11/12/2003 | 829

Que se vayan todos

Han vuelto al Congreso los Ruckauf, Atanassof, Moreau, Duhalde, Camaño, que se juntarán a los Menem, a los Cafiero y a todos los responsables del saqueo nacional.


El viejo régimen ha vuelto a parir sus propios monstruos.


No solamente ha sido incapaz de modificar la organización social y económica que se ha derrumbado: ha reproducido también su anacrónica representación política.


El bautismo del nuevo parlamento se parece por encima de todo a un funeral.


Esto quiere decir que la clase capitalista no puede gobernar sino de la vieja manera.


Lo cual no es para nada una casualidad, ya que resulta de una larga evolución política.


Los llamados representantes electos son antes que nada un aparato de punteros entrelazado al poder económico, a la burocracia del Estado, al aparato de represión y seguridad y al clero.


Si no es destruido se reproduce por sí mismo; las elecciones en este marco no pueden lograr otra cosa.


A este estado de cosas, los Ruckauf y los Duhalde no han llegado solos. Contaron con la colaboración de los Kirchner, Ibarra y la Carrió, o sea con los Lozano, Bonasso, Alicia Castro, Maffei. Para éstos es más seguro gobernar con la vieja política corrupta que aceptar el para ellos incierto destino de «que se vayan todos».


Para la burguesía argentina, el derrocamiento de De la Rúa y Cavallo se agota en su alcance a la devaluación del peso, la reducción aun mayor de los salarios y la confiscación de los ahorristas.


El pueblo, por su lado, sufre las consecuencias clásicas de todas las rebeliones que no fueron impulsadas hasta sus últimas consecuencias: pagar el plato del desbarajuste general.


De aquí en más, sin embargo, los trabajadores estarán obligados a hacer el verdadero inventario.


Cuando este inventario haya concluido, se verá que el «Argentinazo» no fue más que un episodio de una revolución social que echará «a todos» y reorganizará al país sobre nuevas bases.

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