Políticas

27/10/2022|1656

¿Qué Frente de Izquierda necesitamos?

El FIT-U en Plaza de Mayo

Un dato sobresaliente de la situación política radica en que el gobierno del Frente de Todos debe su sobrevivencia al respaldo que recibe del FMI. Si bien el acuerdo con el Fondo fue el objetivo central de Alberto Fernández desde su primer día en la Casa Rosada, esta dependencia se reforzó desde el nombramiento de Sergio Massa como ministro de Economía. El exintendente de Tigre logró un respaldo amplio, que va desde el FMI y el Tesoro de Estados Unidos hasta el Instituto Patria, que anima la vicepresidenta y el kirchnerismo en su conjunto. Pese a este amplio apoyo, la estabilización financiera lograda gracias a las concesiones al capital sojero es muy precaria. La inflación sigue en niveles altísimos, la actividad económica tiende a enfriarse y nadie descarta incluso una devaluación que agrave la crisis y ponga en cuestión la gobernabilidad. Por eso, la mentada estabilización no ha redundado en una reconstrucción política del gobierno. Al revés, asistimos a una fuga de ministros y funcionarios, que buscan refugiarse en sus territorios ante la certeza de una derrota electoral en 2023.

El kirchnerismo, por su lado, no ha logrado su objetivo de unificar al peronismo bajo el liderazgo de la vicepresidenta. No le alcanzó ni el pedido de condena contra Cristina Fernández de Kirchner ni el fallido magnicidio en su contra. La diáspora de actos del 17 de octubre, donde no faltaron acusaciones cruzadas de todo tipo, puso de manifiesto no solo la crisis del gobierno sino más en general la crisis del peronismo como movimiento político popular de la Argentina. Esa crisis envuelve muy especialmente a la burocracia sindical, cuya integración al Estado y a los intereses patronales la ha llevado a una amplia colaboración en el pasado reciente con el macrismo, algo que puede reiterarse en el caso de una vuelta de la derecha al gobierno. En el mientras tanto, aparece ante los trabajadores como cómplice directa del ajuste.

Disgregación política

Lejos de homogeneizar a la oposición tradicional, la disgregación del gobierno ha acentuado la disgregación del macrismo. Las mayores chances de volver al poder puso en evidencia diferencias estratégicas de fondo. Las mismas refieren a intereses capitalistas divergentes, pero por sobre todas las cosas a cómo aplicar una política de ofensiva contra los trabajadores de manera consistente. El fracaso del gobierno macrista oprime la conciencia de sus protagonistas que se interrogan acerca de cómo evitar el mismo resultado. Macri ha señalado que si Juntos por el Cambio llega al gobierno deberá enfrentar nuevamente una “lluvia de piedras”, es decir que debe prepararse para enfrentar y derrotar a los trabajadores. López Murphy se expresó en el mismo sentido cuando señaló que, sin un triunfo aplastante en las elecciones, Juntos por el Cambio no podrá reunir el capital político para llevar adelante su programa.

La disgregación simultánea del oficialismo y la oposición pone de manifiesto una crisis más general del régimen político y de la relación de los partidos y políticos tradicionales con la población. Bien visto es algo que no debería sorprender. Con un país quebrado y endeudado, con una población empobrecida y precarizada, es de esperar que crezca el repudio al régimen político. De este río revuelto saca provecho la derecha fascistizante de Milei, que ataca a la llamada “casta política” mientras salva la responsabilidad de la “casta empresarial”. El crecimiento de Milei en las encuestas es un síntoma inequívoco de la crisis del régimen político y especial de la democracia burguesa. Después de todo, la democracia bajo el capitalismo consiste justamente en que una casta política profesional se haga cargo del manejo del Estado. Mediante el proceso electoral, esa casta busca ocultar su carácter de clase para presentarse como representante de los intereses generales de la población.

El telón de fondo de la crisis del régimen político es la bancarrota económica de la Argentina. Los capitalistas reclaman modificar la relación de fuerzas con los trabajadores, avanzando sobre derechos y conquistas históricas. No les importa que el salario medido en dólares haya retrocedido a niveles nunca vistos y que la precarización laboral y el trabajo no registrado ya alcance a una mayoría de la fuerza de trabajo. Van por más. Este verdadero saqueo sobre los trabajadores va de la mano de un saqueo de los recursos naturales del país. En todas las trincheras políticas comparten que el destino de Argentina es integrarse a la economía mundial como proveedora de materias primas, minerales y energía a partir de una asociación subordinada a los grandes monopolios internacionales.

