judicial de invierno se conocieron los números más altos de quiebras de los últimos tiempos.


Los despidos siguen a todo ritmo. La desocupación calculada en el 21% es por lo menos superior en seis puntos, esto porque ha crecido la población que no sale a buscar trabajo. Con los subocupados se llega a más del 55% de sin trabajo, o sea a ocho millones de personas. Se asiste a una destrucción del mercado de consumo personal; el empleo de trabajadores del plan de jefas y jefes en frigoríficos y obras públicas tiende a profundizar la depresión de los salarios; una parte mínima de las empresas ha pagado el aumento de cien pesos.


Una analista económica señala que la producción industrial de junio aumentó en un 1,6%, lo que atribuye a una sustitución de importaciones. «No obstante este aumento de la oferta, dice, la demanda sigue cayendo» (La Nación, 11/8), y presenta como evidencia las ventas en los supermercados y que «la demanda de servicios sigue descendiendo», esto a pesar de que aún no se ha aprobado el tarifazo. «La inversión no puede crecer», añade, «y las exportaciones cayeron un 13% anual».


 


Contradicciones


La evidencia de que el capitalismo está en un pantano y no en una meseta, la ofrece la disparidad entre la evolución de los precios mayoristas y minoristas – 105,6% contra 34,7% – , que obedece en una parte importante a que no aumentaron el transporte de personas ni los servicios. El nivel de precios al consumidor simplemente se encuentra reprimido. Una reactivación de la demanda lo podría hacer explotar; inversamente, un tarifazo podría provocar una depresión sin antecedentes en la historia mundial. En una reciente reunión de la Cámara Británica de Comercio, Lavagna fue maltratado por los asociados debido a la demora en la implementación del tarifazo.


El aumento de los precios de la exportación no está reactivando la economía; por el contrario, opera como un factor de desinversión. El mayor ingreso de exportadores y de capitalistas agropecuarios o agroindustriales y también de la siderurgia, incrementa al mismo tiempo la salida de beneficios al exterior. De acuerdo a un economista de la Fundación Mediterránea, «la fuga de divisas, en el segundo trimestre, habría sido de 3.500 millones de dólares y en el tercer trimestre de 2.000 millones» (Clarín, 14/8). La mayor parte de los ingresos por exportación vuelve a salir. Otra parte de este dinero ha ido a parar a la compra de bonos del Banco Central, que han rendido desde el 100% al reciente 45% anual. El Central deberá pagar estos intereses, oportunamente, con emisión de moneda, lo que disparará futuras crisis monetarias y cambiarias. Los bancos pueden devolver los redescuentos que les da el Banco Central a intereses mucho más bajos, con títulos públicos o con los flamantes Boden, que se pueden comprar al 40% del precio que acepta luego el Central. A medida que se desarrolla este fraude la diferencia negativa entre los ingresos y egresos de intereses del Banco Central crece de manera manifiesta, lo cual equivale a un déficit fiscal.


La envergadura de este negociado en perjuicio de las finanzas públicas puede adquirir proporciones colosales, en la medida en que el gobierno pretende compensar a los bancos por los perjuicios patrimoniales que les provocó la pesificación, y lo mismo va a hacer con la deuda en dólares de las grandes empresas con el exterior, que es del orden de los 60 mil millones de dólares. La envergadura de esta deuda derribó a Pérez Companc, a Pescarmona y puede hacerlo con Loma Negra. La extranjerización de estos grupos acaba afectando a sus sub-contratistas por la posibilidad de que sean reemplazadas por contratistas vinculados a las extranjeras. Está pendiente la redolarización de la deuda pública en manos de la banca local y de las AFJP.


 


Economía y política


No son las estadísticas negativas las que cuestionan la caracterización del gobierno, sino principalmente las contradicciones del proceso económico, que no ha desarrollado aún toda su capacidad explosiva. El choque entre la depresión y la inflación; entre costos y precios; entre el subconsumo y la presión para recomponer la tasa de beneficios; entre la bancarrota del Estado y la necesidad de socorrer al capital con fondos públicos; entre el déficit de capital que provoca la enorme deuda externa y la capacidad ociosa enorme de gran parte de la industria; entre la necesidad de recomponer la formación de capital y la quiebra del sistema financiero. Solamente la absorción de los 10.000 millones de pesos de monedas provinciales y en Lecop, requeriría un superávit fiscal que arrasaría con cualquier intento de estimular la demanda. Los bonos provinciales están dando lugar a gigantescos beneficios especulativos que se atesoran o se reinvierten en nuevas bicicletas financieras, que son pagadas finalmente por las finanzas públicas o la emisión de moneda.


Una de las contradicciones más brutales del proceso económico se manifiesta entre la política oficial, de un lado, y las presiones para salir de la crisis, del otro. El gobierno, por ejemplo, se empeña en obtener un superávit fiscal que lo habilite a renegociar la deuda externa, cuando la crisis completa de la demanda reclamaría un fuerte déficit público que incentive la demanda, vía mayores salarios y mayor obra pública. Pero esta elemental política «keynesiana» exigiría un control de cambios que choca con la libertad de movimiento y de saqueo que exige el capital internacional.


La crisis política y la lucha cada vez más explosiva de los piqueteros, las fábricas ocupadas y algunas empresas y sindicatos, son la más fuerte contradicción que enfrenta la tentativa de recomposición del capital. La descomposición de la policía y las confiscaciones que arrancan las mafias de todo tipo, ilustran la fase final del conjunto de la descomposición capitalista en curso.


El rescate internacional no sólo se perfila como problemático. Los últimos acontecimientos en Brasil y Uruguay muestran que el Tesoro norteamericano ha decidido bajarle el dedo a las naciones endeudadas. Es que tiene que cuidar su propia quinta. La crisis financiera de mayor envergadura se incuba a toda velocidad en el Estado y los monopolios norteamericanos. El derrumbe del real, la hecatombe de la banca lavadora uruguaya, las crecientes declaraciones de quiebra de las corporaciones norteamericanas, incluso una fuerte deval uación del dólar; cualquiera de estos fenómenos pondría en jaque al conjunto del plan duhaldista. Baste señalar el fin del Mercosur o la posibilidad de que el próximo gobierno brasileño deba debutar con la implantación de un control de cambios y una prórroga del pago de la deuda externa.


Entre la economía y la política la relación no es mecánica. No es porque el capital se hunde en un pantano en lugar de elevarse a una meseta, que los planes políticos de la burguesía no tengan ningún margen de desarrollo. La política es la expresión de la lucha entre clases y personas, no categorías, incluso históricas. Pero lo que es absolutamente claro es que la política oficial de elecciones es inviable como salida para la presente crisis, razón por la cual transitará por fases cada vez más explosivas. Esta perspectiva debe determinar la política obrera realmente consecuente.

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