Políticas

12/3/2017

Olavarría, o la encrucijada de la fiesta ricotera

Escribe Marcelo Ramal


Ha quedado claro que Cromañón o Time Warp no han sido circunstancias excepcionales. Es claro, también, que la parafernalia de controles, regulaciones, “leyes especiales” y otras acciones estatales desde 2004 hasta hoy han resultado inútiles. Lejos de atenuarse, las condiciones para la masacre se han amplificado. Sólo la casualidad hizo que no se repitiera, con la misma magnitud, lo ocurrido en aquel 30 de diciembre.


 


Por un lado, la circunstancia de la celebración masiva, asociada al rock, se ha prostituido en manos de los “empresarios” del espectáculo. La fiesta se ha convertido en hacinamiento. Fatal, sí, pero rentable. Es mejor incurrir una vez por año en los costos de un recital, y reunir la facturación que dejan 300.000 personas, a distribuirlas en el curso de varios recitales. Es mejor gastar una sola vez en publicidad, vigilancia privada y otros gastos, aunque ello implique amontonar indignamente a una multitud en una ciudad sin condiciones para albergarla. A la responsabilidad del productor privado –en este caso el propio Solari- se suma la del Estado –intendentes, gobernadores- que miran para otro lado frente a la masa de jóvenes que dejarán algunos pesos en los kioscos, bares o estaciones de servicio. La ecuación fatal se combina con los dealers, que encuentran un mercado gigantesco para una producción y tráfico que no podría desenvolverse sin la complicidad del Estado. Así fue en Time Warp y en su reciente remake, cuando volvieron las rave a la Costanera Norte. La juventud, como masa de maniobra –y explotación- de capitalistas, funcionarios y traficantes.


 


Olavarría marca, sin duda, un punto de inflexión para la fiesta ricotera, y no sólo por el anunciado declinio físico del Indio Solari. En la música y los recitales de los Redondos, asomó siempre la rebelión de los pibes sin futuro, de los que soportan cotidianamente la explotación infernal de trabajos extenuantes o mal pagos; de los que no tienen siquiera trabajo y han perdido la esperanza de tenerlo; de los que asisten al derrumbe de sus familias laburantes. Esa rebelión, como todas, enfrenta ahora su encrucijada. Uno de los caminos es el de la Colmena – o sea, el estallido que fagocita el sistema, y lo vuelve un filón rentable para la “industria” del recital, las arcas de los municipios, los dealers y otros vampiros empresarios de los jóvenes.


 


Pero para esa misma rebeldía, se abre otro camino: luchar contra la sociedad que nos explota bajo toda circunstancia, y transformarla de raíz. Para que el trabajo deje de ser un calvario; para que la escuela y la universidad no nos expulsen, y para que la fiesta, cuando toca, sea simplemente eso- nuestra fiesta.