La izquierda interpelada

La situación tomada en su conjunto interpela a la izquierda en general y al Frente de Izquierda en particular. La combinación de una fuerte crisis social, económica y política le plantea a la izquierda el desafío de ofrecer una respuesta de conjunto. Concretamente, esto significa jugar un papel protagónico en la lucha contra el ajuste capitalista en marcha y valerse de esas luchas para avanzar en su penetración en la clase trabajadora y los explotados y conquistar las direcciones de las organizaciones obreras y populares. La agitación política de la izquierda revolucionaria tiene que unir el llamado a la acción directa contra la opresión y la explotación capitalista con la exposición de denuncias y conclusiones que permitan a los trabajadores desarrollar la conciencia de clase y la organización política independiente ante todas las fracciones patronales, lo que requiere una delimitación sin concesiones del nacionalismo burgués. El papel jugado por el PO en la lucha del movimiento piquetero, en luchas obreras destacadas como las del Sutna, en el impulso a la organización de la mujer trabajadora y de la juventud, responde a esta estrategia política.

A partir de lo señalado es obvio que esta estrategia no está presente en la totalidad del Frente de Izquierda. Es algo que se pone en evidencia cuando fuerzas como el PTS anuncian lanzamientos de candidatos para elecciones de agosto-octubre de 2023, en junio de 2022 o sea con una anticipación de 14 meses. Y más aún, cuando ese lanzamiento se hace al margen (por no decir en oposición) de los movimientos de lucha concretos que enfrentan el ajuste en marcha. Al actuar de este modo, esta izquierda proclama a los gritos que su estrategia es el progreso por la vía electoral, no la acción directa para transformar lo que debe ser solo un medio en una finalidad.

Las distorsiones que se desprenden de aquí son notorias incluso en el terreno de la construcción política y el reclutamiento. En vez de reclutar entre la vanguardia obrera y popular, el PTS decidió en su Congreso realizar asambleas para tratar de atraer a la base electoral del FIT-U. Incluso si lo logra, corre el peligro de mayores presiones electoralistas, pues quienes concurran lo harán motivados por un interés electoral. Pero las distorsiones no terminan allí. Una construcción basada en una estrategia electoral tiende a acentuar el destaque de los candidatos o figuras, en detrimento de la organización de una vanguardia obrera y popular. Ese destaque, cuando se realiza 14 meses antes de una elección y en medio de una crisis social, política y económica de envergadura, adquiere un sentido claramente antirrevolucionario.

La estrategia de la izquierda

La propia historia electoral del Frente de Izquierda muestra el potencial de las elecciones y también sus límites. En provincias como en Salta, Mendoza y Jujuy, el Frente de Izquierda logró elecciones de dos dígitos, logrando el ingreso de varios cargos parlamentarios. Esos resultados no se sostuvieron en el tiempo, especialmente en las dos primeras provincias. Incluso en el caso de Jujuy, donde Alejandro Vilca, del PTS, logró ser electo diputado, el papel de su partido fue por completo inocuo en las luchas sociales que recorrieron la provincia y que incluyeron acciones represivas del Estado y detenciones de los luchadores populares.

Esta experiencia del Frente de Izquierda no solo es de gran utilidad para desarrollar un balance de toda la militancia, sino que tiene un gran valor para ser incorporada en la propaganda hacia los trabajadores. Una situación donde predominan aún las tendencias democratizantes, especialmente en el campo del progresismo, permite llegar a la conclusión de los límites insuperables de la democracia burguesa y de la necesidad de desarrollar una fuerza revolucionaria con predominio en las organizaciones obreras y populares de lucha que permita a la clase obrera intervenir con sus métodos de lucha de clases y acción directa en la crisis. Sería una conclusión que podríamos presentar como resultado de una experiencia realizada y no de posiciones doctrinarias.

No podemos desconocer, además, que la burguesía y sus medios de comunicación quieren valerse de los retrocesos electorales para afirmar que el FIT fracasó allí donde tuvo sus mayores progresos. Juegan con las ilusiones de la población que esperaba que un resultado electoral redunde en una mejora de sus condiciones de vida, para convencerla de que votar a la izquierda fue en vano. Agregan que la izquierda está cómoda en una posición testimonial y que si quieren influir en la realidad debe negociar y hacer concesiones a las fuerzas burguesas. Nuestra forma de salir al cruce de estas campañas es señalar que la superación de estas experiencias no es mediante acuerdos con nuestros enemigos de clase sino reforzando una organización obrera y socialista que imponga con los métodos de la lucha de clases los reclamos más sentidos de la población y prepare por esa vía las condiciones para un gobierno de los trabajadores.

Todo lo dicho no apunta a despreciar la campaña electoral que tendremos por delante, sino que convoca a prepararla con métodos socialistas. La convocatoria a un Congreso del Frente de Izquierda para principios de año, del que participen los activistas que protagonizan las luchas del país, para definir el programa, las consignas, los métodos y los objetivos de campaña y el armado de las listas de candidatos tendría ese contenido. Permitiría valernos del método de dominación del enemigo de clase (la ficción igualitaria de la democracia burguesa y el uso del voto como medio de expresión popular) para desarrollar la conciencia y la organización de la clase obrera.