08/08/2002 | 766

O´Neill, un socorrista que necesita socorro

La mayor parte de los diarios del miércoles aseguran que, al fin, el FMI vendrá en socorro de Argentina. Atribuyen el giro al estallido de los bancos en Uruguay y a una inminente crisis de pagos internacionales de Brasil.


¿Quiere decir que la visita de O’Neill ha dado sus frutos y que las economías sudamericanas evolucionarán a partir de aquí bajo el amparo financiero de Estados Unidos?


Nada más lejos de la realidad. La bancarrota latinoamericana no puede ser ya encarrilada por medio de paquetes de salvamento. Así lo prueba el préstamo ficticio a Uruguay, que de ningún modo contiene el derrumbe financiero. Dos bancos han sido definitivamente cerrados sin ninguna garantía para sus depositantes. Otros dos, con fuerte presencia en la plaza, el Crédito y el Comercial, probablemente cierren también, pero en ningún caso devolverán los depósitos a plazos. Las dos entidades principales, el República y el Hipotecario, han salido del paso con un «corralón», no con el crédito puente del Tesoro norteamericano. El derrumbe se agudizará todavía más cuando se compruebe que los bancos no podrán recuperar los créditos en dólares (90%) que figuran en sus carteras, esto debido a la depresión económica y a la devaluación del peso. Lo que Uruguay tiene por delante es el colapso financiero del Estado y la caída del gobierno. Los 1.500 millones de O’Neill servirán para financiar una fuga marginal de capitales a costa de un aumento de la deuda externa de 5.000 a 6.500 millones de dólares. O sea que llegará a un imbancable 60% del PBI.


El caso de Brasil es, hasta cierto punto, peor que el de Uruguay. Los que están fuertemente comprometidos en la crisis son aquí los bancos norteamericanos. De acuerdo al O Estado de Sao Paulo (6/8), «se supo en fuentes bien informadas que las mayores presiones para que el FMI apruebe un acuerdo con Brasil no las están haciendo el Banco Central o el ministerio de Hacienda, sino dos ex integrantes del gobierno de Clinton que hoy son vicepresidentes del Citigroup: el ex secretario del Tesoro Robert Rubin, y el ex FMI Stanley Fischer. El motivo es simple. La exposición del Citi en Brasil es de 12.800 millones de dólares, la mayor entre los bancos extranjeros, cuando las líneas disponibles de corto plazo del Banco Central llegan a 16 mil millones». El Citi pretende que el dinero del FMI le permita reducir su línea de préstamos, mientras «que O’Neill quiere evitar el otorgamiento de un aval del Tesoro norteamericano para que el FMI apruebe nuevos recursos para Brasil, porque sabe que van a entrar por una puerta y salir por la otra en el proceso de continua limitación de los créditos comerciales para Brasil» (O Estado).


Es claro que, como ocurrió a partir del 2000 en Argentina, los blindajes y megacanjes actúan como disparadores de la crisis, de ningún modo como una recuperación del financiamiento de la economía.


En el caso de Argentina, el «apoyo» de O’Neill no pasa de una postergación de vencimientos de deuda con el FMI en septiembre, algo que ya está establecido en el contrato vigente. Mientras tanto, a la bancarrota de Perez Companc (y antes de Pescarmona) se suma ahora la de la cementera de Fortabat y la continua pérdida de capital del Grupo Clarín. Los grandes grupos de la burguesía nacional reclaman que el inviable Estado argentino se haga cargo de la deuda externa de esos pulpos por el monto correspondiente a la devaluación. Una suerte de pesificación de la deuda con el exterior.


Si de algo sirve la experiencia uruguaya es que el acuerdo con el Fondo vendrá solamente cuando el Estado redolarice la deuda con las AFJP y los bancos locales; cuando reestructure la deuda con los bancos del exerior; cuando dé forma definitiva a la confiscación de los ahorristas, sea con el bono compulsivo o con el levantamiento del «corralito» pero con un dólar a siete pesos; cuando se haga cargo del «descalce» por la pesificación de los créditos y por los créditos bancarios que resulten incobrables. Pero esto significa exactamente lo contrario a una salida: el FMI no amortigua la crisis sino que la precipita, más allá de la contención que ha tratado de aplicar en vano el gobierno de Duhalde. Este profundiza constantemente la descomposición económica con una política orientada a cumplir con las condiciones del Fondo. Por eso presenta como un éxito el superávit fiscal obtenido por medios inflacionarios, que al quitar dinero a la economía para destinarlo al pago de la deuda externa, acentúan la depresión económica.


La presencia de O’Neill por estos lares no habría podido ser más patética: tres gobiernos corriendo detrás de un sepulturero con la pretensión de salvador. O’Neill tiene los días contados en Estados Unidos. Lo acaba de exigir el autorizadísimo The Economist (27/7); «es claro», dice, «que Bush necesita cambiar a su equipo económico», porque «está perdiendo el control del proceso político americano» y encabeza «una presidencia en desaparición».


En estas condiciones, lejos de embarcarse en el acosado plan político de Duhalde para mayo del 2003, es necesario explotar todas las contradicciones de la política oficial, por medio de un redoblamiento de la movilización popular y el desarrollo de una alternativa política de la clase obrera.


Fuera Duhalde y el conjunto del régimen político.


Constituyente con poder.


Congreso nacional de organizaciones piqueteras, asambles populares, empresas bajo gestión obrera, sindicatos combativos, centros de estudiantes en lucha, comisiones y cuerpos de delegados de empresas y de fábricas.

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